Lo que está mal en el mundoPrimeras páginas
Dedicatoria
A C. F. G. Masterman, M. P.
Mi querido Charles:
Al principio llamé a este libro «Lo que está mal», y habría satisfecho tu temperamento sardónico ver cuántos malentendidos sociales surgieron del uso del título. Más de una apacible señora de visita abrió mucho los ojos cuando comenté al pasar: «He estado haciendo “Lo que está mal” toda la mañana». Y un ministro de la religión se removió con bastante brusquedad en su silla cuando le dije (tal como él lo entendió) que tenía que subir corriendo a hacer lo que está mal, pero que bajaría en un minuto. De qué vicio oculto me acusaron en silencio exactamente, no lo puedo adivinar; pero sé de qué me acuso yo: de haber escrito un libro muy informe e insuficiente, y del todo indigno de que te lo dedique. En lo que toca a la literatura, este libro es lo que está mal, sin ninguna duda.
Puede parecer un refinamiento de insolencia presentar una composición tan desordenada a quien ha dejado escritas dos o tres de las visiones verdaderamente impresionantes de los millones de Inglaterra en movimiento. Eres el único hombre vivo capaz de hacer que el mapa de Inglaterra hormiguee de vida; una habilidad de lo más inquietante y envidiable. ¿Por qué, entonces, habría de molestarte con un libro que, aun si logra su objeto (lo cual es monstruosamente improbable), no puede ser más que un estruendoso galope de teoría?
Pues bien, lo hago en parte porque creo que a ustedes, los políticos, no les vienen mal unos cuantos ideales incómodos; pero más aún porque reconocerás las muchas discusiones que hemos tenido, esas discusiones que las damas más maravillosas del mundo nunca pueden soportar por mucho tiempo. Y quizá estés de acuerdo conmigo en que el hilo del compañerismo y la conversación debe protegerse precisamente porque es tan frívolo. Debe tenerse por sagrado, no se debe cortar, porque no vale la pena volver a atarlo. Justamente porque discutir es ocioso, los hombres (quiero decir, los varones) deben tomarlo en serio; porque ¿cuándo (sentimos nosotros), de aquí al día del Juicio, volveremos a tener una diferencia tan deliciosa?
Pero, sobre todo, te lo ofrezco porque existe no solo el compañerismo, sino algo muy distinto, llamado amistad: un acuerdo por debajo de todas las discusiones y un hilo que, Dios mediante, no se romperá nunca.
Siempre tuyo,
G. K. Chesterton.
Primera parte. El hombre sin hogar
I. El error médico
Un libro moderno de investigación social tiene una forma bastante nítidamente definida. Por regla general empieza con un análisis, con estadísticas, tablas de población, disminución de la criminalidad entre los congregacionalistas, aumento de la histeria entre los policías y otros hechos comprobados por el estilo; y termina con un capítulo que suele titularse «El remedio». Se debe casi por entero a este método cuidadoso, sólido y científico el que «El remedio» no se encuentre nunca. Porque este esquema médico de pregunta y respuesta es un desatino; el primer gran desatino de la sociología. Siempre se lo llama exponer la enfermedad antes de encontrar la cura. Pero toda la definición y la dignidad del hombre consisten en que, en asuntos sociales, debemos encontrar realmente la cura antes de encontrar la enfermedad.
La falacia es una de las cincuenta falacias que nacen de la manía moderna por las metáforas biológicas o corporales. Es cómodo hablar del Organismo Social, igual que es cómodo hablar del León Británico. Pero Gran Bretaña no es un organismo, como tampoco es un león. En cuanto empezamos a dar a una nación la unidad y la simplicidad de un animal, empezamos a pensar disparatadamente. Que todo hombre sea bípedo no hace de cincuenta hombres un ciempiés. Esto ha producido, por ejemplo, el enorme absurdo de hablar a cada rato de «naciones jóvenes» y «naciones moribundas», como si una nación tuviera un plazo de vida fijo y físico. Así, la gente dirá que España ha entrado en una senilidad definitiva; lo mismo daría decir que a España se le están cayendo todos los dientes. O dirá que el Canadá pronto debería producir una literatura; que es como decir que al Canadá pronto debe salirle un bigote nuevo. Las naciones se componen de personas; la primera generación puede ser decrépita, y la diezmilésima, vigorosa. Aplicaciones parecidas de la falacia hacen quienes ven en el tamaño creciente de las posesiones nacionales un simple crecimiento en sabiduría y estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres. Esta gente, a decir verdad, ni siquiera llega a la sutileza del paralelo con un cuerpo humano. Ni siquiera se pregunta si un imperio está creciendo en altura en su juventud o solo engordando en su vejez. Pero de todos los casos de error que nacen de esta fantasía física, el peor es el que tenemos delante: la costumbre de describir exhaustivamente una enfermedad social y luego proponer una droga social.
Ahora bien, cuando el cuerpo falla sí hablamos primero de la enfermedad, y por una razón excelente. Porque, aunque pueda haber dudas sobre el modo en que el cuerpo se estropeó, no hay ninguna duda sobre la forma en que debe reconstruirse. Ningún médico se propone producir una nueva clase de hombre, con una nueva disposición de los ojos o de los miembros. El hospital, por necesidad, puede mandar a un hombre a casa con una pierna de menos; pero no lo mandará (en un arrebato creador) con una pierna de más. La ciencia médica se contenta con el cuerpo humano normal y solo busca restaurarlo.
Pero la ciencia social no siempre se contenta, ni mucho menos, con el alma humana normal; tiene a la venta toda clase de almas de fantasía. El hombre, como idealista social, dirá: «Estoy cansado de ser puritano; quiero ser pagano», o «Más allá de esta oscura prueba del Individualismo veo el paraíso resplandeciente del Colectivismo». Ahora bien, en las dolencias del cuerpo no hay nada de esta discrepancia sobre el ideal último. El paciente podrá querer quinina o no; pero sin duda quiere salud. Nadie dice: «Estoy cansado de este dolor de cabeza; quiero un poco de dolor de muelas», ni «Lo único para esta gripe rusa es un poco de sarampión alemán», ni «A través de esta oscura prueba del catarro veo el paraíso resplandeciente del reumatismo». Pero justamente toda la dificultad de nuestros problemas públicos está en que unos hombres apuntan a curas que otros tendrían por males peores; en que ofrecen, como estados de salud, condiciones finales que otros llamarían sin vacilar estados de enfermedad. El señor Belloc dijo una vez que no se desprendería de la idea de propiedad, como no se desprendería de sus dientes; y, sin embargo, para el señor Bernard Shaw la propiedad no es un diente, sino un dolor de muelas. Lord Milner ha intentado sinceramente introducir la eficiencia alemana; y muchos de nosotros recibiríamos con el mismo gusto el sarampión alemán. Al doctor Saleeby le encantaría sinceramente tener eugenesia; pero yo preferiría tener reúma.
Este es el hecho llamativo y dominante de la discusión social moderna: que la disputa no es solo sobre las dificultades, sino sobre la meta. Estamos de acuerdo sobre el mal; es por el bien por lo que nos sacaríamos los ojos. Todos admitimos que una aristocracia ociosa es algo malo. No todos, ni mucho menos, admitiríamos que una aristocracia activa sería algo bueno. A todos nos enoja un clero irreligioso; pero algunos nos volveríamos locos de asco ante uno verdaderamente religioso. Todo el mundo se indigna si nuestro ejército es débil, incluso aquellos que se indignarían todavía más si fuera fuerte. El caso social es exactamente lo contrario del caso médico. No discrepamos, como los médicos, sobre la naturaleza precisa de la enfermedad, mientras coincidimos sobre la naturaleza de la salud. Al contrario: todos estamos de acuerdo en que Inglaterra está enferma, pero la mitad de nosotros no la miraría siquiera en lo que la otra mitad llamaría una salud floreciente. Los abusos públicos son tan visibles y tan pestilentes que arrastran a todas las personas generosas a una especie de unanimidad ficticia. Olvidamos que, si bien coincidimos sobre los abusos de las cosas, discreparíamos mucho sobre sus usos. El señor Cadbury y yo estaríamos de acuerdo sobre la mala taberna. Sería precisamente delante de la buena taberna donde estallaría nuestra penosa riña personal.
Sostengo, por tanto, que el método sociológico corriente es del todo inútil: el de empezar por disecar la pobreza abyecta o catalogar la prostitución. A todos nos desagrada la pobreza abyecta; pero podría ser otro cantar si empezáramos a discutir sobre la pobreza independiente y digna. Todos desaprobamos la prostitución; pero no todos aprobamos la pureza. La única manera de discutir el mal social es ir enseguida al ideal social. Todos podemos ver la locura nacional; pero ¿qué es la cordura nacional? He titulado este libro «¿Qué está mal en el mundo?», y el resultado del título se puede enunciar fácil y claramente. Lo que está mal es que no preguntamos qué está bien.
II. Se busca un hombre poco práctico
Hay un chiste filosófico popular destinado a representar las discusiones interminables e inútiles de los filósofos; me refiero al chiste de qué fue primero, la gallina o el huevo. No estoy seguro de que, bien entendida, sea una pregunta tan fútil después de todo. No me interesa aquí entrar en esas hondas diferencias metafísicas y teológicas de las que el debate de la gallina y el huevo es un ejemplo frívolo, pero muy feliz. Los materialistas evolucionistas quedan representados con bastante propiedad en la visión de todas las cosas saliendo de un huevo, un germen oval oscuro y monstruoso que se había puesto a sí mismo por accidente. La otra escuela de pensamiento, la sobrenatural (a la que yo personalmente me adhiero), no quedaría indignamente representada en la fantasía de que este mundo redondo nuestro no es más que un huevo empollado por un ave sagrada no engendrada: la paloma mística de los profetas. Pero es a funciones mucho más humildes a las que aquí convoco el tremendo poder de semejante distinción. Esté o no el ave viva al principio de nuestra cadena mental, es absolutamente necesario que esté al final de nuestra cadena mental. El ave es aquello a lo que hay que apuntar, no con una escopeta, sino con una varita que da vida. Lo esencial para pensar bien es esto: que el huevo y el ave no deben concebirse como sucesos cósmicos equivalentes que se repiten alternadamente para siempre. No deben volverse un mero motivo decorativo de huevo y ave, como el motivo de ovas y dardos. Uno es un medio y el otro un fin; están en mundos mentales distintos. Dejando aparte las complicaciones de la mesa del desayuno humano, en un sentido elemental el huevo solo existe para producir la gallina. Pero la gallina no existe solo para producir otro huevo. También puede existir para divertirse, para alabar a Dios e incluso para sugerirle ideas a un dramaturgo francés. Siendo una vida consciente, es, o puede ser, valiosa en sí misma. Ahora bien, nuestra política moderna está llena de un olvido ruidoso; del olvido de que la producción de esta vida feliz y consciente es, después de todo, la meta de todas las complejidades y de todos los arreglos. No hablamos más que de hombres útiles y de instituciones que funcionan; es decir, solo pensamos en las gallinas como cosas que pondrán más huevos. En lugar de procurar criar nuestra ave ideal, el águila de Zeus o el Cisne del Avon, o lo que se nos antoje querer, hablamos enteramente en términos del proceso y del embrión. El proceso mismo, divorciado de su objeto divino, se vuelve dudoso y hasta morboso; el veneno entra en el embrión de todas las cosas; y nuestra política es huevos podridos.
El idealismo no es más que considerar cada cosa en su esencia práctica. El idealismo solo significa que debemos considerar un atizador en relación con atizar antes de discutir si sirve para pegarle a la esposa; que debemos preguntar si un huevo es lo bastante bueno para la cría práctica de aves antes de decidir que el huevo es lo bastante malo para la política práctica. Pero sé que esta búsqueda primordial de la teoría (que no es sino la búsqueda de la meta) lo expone a uno a la acusación barata de tocar la lira mientras arde Roma. Una escuela, de la que lord Rosebery es representante, ha procurado sustituir los ideales morales o sociales que hasta ahora han sido el motor de la política por una coherencia o completitud general del sistema social que se ha ganado el apodo de «eficiencia». No estoy muy seguro de la doctrina secreta de esta secta en la materia. Pero, hasta donde alcanzo a entender, «eficiencia» significa que debemos descubrir todo sobre una máquina, menos para qué sirve. Ha surgido en nuestro tiempo una fantasía de lo más singular: la fantasía de que, cuando las cosas van muy mal, necesitamos un hombre práctico. Sería mucho más cierto decir que, cuando las cosas van muy mal, necesitamos un hombre poco práctico. Por lo menos, sin duda, necesitamos un teórico. Un hombre práctico es un hombre acostumbrado a la mera práctica diaria, al modo en que las cosas suelen funcionar. Cuando las cosas no funcionan, hay que tener al pensador, al hombre que tiene alguna doctrina sobre por qué funcionan en absoluto. Está mal tocar la lira mientras arde Roma; pero está muy bien estudiar la teoría de la hidráulica mientras arde Roma.
Es necesario, pues, dejar el agnosticismo de todos los días e intentar rerum cognoscere causas. Si a su aeroplano le da una ligera indisposición, un hombre mañoso puede arreglarlo. Pero si está gravemente enfermo, es tanto más probable que haya que sacar a rastras de un colegio o de un laboratorio a algún viejo profesor distraído, de pelo blanco y desgreñado, para que analice el mal. Cuanto más complicado sea el destrozo, más blanco tendrá el pelo y más distraído será el teórico que se necesite para ocuparse de él; y en algunos casos extremos nadie sino el hombre (probablemente loco) que inventó su nave voladora podría decir qué le pasa.
La «eficiencia», por supuesto, es fútil por la misma razón por la que son fútiles los hombres fuertes, la fuerza de voluntad y el superhombre. Es decir, es fútil porque solo se ocupa de las acciones después de que se han realizado. No tiene filosofía para los sucesos antes de que ocurran; por eso no tiene poder de elección. Un acto solo puede tener éxito o fracasar cuando ha terminado; si ha de empezar, tiene que ser, en abstracto, bueno o malo. No existe eso de apostar por el ganador, porque no puede ser el ganador cuando se apuesta por él. No existe eso de pelear en el bando vencedor; se pelea para averiguar cuál es el bando vencedor. Si alguna operación ha tenido lugar, esa operación fue eficiente. Si asesinan a un hombre, el asesinato fue eficiente. Un sol tropical es tan eficiente para volver perezosa a la gente como un capataz matón de Lancashire para volverla enérgica. Maeterlinck es tan eficiente para llenar a un hombre de extraños estremecimientos espirituales como los señores Crosse y Blackwell para llenarlo de mermelada. Pero todo depende de qué quiere uno que lo llenen. Lord Rosebery, siendo un escéptico moderno, probablemente prefiere los estremecimientos espirituales. Yo, siendo un cristiano ortodoxo, prefiero la mermelada. Pero ambos son eficientes cuando ya se han efectuado, e ineficientes hasta que se efectúan. Un hombre que piensa mucho en el éxito tiene que ser el más soñoliento de los sentimentales, porque tiene que estar siempre mirando hacia atrás. Si solo le gusta la victoria, tiene que llegar siempre tarde a la batalla. Para el hombre de acción no hay más que el idealismo.
Este ideal definido es un asunto mucho más urgente y práctico, en nuestro actual problema inglés, que cualquier plan o propuesta inmediata. Porque el caos presente se debe a una especie de olvido general de todo aquello a lo que los hombres apuntaban en un principio. Nadie pide lo que desea; cada uno pide lo que se imagina que puede conseguir. Pronto la gente olvida lo que el hombre quería realmente al principio; y, tras una vida política exitosa y vigorosa, lo olvida él mismo. El conjunto es un desenfreno extravagante de segundas opciones, un pandemónium de pis-aller. Ahora bien, esta clase de flexibilidad no solo impide toda coherencia heroica; impide también todo arreglo verdaderamente práctico. Solo se puede hallar el punto medio entre dos puntos si los dos puntos se quedan quietos. Podemos llegar a un acuerdo entre dos litigantes que no pueden conseguir ambos lo que quieren; pero no si ni siquiera nos dicen qué quieren. El dueño de un restaurante preferiría con mucho que cada cliente hiciera su pedido con decisión, aunque fuera ibis guisado o elefante hervido, antes que verlos a todos sentados con la cabeza entre las manos, sumidos en cálculos aritméticos sobre cuánta comida puede haber en el local. La mayoría de nosotros ha padecido a cierta clase de señoras que, con su perverso altruismo, dan más trabajo que las egoístas; que casi exigen a gritos el plato que nadie quiere y se pelean por el peor asiento. La mayoría de nosotros ha conocido reuniones o excursiones llenas de este bullicioso ajetreo de abnegación. Por motivos mucho más mezquinos que los de esas admirables mujeres, nuestros políticos prácticos mantienen las cosas en la misma confusión por la misma duda sobre lo que de verdad piden. No hay nada que impida tanto un acuerdo como una maraña de pequeñas rendiciones. Nos desconciertan por todos lados políticos que están a favor de la educación laica, pero creen inútil trabajar por ella; que desean la prohibición total del alcohol, pero están seguros de que no deberían exigirla; que lamentan la educación obligatoria, pero la mantienen resignados; o que quieren la propiedad campesina y por eso votan por otra cosa. Es este oportunismo aturdido y vacilante el que estorba en todo. Si nuestros estadistas fueran visionarios, se podría hacer algo práctico. Si pidiéramos algo en abstracto, podríamos conseguir algo en concreto. Tal como están las cosas, no solo es imposible conseguir lo que uno quiere, sino que es imposible conseguir parte alguna de ello, porque nadie lo puede trazar con claridad como un mapa. Aquella cualidad clara, y hasta dura, que había en los regateos de antes ha desaparecido por completo. Olvidamos que la palabra compromise, «transacción», contiene, entre otras cosas, la palabra rígida y sonora promise, «promesa». La moderación no es vaga; es tan definida como la perfección. El punto medio está tan fijo como el punto extremo.
Si un pirata me obliga a caminar por la tabla, es en vano que le ofrezca, como un arreglo de sentido común, caminar por la tabla una distancia razonable. Es justamente sobre la distancia razonable en lo que el pirata y yo discrepamos. Hay una exquisita fracción matemática de segundo en la que la tabla se inclina. Mi sentido común termina justo antes de ese instante; el sentido común del pirata empieza justo después. Pero el punto mismo es tan duro como cualquier diagrama geométrico; tan abstracto como cualquier dogma teológico.
Hasta aquí las primeras páginas. Para seguir leyendo, descarga el libro completo, gratis:
¿Cuál elegir? El PDF se abre directo en el navegador, en cualquier celular o computador. El EPUB queda en Descargas y se lee con una aplicación de lectura (Google Play Libros en Android, Libros en iPhone, Kindle o Kobo), que deja agrandar la letra.