Proyecto Fénix
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El pequeño Lord FauntleroyPrimeras páginas

Frances Hodgson Burnett · 1886

Capítulo I

Cedric mismo no sabía nada de todo aquello. Nunca se lo habían mencionado siquiera. Sabía que su papá había sido inglés, porque se lo había dicho su mamá; pero su papá había muerto cuando él era tan pequeño que no podía recordarlo mucho, salvo que era grande, tenía ojos azules y un bigote largo, y que era algo maravilloso pasear por la habitación subido en su hombro. Desde la muerte de su papá, Cedric había descubierto que era mejor no hablar de él con su mamá. Cuando su padre estaba enfermo, a Cedric lo habían mandado lejos, y cuando volvió, todo había terminado; y su madre, que también había estado muy enferma, apenas empezaba a sentarse en su sillón junto a la ventana. Estaba pálida y delgada, todos los hoyuelos habían desaparecido de su lindo rostro, sus ojos se veían grandes y tristes, y vestía de negro.

«Querida», dijo Cedric (su papá siempre la había llamado así, y por eso el niño había aprendido a decirlo), «Querida, ¿está mejor mi papá?».

Sintió que los brazos de ella temblaban, y entonces volvió su cabeza de rizos y la miró a la cara. Había algo en ella que le hizo sentir que iba a llorar.

«Querida», dijo, «¿está bien?».

Entonces, de pronto, su cariñoso corazoncito le dijo que era mejor rodearle el cuello con los dos brazos y besarla una y otra vez, y mantener su suave mejilla pegada a la de ella; y así lo hizo, y ella apoyó el rostro en su hombro y lloró amargamente, abrazándolo como si no fuera a soltarlo nunca más.

«Sí, está bien», dijo ella entre sollozos; «está muy, muy bien, pero nosotros... nosotros no tenemos a nadie más que el uno al otro. A nadie más».

Entonces, aunque era tan pequeño, comprendió que su papá, grande y buenmozo y joven, no volvería nunca más; que estaba muerto, como había oído decir de otras personas, aunque no lograba entender qué cosa extraña había causado toda aquella tristeza. Como su mamá lloraba siempre que él hablaba de su papá, decidió en secreto que era mejor no nombrarlo muy a menudo delante de ella, y descubrió también que era mejor no dejarla sentada mirando el fuego o la ventana, sin moverse ni hablar. Él y su mamá conocían a muy poca gente y llevaban una vida que habría podido parecer muy solitaria, aunque Cedric no supo que era solitaria hasta que creció y oyó por qué no tenían visitas. Entonces le dijeron que su mamá era huérfana y estaba completamente sola en el mundo cuando su papá se casó con ella. Era muy bonita y vivía como dama de compañía de una anciana rica que no era amable con ella, y un día el capitán Cedric Errol, que visitaba la casa, la vio subir corriendo la escalera con lágrimas en las pestañas; y ella se veía tan dulce, tan inocente y tan triste que el capitán no pudo olvidarla. Y después de que ocurrieron muchas cosas extrañas, se conocieron bien y se quisieron mucho, y se casaron, aunque su matrimonio les ganó la antipatía de varias personas. La más furiosa de todas, sin embargo, fue el padre del capitán, que vivía en Inglaterra y era un anciano noble, muy rico e importante, de muy mal carácter y de una violenta aversión por América y los americanos. Tenía dos hijos mayores que el capitán Cedric; y la ley disponía que el mayor de ellos heredara el título y las tierras de la familia, que eran muy ricas y magníficas; si el mayor moría, el siguiente sería el heredero; de modo que, aunque pertenecía a una familia tan grande, había pocas posibilidades de que el capitán Cedric llegara a ser muy rico.

Pero ocurrió que la Naturaleza había dado al hijo menor dones que no había concedido a sus hermanos mayores. Tenía un rostro hermoso y un cuerpo fino, fuerte y gracioso; tenía una sonrisa luminosa y una voz dulce y alegre; era valiente y generoso, tenía el corazón más bondadoso del mundo y parecía tener el poder de hacerse querer por todos. Y con sus hermanos mayores no era así; ninguno de los dos era guapo, ni muy bondadoso, ni inteligente. Cuando fueron niños en Eton, no fueron populares; cuando estuvieron en la universidad, no se interesaron por el estudio, malgastaron el tiempo y el dinero y hicieron pocos amigos de verdad. El viejo conde, su padre, vivía decepcionado y humillado por ellos; su heredero no honraba su noble apellido y no prometía terminar siendo otra cosa que un hombre egoísta, derrochador e insignificante, sin ninguna cualidad viril ni noble. Era muy amargo, pensaba el viejo conde, que el hijo que era solo el tercero y tendría una fortuna muy pequeña fuera el que tenía todos los dones, todos los encantos, toda la fuerza y la belleza. A veces casi odiaba al joven buenmozo porque parecía tener las cosas buenas que debieron acompañar al majestuoso título y a las magníficas tierras; y sin embargo, en el fondo de su orgulloso y terco corazón de anciano, no podía evitar querer mucho a su hijo menor. En uno de sus arrebatos de mal genio lo mandó a viajar por América; pensó que lo enviaría lejos por un tiempo, para no enojarse al compararlo a cada rato con sus hermanos, que en ese tiempo le daban muchos disgustos con su vida desordenada.

Pero, pasados unos seis meses, empezó a sentirse solo y anheló en secreto volver a ver a su hijo, de modo que le escribió al capitán Cedric y le ordenó regresar. La carta que él escribió se cruzó en el camino con otra que el capitán acababa de escribirle a su padre, donde le contaba de su amor por la linda muchacha americana y de su próximo matrimonio; y cuando el conde recibió esa carta, se puso furioso. Por malo que fuera su carácter, jamás en su vida se había dejado llevar por él como cuando leyó la carta del capitán. Su ayuda de cámara, que estaba en la habitación cuando llegó, pensó que su señoría iba a sufrir un ataque de apoplejía, tan loco de ira estaba. Durante una hora rugió como un tigre, y después se sentó y le escribió a su hijo, ordenándole que no se acercara jamás a su antiguo hogar ni volviera a escribir a su padre ni a sus hermanos. Le dijo que podía vivir como quisiera y morir donde quisiera, que quedaría separado de su familia para siempre y que no esperara ninguna ayuda de su padre mientras este viviera.

El capitán se puso muy triste al leer la carta; quería mucho a Inglaterra y amaba de corazón la hermosa casa donde había nacido; incluso había querido a su malhumorado padre y había compartido sus decepciones; pero sabía que en adelante no podía esperar de él ninguna bondad. Al principio casi no supo qué hacer; no lo habían criado para el trabajo y no tenía experiencia en los negocios, pero tenía valor y mucha determinación. Así que vendió su cargo en el ejército inglés, y después de algunas dificultades encontró un empleo en Nueva York, y se casó. El cambio respecto de su antigua vida en Inglaterra fue muy grande, pero era joven y feliz, y esperaba que el trabajo duro hiciera grandes cosas por él en el futuro. Tenía una casita en una calle tranquila, y allí nació su hijito, y todo era tan alegre y apacible, a su sencilla manera, que ni por un momento se arrepintió de haberse casado con la linda dama de compañía de la anciana rica, solo porque ella era tan dulce y él la quería y ella lo quería a él. Era muy dulce, en verdad, y su hijito se parecía a ella y a su padre. Aunque nació en un hogar tan tranquilo y modesto, parecía que nunca había habido un bebé más afortunado. En primer lugar, siempre estaba sano, y así nunca daba trabajo a nadie; en segundo lugar, tenía un carácter tan dulce y unos modos tan encantadores que era un placer para todos; y en tercer lugar, era tan hermoso que parecía un cuadro. En vez de ser un bebé calvo, empezó la vida con una gran cantidad de pelo suave y fino, color de oro, que se rizaba en las puntas y a los seis meses caía en bucles sueltos; tenía grandes ojos castaños, largas pestañas y una carita adorable; tenía la espalda tan fuerte y unas piernas tan robustas y magníficas que a los nueve meses aprendió de repente a caminar; sus modales eran tan buenos, para un bebé, que era una delicia conocerlo. Parecía sentir que todos eran sus amigos, y cuando alguien le hablaba, estando él en su cochecito en la calle, le dirigía al desconocido una dulce y seria mirada de sus ojos castaños y la seguía de una hermosa sonrisa amistosa; y la consecuencia era que no había nadie en el vecindario de la tranquila calle donde vivía (ni siquiera el almacenero de la esquina, que tenía fama de ser la criatura más gruñona del mundo) a quien no le gustara verlo y hablarle. Y cada mes de su vida se hacía más guapo y más interesante.

Cuando tuvo edad para salir a caminar con su niñera, arrastrando un carrito y vestido con una faldita blanca corta y un gran sombrero blanco echado hacia atrás sobre su pelo rubio y rizado, era tan guapo, tan fuerte y tan sonrosado que llamaba la atención de todos, y su niñera volvía a casa y le contaba a su mamá historias de las señoras que habían detenido sus carruajes para mirarlo y hablarle, y de lo contentas que se ponían cuando él les conversaba a su alegre manera, como si las hubiera conocido de siempre. Su mayor encanto era esa manera alegre, sin miedo y original de hacerse amigo de la gente. Creo que nacía de su carácter muy confiado y de un corazoncito bondadoso que simpatizaba con todos y quería dejar a todos tan a gusto como a él le gustaba estar. Eso lo hacía muy rápido para comprender los sentimientos de quienes lo rodeaban. Quizá también se le había desarrollado porque había vivido tanto con su padre y su madre, que eran siempre cariñosos, considerados, tiernos y de buena crianza. Nunca había oído en casa una palabra áspera o descortés; siempre lo habían querido, acariciado y tratado con ternura, y por eso su alma de niño estaba llena de bondad y de un cálido sentimiento inocente. Siempre había oído que a su mamá la llamaban con nombres bonitos y cariñosos, y así los usaba él mismo cuando le hablaba; siempre había visto que su papá la cuidaba y se esmeraba por ella, y así aprendió también a cuidarla.

De modo que, cuando supo que su papá no volvería más y vio lo triste que estaba su mamá, fue naciendo en su bondadoso corazoncito la idea de que debía hacer lo posible por hacerla feliz. No era mucho más que un bebé, pero esa idea estaba en su mente siempre que se subía a sus rodillas y la besaba y apoyaba su cabeza de rizos en su cuello, y cuando le traía sus juguetes y sus libros de láminas para mostrárselos, y cuando se acurrucaba tranquilo a su lado mientras ella se recostaba en el sofá. No tenía edad para saber qué otra cosa hacer, así que hacía lo que podía, y fue para ella un consuelo mayor de lo que él habría podido entender.

«¡Ay, Mary!», la oyó decir una vez a su vieja criada; «estoy segura de que trata de ayudarme a su manera inocente... lo sé. A veces me mira con una mirada tierna y asombrada, como si le diera pena por mí, y luego viene a hacerme cariño o a mostrarme algo. Es tan hombrecito que de veras creo que lo sabe».

Al crecer, tuvo muchas costumbres graciosas y originales que divertían e interesaban mucho a la gente. Era tan compañero de su madre que ella casi no deseaba otra compañía. Salían juntos a caminar, conversaban juntos y jugaban juntos. Siendo todavía muy pequeño, aprendió a leer; y después se echaba en la alfombra frente a la chimenea, por las tardes, y leía en voz alta, a veces cuentos, a veces libros gruesos como los que leen los mayores, y a veces hasta el periódico; y a menudo, en esos momentos, Mary, desde la cocina, oía a la señora Errol reírse con ganas de las cosas graciosas que él decía.

«Y la verdá», le dijo Mary al almacenero, «que nadie podía dejar de reírse de las cosas tan raras que tiene, y de sus dichos de viejo. ¿No entró en mi cocina la noche en que nombraron al nuevo presidente, y se paró frente al fuego, hecho un cuadro, con las manitas en los bolsillos chicos y su carita inocente seria como la de un juez? Y me dice: “Mary”, me dice, “estoy muy interesado en la elección”, me dice. “Soy republicano, y también Querida. ¿Usted es republicana, Mary?”. “Ni un poquito”, le digo yo; “¡soy la mejor de las demócratas!”. Y me mira con una mirada que le llega a una al corazón, y me dice: “Mary”, me dice, “el país se va a arruinar”. Y desde entonces no ha dejado pasar un día sin discutirme pa' que cambie mis ideas políticas».

Mary lo quería mucho y también estaba muy orgullosa de él. Había estado con su madre desde que él nació; y, después de la muerte de su padre, había sido cocinera, criada, niñera y todo lo demás. Estaba orgullosa de su cuerpecito fuerte y gracioso y de sus lindos modales, y en especial de su pelo rizado y brillante, que se ondulaba sobre la frente y caía en encantadores bucles sobre sus hombros. Estaba dispuesta a trabajar de la mañana a la noche para ayudar a la mamá a hacerle sus trajecitos y mantenerlos en orden.

«¿Que si es aristocrático?», decía. «Vaya, que me gustaría ver al niño en la Quinta Avenida que se le parezca y camine tan guapo como él. Y todos, hombres, mujeres y niños, mirándolo, con su faldita de terciopelo negro hecha del vestido viejo de la señora; y la cabecita en alto, y el pelo rizado volando y brillando. Parece todo un joven lord».

Cedric no sabía que parecía un joven lord; no sabía qué era un lord. Su mejor amigo era el almacenero de la esquina, el almacenero gruñón que nunca era gruñón con él. Se llamaba señor Hobbs, y Cedric lo admiraba y respetaba mucho. Lo creía una persona muy rica y poderosa, porque tenía tantas cosas en su almacén (ciruelas pasas, higos, naranjas y galletas) y tenía un caballo y un carro. A Cedric le caían bien el lechero, el panadero y la vendedora de manzanas, pero el señor Hobbs le gustaba más que todos, y tenían tal confianza que iba a verlo todos los días y se quedaba a veces un buen rato con él, discutiendo los temas del momento. Era sorprendente cuántas cosas encontraban para conversar, el Cuatro de Julio, por ejemplo. Cuando empezaban a hablar del Cuatro de Julio, parecía que de verdad no tenía fin. El señor Hobbs tenía muy mala opinión de «los británicos», y contaba toda la historia de la Revolución, relatando muy maravillosas y patrióticas historias sobre la maldad del enemigo y la valentía de los héroes revolucionarios, e incluso repetía con generosidad parte de la Declaración de Independencia.

Cedric se emocionaba tanto que le brillaban los ojos, se le ponían rojas las mejillas y los rizos le quedaban todos revueltos, hechos una melena amarilla. Apenas podía esperar para comer cuando llegaba a casa, tan ansioso estaba de contárselo a su mamá. Quizá fue el señor Hobbs quien despertó en él su primer interés por la política. Al señor Hobbs le gustaba leer los periódicos, y así Cedric oía mucho de lo que pasaba en Washington; y el señor Hobbs le decía si el presidente cumplía con su deber o no. Y una vez, cuando hubo una elección, le pareció todo muy grandioso, y probablemente, de no ser por el señor Hobbs y Cedric, el país se habría ido a pique.

El señor Hobbs lo llevó a ver una gran procesión de antorchas, y muchos de los hombres que llevaban antorchas recordaron después a un hombre corpulento que estaba junto a un farol y sostenía sobre el hombro a un niño buenmozo que gritaba y agitaba su gorra en el aire.

No mucho después de esa elección, cuando Cedric tenía entre siete y ocho años, ocurrió la cosa tan extraña que produjo un cambio tan maravilloso en su vida. Fue curioso, además, que el día en que ocurrió él había estado hablando con el señor Hobbs de Inglaterra y de la Reina, y el señor Hobbs había dicho cosas muy duras sobre la aristocracia, especialmente indignado contra los condes y los marqueses. Había sido una mañana calurosa; y después de jugar a los soldados con unos amigos, Cedric había entrado en el almacén a descansar, y había encontrado al señor Hobbs con aire muy feroz sobre un pedazo del Illustrated London News, que traía una lámina de alguna ceremonia de la corte.

«¡Ah!», dijo, «así andan ahora; pero ya tendrán su merecido algún día, cuando los que han pisoteado se levanten y los hagan volar por los aires, ¡condes, marqueses y todos! ¡Ya viene, y que se cuiden!».

Cedric se había encaramado como de costumbre en el alto taburete y se había echado el sombrero hacia atrás, y había metido las manos en los bolsillos, como delicado homenaje al señor Hobbs.

«¿Usted conoció a muchos marqueses, señor Hobbs?», preguntó Cedric, «¿o condes?».

«No», contestó el señor Hobbs, indignado; «claro que no. ¡Me gustaría pillar a uno de ellos aquí dentro, eso es todo! ¡No voy a permitir que unos tiranos codiciosos anden sentándose en mis barriles de galletas!».

Y estaba tan orgulloso de esa frase que miró a su alrededor con orgullo y se secó la frente.

«Quizá no serían condes si supieran que hay algo mejor», dijo Cedric, sintiendo cierta vaga simpatía por su desdichada condición.

«¡Cómo que no!», dijo el señor Hobbs. «¡Si se jactan de serlo! Lo llevan en la sangre. Son mala gente».

Estaban en medio de su conversación cuando apareció Mary.

Cedric pensó que quizá venía a comprar azúcar, pero no era así. Se veía casi pálida y como agitada por algo.

«Ven a casa, cariño», dijo; «la señora te está llamando».

Cedric se deslizó del taburete.

«¿Quiere que salga con ella, Mary?», preguntó. «Buenos días, señor Hobbs. Nos vemos otra vez».

Le sorprendió ver que Mary lo miraba con aire atónito, y se preguntó por qué no dejaba de mover la cabeza.

«¿Qué le pasa, Mary?», dijo. «¿Es el calor?».

«No», dijo Mary; «pero nos están pasando cosas raras».

«¿Le dio dolor de cabeza a Querida por el sol?», preguntó con ansiedad.

Pero no era eso. Cuando llegó a su casa había un coche cerrado frente a la puerta y alguien estaba en el saloncito conversando con su mamá. Mary lo llevó a toda prisa escaleras arriba y le puso su mejor traje de verano de franela color crema, con la banda roja en la cintura, y le peinó los rizos.

«¿Lores, dicen?», la oyó decir. «Y la nobleza y la gente bien. ¡Ay, mala suerte les dé! Lores, claro... peor aún».

Era de veras muy desconcertante, pero estaba seguro de que su mamá le explicaría qué significaba tanto alboroto, así que dejó que Mary se lamentara sin hacerle muchas preguntas. Cuando estuvo vestido, bajó corriendo y entró en el salón. Un anciano alto y delgado, de rostro afilado, estaba sentado en un sillón. Su madre estaba de pie cerca, con el rostro pálido, y vio que tenía lágrimas en los ojos.

«¡Ay, Ceddie!», exclamó ella, y corrió hacia su hijito y lo tomó en sus brazos y lo besó de un modo asustado y angustiado. «¡Ay, Ceddie, mi cielo!».

El anciano alto se levantó de su sillón y miró a Cedric con sus ojos agudos. Se frotó la barbilla delgada con su mano huesuda mientras lo miraba.

No parecía nada descontento.

«Así que», dijo por fin, lentamente, «así que este es el pequeño Lord Fauntleroy».

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