Proyecto Fénix
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El jardín secretoPrimeras páginas

Frances Hodgson Burnett · 1911

I. No queda nadie

Cuando enviaron a Mary Lennox a la mansión de Misselthwaite a vivir con su tío, todos dijeron que era la niña de aspecto más desagradable que se hubiera visto jamás. Y era cierto. Tenía una carita flaca y un cuerpecito flaco, el pelo claro y ralo y un gesto agrio. Tenía el pelo amarillento, y la cara también, porque había nacido en la India y siempre había estado enferma de una cosa u otra. Su padre había tenido un cargo en el Gobierno inglés y siempre había estado ocupado y enfermo también él, y su madre había sido una gran belleza a quien solo le importaban las fiestas y divertirse con gente alegre. No había querido tener una niña, y cuando nació Mary la puso al cuidado de un aya, a quien dio a entender que, si quería agradar a la Mem Sahib, debía mantener a la criatura fuera de su vista lo más posible. Así que, cuando era una bebé enfermiza, quejumbrosa y fea, la mantuvieron apartada, y cuando fue una criaturita enfermiza y quejumbrosa que andaba a tropezones, la mantuvieron apartada también. Nunca recordaba haber visto de cerca nada más que los rostros morenos de su aya y de los otros sirvientes nativos, y como estos siempre le obedecían y le dejaban hacer su voluntad en todo, porque la Mem Sahib se enojaba si el llanto de la niña la molestaba, a los seis años Mary era una cerdita tan tirana y egoísta como no ha existido otra. La joven institutriz inglesa que llegó para enseñarle a leer y a escribir le tomó tanta antipatía que renunció a su puesto a los tres meses, y las otras institutrices que vinieron después a ocuparlo siempre se marcharon en menos tiempo que la primera. De modo que, si Mary no hubiera decidido que de veras quería saber leer libros, no habría aprendido ni las letras.

Una mañana de un calor espantoso, cuando tenía unos nueve años, se despertó de muy mal humor, y se puso de peor humor aún al ver que la criada que estaba junto a su cama no era su aya.

«¿Para qué vino?», le dijo a la mujer desconocida. «No voy a dejar que se quede. Mándeme a mi aya».

La mujer parecía asustada, pero solo balbuceó que el aya no podía venir, y cuando Mary se puso furiosa y la golpeó y le dio patadas, ella se asustó todavía más y repitió que no era posible que el aya viniera donde la Missie Sahib.

Había algo misterioso en el aire esa mañana. Nada se hacía en su orden de siempre y varios de los sirvientes nativos parecían haber desaparecido, mientras que los que Mary veía andaban deslizándose o apurados, con la cara gris y asustada. Pero nadie quería decirle nada y su aya no venía. A medida que avanzaba la mañana la dejaron completamente sola, y al final salió a vagar por el jardín y se puso a jugar sola bajo un árbol cerca de la veranda. Hizo como que armaba un macizo de flores, y clavó grandes flores escarlatas de hibisco en montoncitos de tierra, sintiendo cada vez más rabia y murmurando para sí lo que le diría y los nombres con que trataría a Saidie cuando volviera.

«¡Cerda! ¡Cerda! ¡Hija de cerdas!», decía, porque llamar cerdo a un nativo es la peor injuria de todas.

Estaba apretando los dientes y repitiendo esto una y otra vez cuando oyó que su madre salía a la veranda con alguien. Venía con un joven rubio, y los dos se quedaron conversando en voz baja y con un tono extraño. Mary conocía al joven rubio, que parecía un muchacho. Había oído decir que era un oficial muy joven recién llegado de Inglaterra. La niña lo miró fijamente, pero a quien más miró fue a su madre. Siempre lo hacía cuando tenía ocasión de verla, porque la Mem Sahib (así la llamaba Mary más a menudo que de cualquier otro modo) era una persona tan alta, tan esbelta y tan bonita, y llevaba unos vestidos tan hermosos. Su pelo era como seda ondulada y tenía una naricita delicada que parecía mirar las cosas con desdén, y unos ojos grandes y risueños. Toda su ropa era liviana y ondeante, y Mary decía que estaba «llena de encaje». Esa mañana parecía más llena de encaje que nunca, pero sus ojos no se reían para nada. Eran grandes y asustados, y se alzaban suplicantes hacia el rostro del oficial rubio, casi un muchacho.

«¿Es tan grave? ¡Ay! ¿De verdad lo es?», le oyó decir Mary.

«Terrible», respondió el joven con voz temblorosa. «Terrible, señora Lennox. Debió haberse ido a las montañas hace dos semanas».

La Mem Sahib se retorció las manos.

«¡Oh, ya sé que debí hacerlo!», exclamó. «Me quedé solo para ir a esa cena sin importancia. ¡Qué tonta fui!».

En ese mismo instante, de las habitaciones de los sirvientes brotó un lamento tan fuerte que ella se aferró al brazo del joven, y Mary se quedó temblando de pies a cabeza. El lamento fue haciéndose cada vez más desgarrador. «¿Qué es? ¿Qué es?», jadeó la señora Lennox.

«Alguien ha muerto», contestó el joven oficial. «No me dijo que había estallado entre sus sirvientes».

«¡No lo sabía!», gritó la Mem Sahib. «¡Venga conmigo! ¡Venga conmigo!», y se dio vuelta y corrió hacia la casa.

Después de eso ocurrieron cosas espantosas, y a Mary se le explicó el misterio de la mañana. El cólera había estallado en su forma más mortal y la gente moría como moscas. El aya se había enfermado en la noche, y los sirvientes habían gemido en sus chozas justamente porque acababa de morir. Antes del día siguiente murieron otros tres sirvientes y otros huyeron aterrados. Por todas partes había pánico, y gente moribunda en todos los bungalós.

Durante la confusión y el desconcierto del segundo día Mary se escondió en el cuarto de los niños, y todos se olvidaron de ella. Nadie pensaba en ella, nadie la quería, y ocurrían cosas extrañas de las que ella no sabía nada. Mary lloraba y dormía por turnos durante las horas. Solo sabía que había gente enferma y que oía ruidos misteriosos y aterradores. Una vez se deslizó hasta el comedor y lo encontró vacío, aunque sobre la mesa había una comida a medio terminar, y las sillas y los platos parecían haber sido empujados a toda prisa cuando los comensales se levantaron de golpe por algún motivo. La niña comió algo de fruta y unas galletas, y como tenía sed se tomó una copa de vino que estaba casi llena. Era dulce, y ella no sabía lo fuerte que era. Muy pronto le dio un sueño tremendo, y volvió a su cuarto y se encerró otra vez, asustada por los gritos que oía en las chozas y por el sonido apresurado de pasos. El vino le dio tanto sueño que apenas podía mantener los ojos abiertos, y se acostó en su cama y no supo nada más durante mucho tiempo.

Pasaron muchas cosas durante las horas en que durmió tan profundamente, pero no la perturbaron los lamentos ni el ruido de cosas que entraban y salían del bungaló.

Cuando despertó, se quedó acostada mirando la pared. La casa estaba en un silencio perfecto. Nunca la había conocido tan callada. No oía voces ni pasos, y se preguntó si todos se habrían curado del cólera y se habría acabado el problema. Se preguntó también quién la cuidaría ahora que su aya estaba muerta. Habría una aya nueva, y quizás supiera cuentos nuevos. Mary se había cansado bastante de los antiguos. No lloró porque su niñera hubiera muerto. No era una niña cariñosa y nunca se había encariñado con nadie. El ruido, el ir y venir apresurado y los lamentos por el cólera la habían asustado, y se había enojado porque nadie parecía acordarse de que ella estaba viva. Todos estaban demasiado aterrados para pensar en una niñita a quien nadie quería. Cuando la gente tenía cólera, parecía que no se acordaba más que de sí misma. Pero si todos se habían curado, seguro que alguien se acordaría y vendría a buscarla.

Pero nadie vino, y mientras esperaba acostada la casa parecía hacerse cada vez más silenciosa. Oyó algo que se arrastraba sobre la estera y, al mirar hacia abajo, vio una culebrita que se deslizaba y la observaba con ojos como joyas. No se asustó, porque era una cosita inofensiva que no le haría daño y parecía tener prisa por salir del cuarto. Mientras ella la miraba, se escurrió bajo la puerta.

«Qué raro y qué callado está todo», dijo. «Parece que no hubiera nadie en el bungaló fuera de mí y de la culebra».

Casi al minuto siguiente oyó pasos en el recinto, y luego en la veranda. Eran pasos de hombres, y los hombres entraron al bungaló y hablaron en voz baja. Nadie salió a recibirlos ni a hablarles, y parecían abrir puertas y mirar dentro de las habitaciones.

«¡Qué desolación!», oyó decir a una voz. «¡Esa mujer tan hermosa, tan hermosa! Supongo que la niña también. Había oído que había una niña, aunque nadie la veía nunca».

Mary estaba parada en medio del cuarto de los niños cuando, unos minutos después, abrieron la puerta. Se veía fea y malhumorada, y fruncía el ceño porque empezaba a tener hambre y a sentirse vergonzosamente abandonada. El primer hombre que entró era un oficial corpulento a quien ella había visto una vez conversando con su padre. Se veía cansado y preocupado, pero al verla se sobresaltó tanto que casi dio un salto hacia atrás.

«¡Barney!», gritó. «¡Aquí hay una niña! ¡Una niña sola! ¡En un lugar como este! ¡Dios mío, quién será!».

«Soy Mary Lennox», dijo la niña, enderezándose tiesa. Le pareció que el hombre era muy grosero al llamar «¡Un lugar como este!» al bungaló de su padre. «Me quedé dormida cuando todos tenían cólera y acabo de despertar. ¿Por qué no viene nadie?».

«¡Es la niña que nadie veía nunca!», exclamó el hombre, volviéndose hacia sus compañeros. «¡De verdad la han olvidado!».

«¿Por qué me olvidaron?», dijo Mary, pataleando. «¿Por qué no viene nadie?».

El joven que se llamaba Barney la miró con mucha tristeza. A Mary hasta le pareció que parpadeaba como para espantar unas lágrimas.

«¡Pobre chiquilla!», dijo. «No queda nadie que pueda venir».

Fue de esa manera extraña y repentina como Mary supo que ya no tenía ni padre ni madre; que habían muerto y los habían sacado durante la noche, y que los pocos sirvientes nativos que no habían muerto también habían abandonado la casa lo más rápido que pudieron, sin que a ninguno se le ocurriera siquiera que existía una Missie Sahib. Por eso el lugar estaba tan silencioso. Era verdad que en el bungaló no había nadie más que ella y la culebrita que se arrastraba.

II. La señorita Mary, siempre contraria

A Mary le gustaba mirar a su madre desde lejos y la había encontrado muy bonita, pero como la conocía muy poco, difícilmente se podía esperar que la quisiera ni que la echara mucho de menos cuando se fue. De hecho no la echó de menos para nada, y como era una niña ensimismada, dedicó todos sus pensamientos a sí misma, como siempre lo había hecho. Si hubiera sido mayor, sin duda se habría angustiado mucho al quedar sola en el mundo, pero era muy chica, y como siempre la habían cuidado, suponía que siempre la cuidarían. Lo que pensaba era que le gustaría saber si iba a vivir con gente agradable, que fuera amable con ella y le dejara hacer su voluntad, como habían hecho su aya y los otros sirvientes nativos.

Sabía que no se iba a quedar en la casa del pastor inglés adonde la llevaron al principio. No quería quedarse. El pastor inglés era pobre y tenía cinco hijos casi de la misma edad, que andaban con ropa gastada y siempre estaban peleando y quitándose los juguetes unos a otros. Mary detestaba su bungaló desordenado y fue tan desagradable con ellos que, pasado el primer día o dos, nadie quiso jugar con ella. Al segundo día ya le habían puesto un apodo que la puso furiosa.

Fue Basil quien lo pensó primero. Basil era un niño de ojos azules y descarados y nariz respingona, y Mary lo detestaba. Ella estaba jugando sola bajo un árbol, igual que el día en que estalló el cólera. Hacía montones de tierra y senderos para un jardín, y Basil llegó y se quedó cerca para mirarla. Al rato se interesó bastante y de pronto le hizo una sugerencia.

«¿Por qué no pones allí un montón de piedras y haces como que es un jardín de rocas?», dijo. «Ahí, en el medio», y se inclinó sobre ella para señalar.

«¡Vete!», gritó Mary. «No quiero niños. ¡Vete!».

Por un momento Basil se enojó, y luego empezó a burlarse. Siempre se burlaba de sus hermanas. Bailó alrededor de ella, le hizo muecas, y cantó y se rio.

Señorita Mary, siempre contraria,
¿cómo crece tu jardín?
Con campanillas de plata y conchitas de mar,
y caléndulas todas en fila.

Lo cantó hasta que los otros niños lo oyeron y se rieron también; y mientras más se enojaba Mary, más cantaban «Señorita Mary, siempre contraria»; y desde entonces, mientras estuvo con ellos, la llamaron «la señorita Mary Siempre Contraria» cuando hablaban de ella entre ellos, y a menudo también cuando le hablaban a ella.

«Te van a mandar a tu casa», le dijo Basil, «a fines de la semana. Y nos alegramos».

«Yo también me alegro», contestó Mary. «¿Dónde queda mi casa?».

«¡No sabe dónde queda su casa!», dijo Basil, con el desprecio de sus siete años. «En Inglaterra, claro. Allá vive nuestra abuelita, y a nuestra hermana Mabel la mandaron con ella el año pasado. Tú no vas donde tu abuelita. No tienes. Vas donde tu tío. Se llama el señor Archibald Craven».

«No sé nada de él», replicó Mary de mala manera.

«Ya sé que no sabes», respondió Basil. «No sabes nada. Las niñas nunca saben. Oí a papá y mamá hablando de él. Vive en una casa vieja, enorme y desolada en el campo, y nadie se le acerca. Es tan gruñón que no los deja, y no irían aunque los dejara. Es jorobado, y es horrible».

«No te creo», dijo Mary; y le dio la espalda y se tapó los oídos con los dedos, porque no quería oír más.

Pero lo pensó mucho después; y cuando esa noche la señora Crawford le dijo que dentro de unos días zarparía rumbo a Inglaterra para ir donde su tío, el señor Archibald Craven, que vivía en la mansión de Misselthwaite, puso una cara tan de piedra y tan obstinadamente indiferente que no supieron qué pensar de ella. Trataron de ser amables con ella, pero solo volvió la cara cuando la señora Crawford intentó darle un beso, y se puso tiesa cuando el señor Crawford le dio unas palmaditas en el hombro.

«Es una niña tan poco agraciada», dijo después la señora Crawford, compadecida. «Y su madre era una criatura tan linda. Tenía también unos modales muy lindos, y Mary tiene las maneras más antipáticas que he visto en una niña. Los niños la llaman “la señorita Mary Siempre Contraria”, y aunque es una maldad de su parte, una no puede dejar de entenderlos».

«Quizás si su madre hubiera llevado más a menudo su linda cara y sus lindos modales al cuarto de los niños, Mary habría podido aprender también algún modo lindo. Da mucha pena, ahora que se fue esa pobre criatura hermosa, recordar que mucha gente ni siquiera supo que tenía una hija».

«Creo que casi nunca la miraba», suspiró la señora Crawford. «Cuando murió el aya, no hubo nadie que pensara un momento en la pobre cosita. Imagínate a los sirvientes huyendo y dejándola completamente sola en ese bungaló abandonado. El coronel McGrew me dijo que casi se le salió el alma del cuerpo cuando abrió la puerta y la encontró parada sola en medio del cuarto».

Mary hizo el largo viaje a Inglaterra al cuidado de la esposa de un oficial, que llevaba a sus hijos para dejarlos en un internado. Esta estaba muy absorta en su propio niño y su propia niña, y se alegró bastante de entregar a la pequeña a la mujer que el señor Archibald Craven envió a buscarla a Londres. La mujer era su ama de llaves en la mansión de Misselthwaite, y se llamaba señora Medlock. Era una mujer robusta, de mejillas muy rojas y ojos negros y penetrantes. Llevaba un vestido muy morado, una capa de seda negra con flecos de azabache y un sombrero negro con flores de terciopelo morado que se erguían y temblaban cuando movía la cabeza. A Mary no le gustó nada, pero como muy pocas veces le gustaba la gente, eso no tenía nada de extraño; además, era muy evidente que la señora Medlock tampoco tenía gran opinión de ella.

«¡Válgame Dios! ¡Es una cosita bien poco agraciada!», dijo. «Y nos habían dicho que su madre era una belleza. No heredó mucho de ella, ¿verdad, señora?».

«Quizás mejore al crecer», dijo la esposa del oficial con buen ánimo. «Si no fuera tan cetrina y tuviera una expresión más agradable, sus facciones son bastante buenas. Los niños cambian tanto».

«Tendrá que cambiar bastante», respondió la señora Medlock. «Y en Misselthwaite no hay nada que pueda mejorar a los niños, si quiere saber mi opinión».

Pensaron que Mary no escuchaba porque estaba un poco apartada de ellas, junto a la ventana del hotel particular adonde habían ido. Miraba pasar los autobuses, los coches de alquiler y la gente, pero oía muy bien y le dio mucha curiosidad su tío y el lugar donde vivía. ¿Qué clase de lugar era, y cómo sería él? ¿Qué era un jorobado? Nunca había visto uno. Quizás no había ninguno en la India.

Desde que vivía en casas ajenas y no tenía aya, había empezado a sentirse sola y a tener pensamientos raros que eran nuevos para ella. Había empezado a preguntarse por qué nunca le había parecido pertenecer a nadie, ni siquiera cuando vivían su padre y su madre. Los otros niños parecían pertenecer a sus padres y madres, pero ella nunca había sentido ser de verdad la niñita de nadie. Había tenido sirvientes, comida y ropa, pero nadie le había hecho caso. No sabía que esto era porque era una niña desagradable; aunque, claro, tampoco sabía que era desagradable. A menudo pensaba que los demás lo eran, pero no sabía que ella misma lo era.

Le pareció que la señora Medlock era la persona más desagradable que había visto, con su cara vulgar y subida de color y su vulgar sombrero elegante. Al día siguiente, cuando salieron de viaje hacia Yorkshire, atravesó la estación hasta el vagón con la cabeza en alto, tratando de mantenerse lo más lejos posible de ella, porque no quería que pareciera que andaba con ella. Le habría dado rabia pensar que la gente imaginara que era su niñita.

Pero a la señora Medlock ella y sus pensamientos no la inquietaban en lo más mínimo. Era el tipo de mujer que «no aguanta tonterías de los chiquillos». Al menos eso habría dicho si le hubieran preguntado. No había querido ir a Londres justo cuando la hija de su hermana María estaba por casarse, pero tenía un puesto cómodo y bien pagado como ama de llaves en la mansión de Misselthwaite, y la única manera de conservarlo era hacer enseguida lo que el señor Archibald Craven le ordenara. Nunca se atrevía ni a hacer una pregunta.

«El capitán Lennox y su esposa murieron de cólera», había dicho el señor Craven en su manera breve y fría. «El capitán Lennox era hermano de mi esposa y yo soy tutor de su hija. Hay que traer aquí a la niña. Usted debe ir a Londres y traerla personalmente».

Así que hizo su pequeño baúl y emprendió el viaje.

Mary iba sentada en su rincón del vagón y se veía poco agraciada y quejumbrosa. No tenía nada que leer ni que mirar, y había cruzado sobre el regazo sus manitas flacas enguantadas de negro. Su vestido negro la hacía verse más amarilla que nunca, y su pelo lacio y claro se le escapaba desgreñado por debajo del sombrero de crespón negro.

«Una chiquilla más marred no he visto en mi vida», pensó la señora Medlock. (Marred es una palabra de Yorkshire y quiere decir malcriada y caprichosa.) Nunca había visto a una niña quedarse tan quieta sin hacer nada; y al final se cansó de mirarla y empezó a hablar con voz enérgica y dura.

«Supongo que no está de más que le cuente algo del lugar adonde va», dijo. «¿Sabe algo de su tío?».

«No», dijo Mary.

«¿Nunca oyó hablar de él a su padre y a su madre?».

«No», dijo Mary frunciendo el ceño. Frunció el ceño porque recordó que su padre y su madre nunca le habían hablado de nada en particular. Desde luego nunca le habían contado cosas.

«Humm», murmuró la señora Medlock, mirando su carita rara y callada. No dijo nada más por unos momentos y luego empezó de nuevo.

«Supongo que más vale decirle algo, para prepararla. Va a un lugar raro».

Mary no dijo nada, y la señora Medlock pareció algo desconcertada por su aparente indiferencia, pero, tras tomar aire, siguió.

«No es que no sea un lugar grande y majestuoso, a su manera sombría, y el señor Craven está orgulloso de él a su manera, que también es bastante sombría. La casa tiene seiscientos años y está al borde del páramo, y tiene casi cien habitaciones, aunque la mayoría están cerradas con llave. Y hay cuadros, y muebles antiguos muy finos y cosas que llevan allí siglos, y alrededor hay un parque grande y jardines y árboles con las ramas colgando hasta el suelo, algunos de ellos». Hizo una pausa y tomó aire otra vez. «Pero no hay nada más», terminó de golpe.

Mary había empezado a escuchar sin querer. Todo sonaba tan distinto de la India, y cualquier cosa nueva la atraía bastante. Pero no pensaba demostrar interés. Esa era una de sus maneras desdichadas y desagradables. Así que se quedó quieta.

«Bueno», dijo la señora Medlock. «¿Qué le parece?».

«Nada», contestó. «No sé nada de esos lugares».

Eso hizo reír a la señora Medlock con una risita corta.

«¡Vaya!», dijo, «pero es usted como una vieja. ¿No le importa?».

«No importa», dijo Mary, «si me importa o no».

«En eso tiene toda la razón», dijo la señora Medlock. «No importa. Para qué la tienen en la mansión de Misselthwaite no lo sé, a no ser que sea lo más fácil. Él no va a darse la molestia por usted, eso es seguro. Nunca se da la molestia por nadie».

Se detuvo como si se hubiera acordado a tiempo de algo.

«Tiene la espalda torcida», dijo. «Eso lo echó a perder. Era un joven amargado y de nada le sirvió todo su dinero ni su gran casa hasta que se casó».

Los ojos de Mary se volvieron hacia ella a pesar de su propósito de no parecer interesada. Nunca había pensado que un jorobado pudiera estar casado y se sorprendió un poco. La señora Medlock lo notó, y como era una mujer conversadora, siguió con más ganas. Era una manera de hacer pasar parte del tiempo, de todos modos.

«Ella era una cosita dulce y bonita, y él habría recorrido el mundo entero para traerle una brizna de hierba que ella quisiera. Nadie pensó que se casaría con él, pero se casó, y la gente decía que se casó por su dinero. Pero no fue así, no fue así», dijo con firmeza. «Cuando ella murió..».

Mary dio un saltito involuntario.

«¡Ay! ¿Murió?», exclamó, completamente sin querer. Acababa de acordarse de un cuento de hadas francés que había leído una vez, llamado «Riquete el del Copete». Trataba de un pobre jorobado y una hermosa princesa, y de pronto le dio pena el señor Archibald Craven.

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