Proyecto Fénix
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Introducción a la vida devotaPrimeras páginas

San Francisco de Sales (trad. Francisco de Quevedo) · 1608

Prólogo del traductor

Al pueblo católico cristiano en la obediencia de la Santa Iglesia de Roma

Este tesoro, que hallé en lengua francesa, escrito por el bienaventurado santo Francisco de Sales, para la enseñanza de todos los fieles, en quien se hallan tantas joyas como se leen letras, vino a mis manos traducido en lengua española e impreso en Amberes, tan desfigurado de la pureza de su mina y falto de muchas cláusulas, que por el interés público me determiné a trabajar en restituirle a sí propio, imitando en este cuidado al que limpia el oro, que solo atiende a descubrirle, sin gastarle; advirtiendo que quien le disminuye, más roba que limpia, y antes merece nombre de ladrón que de artífice. Por esto, yo con desvelo religioso he solicitado no profanar la castidad apostólica de sus palabras con afectadas locuciones, que antes la adulteran que la pulen. Hallo sus discursos vestidos de palabras elegantes, como eficaces, vivas y ardientes, que hermosamente adornan sus sentimientos con gravedad honesta y majestad humana y tratable a la atención de los lectores. Adulter non quaerit prolem, sed delectationem. «El adúltero no busca la descendencia, sino el deleite»; nuestro gran padre busca los hijos espirituales, deleitando el espíritu. Hay muchos que hablan solo por hablar: estos son igualmente inútiles para sí y para los que los oyen. Otros hablan y escriben solo por que los alaben: estos son más desdichados cuando consiguen las alabanzas que cuando no las consiguen; muéstranse vanos y no doctos. Otros hay que hablan y escriben por enseñar a los ignorantes, encaminar a los perdidos, desengañar a los engañados y consolar a los miserables: método que solo se aprende de las divinas letras por la meditación, y con el estudio de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia. Uno de estos espirituales maestros fue nuestro santo, pues en sus palabras y en su pluma no se oyó ni lee otra doctrina; por esto, fecunda y limpia de novedades sediciosas, fácil, segura y agradable. Parece que hablaba de este libro el glorioso doctor san Agustín en su libro De Gratia et libero arbitrio, cuando dijo: «Repetid continuamente este libro, y si le entendéis, dad gracias a Dios; y si no le entendiéredes, acudid con la oración a Dios para poderle entender, que Dios os alumbrará el entendimiento. Acordaos que está escrito: “Si alguno de vosotros tiene falta de entendimiento, pídaselo a Dios, que es quien con liberalidad le reparte a todos”. Si como hemos dicho, Dios da luz al maestro para que enseñe, en solo Dios le debe buscar el discípulo para aprender». Por esto pidió la Esposa al Esposo en los sagrados Cánticos que la besase con el beso de su boca: quiere su doctrina, mas quiérela de su boca, no pasada por otros labios o enviada por otra lengua. Hay verdades que las enferma el aire que forma las palabras, que las adultera la pronunciación, o balbuciente o precipitada. Los católicos citan a san Pablo como él habló; los herejes, como ellos quieren que hable. En aquellos se oye al apóstol; en estos, los apóstatas. Los que no se contentan con seguir a los santos, solo se contentan con perseguirlos, y por no decir lo que dijeron, dicen lo que ellos mandaron que no se dijese. Por esto nuestro bienaventurado autor, ceñido en sus doctrinas y asegurado en el fundamento de la fe, enseña la sabiduría de la caridad, que es la útil; así lo dice san Agustín, Sobre el Evangelio de san Juan: «Añade la ciencia a la caridad, y será provechosa la ciencia, no por sí, sino por la caridad». Que la caridad sea plenitud de ciencia, lo dice el propio santo, Sobre el Salmo 78: «Preguntas: ¿De qué manera seré lleno de ciencia? ¿Quién llena de ciencia? Tienes de dónde te puedas llenar de ciencia: la caridad es plenitud de la ley. No te distraigas por muchas cosas ni te derrames; espanta el esparcimiento de las ramas, llégate a la raíz, y no atiendas a la grandeza del árbol; haya en ti caridad, que necesario es que se le siga plenitud de ciencia: ¿qué ignora quien sabe caridad, habiéndose dicho “Dios es caridad”?». Cuánta y cuán grande y cuán fervorosa fue la que tuvo nuestro santo, la ciencia de los libros que escribió lo dice: el del Amor de Dios, que parece lo escribió de sí el amor mismo; el de los Entretenimientos espirituales, cuya meditación parece que adelanta los de la patria; este de la Introducción a la vida devota; en que el más malo y el más ignorante hallará enmienda, razón y luz. Los frutos de su caridad fueron más de treinta mil almas que convirtió con su predicación, asistida de su ejemplo; y otra innumerable infinidad que con sus obras reduce cada día, y reducirá, siendo para las tinieblas espirituales sol sin ausencia anochecida, cuyo día ni los antípodas nos le usurpan, ni nosotros a ellos, por estar amaneciéndoles siempre en entrambos polos la impresión, que en todas partes y a todas horas por este oficio piadoso adquiere nombre de oriente perpetuo. Léese en este libro la devoción santa y cortesana, la Sagrada Escritura en entrambos Testamentos, con declaraciones suaves, profundas y literales. Acompáñanse los preceptos, de erudición grande y opulenta, empero aplicada sin pompa y presunción; de comparaciones propias, doctas y sutiles, de tal manera asistidas de las palabras, que ni a la verdad la falta adorno, ni ellas con la demasía embarazan a la verdad; tan decentes, tan ajustadas, que se oye en ellas la verdad vestida, y se ve desnuda. Da el santo a su doctrina adorno que es honesto, no elocuencia profana; sigue en todo a los santos. Ellos lo enseñan: san Jerónimo, A Pamaquio: «La interpretación eclesiástica, aunque tenga hermosura elocuente, debe disimularla, y huir de hablar solamente para las ociosas escuelas de los filósofos, sino para todos los hombres». Y san Ambrosio, Sobre las Epístolas de san Pablo: «La predicación cristiana no necesita de la pompa y cultura de las palabras, porque no parezca ser de la astucia de la humana sabiduría, y no de la verdad: allí se busca la composición de las palabras, donde testificándolo la virtud, no se muestra la verdad». En este libro la virtud testifica, y la verdad se muestra tan opulenta de luz, que en solo este libro se leen las doctrinas de los filósofos mejoradas y con enmienda; las proposiciones estoicas, cristianas y limpias; y tan católicamente corregidas, que si Sócrates, Zenón, Epicteto y Séneca vieran esta Introducción, leyeran lo que no acabaron de saber, y supieran lo que no pudieron alcanzar: sabiduría, que solo halla en las Sagradas Escrituras y en los Santos Padres quien, lleno de caridad santa, tiene el amor de Dios nuestro Señor Jesucristo por librería, y su temor por intérprete.

Don Francisco de Quevedo Villegas

Advertencia del autor al lector de la segunda edición

Amado lector: en esta segunda edición hallarás corregido este librito, y aumentado con muchos capítulos y cosas notables. No he querido adornarlo con citas, como lo apetecían algunos, porque los doctos no las han menester, y poco se curan de ellas los legos. No es siempre mi propósito el explicar las palabras de la Escritura cuando las reproduzco, sino antes bien el explicarme por su medio como quiera que son más agradables a las almas piadosas y más dignas de su veneración. Os digo lo demás en el prefacio. Nuestro Señor sea contigo.

Advertencia del autor al lector de la tercera edición

Salió de mis manos en el año de 1608 este librito, que en su segunda edición fue aumentado de muchos capítulos, olvidándose por descuido, sin embargo, tres de los que se veían en la primera. Posteriormente ha sido impreso a menudo sin mi conocimiento, y con las impresiones, han crecido los yerros. Helo aquí corregido una vez más; pero siempre sin citas, porque no las necesitan los doctos, y a los legos poco importan. No me sirvo de las palabras de la Escritura para explicarlas en cada caso, sino para que como más suaves y dignas de respeto, me sirvan de explicación. Plegue a Dios que te aprovechen y que seas colmado de bendiciones.

Oración dedicatoria

Oh dulce Jesús, mi Señor, mi Salvador y mi Dios, heme aquí postrado ante vuestra Majestad, ofreciendo y consagrando este escrito a vuestra gloria; vivificad las palabras que en él hay con vuestra bendición, para que las almas, por quienes lo escribo, puedan recibir las inspiraciones sagradas que les deseo, y particularmente la de implorar sobre mí vuestra inagotable misericordia, para que enseñando a otros el camino de la devoción en este mundo, no sea yo reprobado y confundido eternamente en el otro, sino que cante para siempre con ellos, como cántico triunfal, el mote que de todo mi corazón pronuncio, en testimonio de fidelidad entre los azares de esta vida mortal: Viva Jesús, Viva Jesús. Sí, Señor Jesús, vivid y reinad en nuestros corazones por los siglos de los siglos. Así sea.

Prefacio

Amigo lector, ruégote leas este prefacio por tu satisfacción y la mía.

La jardinera Glicera sabía tan propiamente diferenciar la disposición y la mezcla de flores que acomodaba en los ramilletes, que sin aplicar otras diversas en color, se variaban en labor desconocida los unos de los otros; de suerte que el pintor Parrasio quedó vencido intentando contrahacer al vivo esta diversidad elegante de labores, porque nunca supo mudar la pintura en tantas diferencias como Glicera sus ramilletes. De la misma manera el Espíritu Santo ordena y dispone con tanta variedad los preceptos de la devoción que reparto a las lenguas y plumas de sus siervos, que siendo la doctrina siempre una misma, no por eso los discursos dejan de ser muy diferentes, según los diversos modos de que están compuestos. Cuanto a mí, no quiero ni debo escribir en esta Introducción sino aquellas cosas que han sido antes publicadas por mis predecesores acerca de este sujeto. Las mismas flores te presento, lector mío; mas el ramillete que te hago será diferente, a causa de la diversidad y aseo con que va compuesto. Los que han tratado de la devoción, casi todos han mirado a la instrucción de personas muy retiradas del comercio del mundo, o por lo menos han enseñado una suerte de devoción que conduce las almas a este entero retiramiento. Mi intención es instruir los que viven en las villas, en las familias y en las cortes, y que por su condición están obligados a pasar una vida común cuanto a lo exterior. Los cuales de ordinario, con pretexto de una pretendida imposibilidad, no quieren ni aun imaginar en la empresa de la vida devota; pareciéndoles que, como ningún animal osa gustar el grano de la yerba llamada Palma Christi, así ningún hombre debe pretender la palma de la piedad cristiana mientras vive en medio de las ocasiones y negocios temporales. Y yo les mostraré que, como la madreperla vive en medio del mar, sin que por eso tome algún gusto de agua marina, y como hacia las islas Celidonias hay fuentes de agua dulcísima en medio de las saladas ondas, y así como los piraustes vuelan por medio de las más reforzadas llamas, sin que por eso sus alas padezcan algún detrimento, así puede una alma vigorosa y constante vivir en el mundo sin recibir ningún humor mundano; hallar los manantiales de una dulce piedad en las ondas amargas de este siglo; y volar en medio de las llamas de tantos apetitos como el mundo enciende de todas partes, sin quemarse las alas de los sagrados deseos y santas aficiones de la vida devota. Verdad es que esto es dificultoso; y así, querría que a este fin empleasen muchos su cuidado con más ardor y solicitud que hasta aquí han hecho. Pero conociendo yo mi flaqueza y débiles fuerzas, ¿cómo me atrevo por medio de este escrito a dar socorro a los que con un corazón generoso intentan esta divina empresa?

Podrá servirme de disculpa el no haber sido por mi elección o inclinación el salir esta Introducción a la luz del mundo. Un alma en extremo enamorada de la virtud, habiendo (tiempo ha) alcanzado de Dios la gracia de querer aspirar a la vida devota, deseó a este fin mi particular asistencia; y yo, que la tenía diversas obligaciones, y que había mucho tiempo antes notado en ella gran disposición para este designio, procuré con todo cuidado instruirla; y habiéndola conducido por todos los ejercicios importantes a su deseo y condición, la dejé por escrito algunas memorias, para que en ellas hallase ayuda que pudiese mejor facilitar su intento. Comuniquélas después al docto y religioso Juan Fourrier, teólogo de la Compañía de Jesús, entonces rector del Colegio de Chambéry, que pareciéndole podrían muchos aprovecharse de ellas, me exhortó las publicase; cosa que me persuadió fácilmente por tener su amistad para con mi voluntad el lugar debido a su merecimiento, y su juicio una grande autoridad para con el mío. Para que esta obra fuese más agradable, la he vuelto a ver, ingiriéndola y juntándola muchos avisos y doctrina propia a mi intención. Y puédeseme creer haber hecho todo esto casi sin ninguna manera de lugar; causa por que no verás aquí nada con la postrer mano, sino una junta de advertimientos de buena fe, los cuales explico por palabras claras e inteligibles (o por lo menos lo he deseado); y en cuanto pertenece al ornato del lenguaje, no he querido ni aun imaginarlo, como quien tiene otras muchas ocupaciones.

Encamino mis palabras a Filotea, porque queriendo reducir a la utilidad común de muchas almas lo que primero había escrito para una sola, la doy el nombre común a todas aquellas que quieren ser devotas, porque Filotea quiere decir «amante, enamorada de Dios».

Mirando, pues, en todo esto a una alma que por el deseo de la devoción aspira al amor de Dios, he dividido esta Introducción en cinco partes. En la primera de las cuales procuro, por algunas exhortaciones y ejercicios, convertir el simple deseo de Filotea a una entera resolución; que a la fin toma, después de su confesión general, por una sólida protestación, nacida de la santísima comunión, en la cual, dándose a su Salvador, y recibiéndole, se entra dichosamente en su santo amor. Hecho esto, para adelantarla más, la muestro dos grandes medios para unirse a su divina Majestad; muéstrola también el uso de los sacramentos, por los cuales este buen Dios viene a nosotros; y la santa oración por la cual nos tira a sí; y en esto empleo la segunda parte. En la tercera la muestro cómo se ha de ejercitar en diferentes virtudes, propias a su adelantamiento, no deteniéndome sino en ciertos avisos particulares, de que entonces de sí misma no se hubiera podido aprovechar. En la cuarta la descubro algunas emboscadas de sus enemigos, mostrándola cómo se ha de librar de ellas, y pasar adelante en su empresa dichosa. Finalmente, en la quinta parte, hago que se retire un poco en sí misma, reparando y rehaciendo las cansadas fuerzas, para que después pueda más dichosamente ganar tierra y adelantarse en la vida devota.

Miserable es esta era; y así, me persuado que muchos dirán no pertenece sino a los religiosos y gentes de devoción el dar tan particulares instrucciones a la piedad; que estas requieren más lugar que el que puede tener un obispo cargado de peso tan grande como el mío, y que esto distrae el entendimiento, el cual debe emplearse en cosas más importantes. Pero yo, amado lector, te digo, con el gran san Dionisio, que principalmente a los obispos pertenece el perficionar las almas, por cuanto su orden es suprema entre los hombres, como la de los serafines entre los ángeles; de manera que el tiempo no muy ocupado no puede emplearse mejor que en este ejercicio.

Los antiguos obispos y padres de la Iglesia tenían por lo menos tanta afición a sus cargos como nosotros, y no dejaban por eso el cuidado de conducir las almas que querían valerse de su existencia, como se ve en sus epístolas; imitando en esto a los apóstoles, que en medio de la siega general del universo, recogían ciertas espigas con una especial y particular afición. ¿Quién no sabe que Timoteo, Tito, Onésimo, santa Tecla y Apia eran los amados hijos del gran san Pablo, como san Marcos y santa Petronila de san Pedro (santa Petronila, digo, la cual, como muestran doctamente Baronio y Galonio, no fue hija carnal, sino espiritual, de san Pedro)? Y san Juan escribe una de las epístolas canónicas a la devota Electa. Pena es grande, yo lo confieso, el conducir las almas en particular, pero pena que antes alivia, igual a la de los segadores y vendimiadores, que jamás se ven tan contentos como cuando están cargados de obra y trabajo. Es un trabajo que descansa y conforta el corazón, por la suavidad que resulta a los que le padecen.

Dicen que la tigre, habiendo hallado alguno de sus hijuelos (el cual la deja el cazador en el camino para engañarla y entretenerla mientras se lleva los demás pequeñuelos), se le carga por cansada que esté, sin que por eso se halle más pesada, sino que antes más ligera corre a su guarida, para salvar el ligero peso que lleva. ¡Con cuánta más gana un corazón paternal tomará a su cargo un alma cuando la halla con deseo de la santa perfección, llevándola en su seno como una madre hace a su hijo, sin que por eso sienta la amada carga! Pero sin duda es necesario que sea este un corazón paternal, razón por que los apóstoles y hombres apostólicos llaman a los discípulos, no solo sus hijos, sino aun más tiernamente, sus pequeños hijos.

Cuanto a lo demás, amado lector, verdad es que escribo de la vida devota sin ser devoto, mas no cierto sin deseo de serlo, y aun es esta afición la que me da ánimo a instruirte; porque, como decía un gran letrado, la buena manera de aprender es el estudiar, la mejor es el escuchar, y la bonísima es el enseñar. Muchas veces sucede, dice san Agustín escribiendo a su devota Florentina, «que el oficio de distribuir sirve de merecimiento para el recibir, y el oficio de enseñar de fundamento para aprender».

Alejandro hizo pintar la hermosa Campaspe, a quien con todo extremo amaba, de mano del único Apeles. Apeles habiendo forzosamente de considerar largo espacio el hermoso rostro de Campaspe, por cuanto le iba imitando en la pintura que hacía, imprimió de suerte en su corazón una pasión tan amorosa, que conociéndolo Alejandro y apiadándose de él, se la dio por mujer propia, privándose por amor de Apeles de la prenda que más en el mundo amaba: en lo cual, dice Plinio, mostró la grandeza de su corazón, como pudiera por una muy gran victoria. Paréceme, pues, amigo lector, que siendo obispo quiere Dios que pinte en los corazones de las personas, no solo las virtudes comunes, sino la muy cara y muy amada devoción; y yo lo emprendo de buena gana, tanto por obedecer y hacer lo que debo, como por la esperanza que tengo de que grabándola en los espíritus de los otros, el mío, por ventura, podrá santamente enamorarse. Si su divina Majestad me ve vivamente tocado de afición, ella me la dará en casamiento eterno. La hermosa y casta Rebeca, abrevando los camellos de Isaac, fue elegida por su esposa, recibiendo de su parte zarcillos y brazaletes de oro; así yo me prometo de la inmensa bondad de Dios, que guiando sus caras ovejas a las saludables aguas de la devoción, hará a mi alma esposa suya, poniéndome en las orejas los zarcillos de las palabras doradas de su santo amor, y en mis brazos la fuerza del bien ejercerlas, que es en lo que consiste la esencia de la verdadera devoción. La cual suplico a su divina Majestad me otorgue, y a todos los hijos de su Iglesia, a la cual sujeto mis escritos, mis acciones, mis palabras, mi voluntad y mis pensamientos.

En Annecy, día de santa María Madalena, 1608.

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