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EmmaPrimeras páginas

Jane Austen · 1815

Volumen I. Capítulo I

Emma Woodhouse, hermosa, inteligente y rica, con un hogar acomodado y un carácter alegre, parecía reunir algunos de los mejores dones de la existencia; y había vivido casi veintiún años en el mundo con muy poco que la afligiera o la contrariara.

Era la menor de las dos hijas de un padre de lo más cariñoso e indulgente; y, a consecuencia del matrimonio de su hermana, había sido desde muy temprano la señora de su casa. Su madre había muerto hacía demasiado tiempo para que ella guardara más que un recuerdo borroso de sus caricias; y su lugar lo había ocupado una mujer excelente como institutriz, que en cariño poco le había faltado para ser una madre.

Dieciséis años había pasado la señorita Taylor en la familia del señor Woodhouse, menos como institutriz que como amiga, muy encariñada con las dos hijas, pero sobre todo con Emma. Entre ellas había más bien una intimidad de hermanas. Aun antes de que la señorita Taylor dejara de ocupar el cargo nominal de institutriz, la dulzura de su carácter apenas le había permitido imponer restricción alguna; y como la sombra de la autoridad se había desvanecido hacía tiempo, vivían juntas como dos amigas muy unidas la una a la otra, y Emma hacía exactamente lo que quería; tenía en gran estima el juicio de la señorita Taylor, pero se guiaba sobre todo por el suyo.

Los verdaderos males de la situación de Emma eran, a decir verdad, el poder de salirse demasiado con la suya y cierta disposición a pensar un poco demasiado bien de sí misma; esas eran las desventajas que amenazaban con empañar sus muchos goces. El peligro, sin embargo, pasaba por ahora tan inadvertido que ella no los contaba en absoluto entre sus desgracias.

Llegó la pena, una pena suave, pero en modo alguno en forma de una conciencia desagradable. La señorita Taylor se casó. Fue la pérdida de la señorita Taylor lo que trajo el primer dolor. Fue el día de la boda de esta amiga querida cuando Emma se quedó por primera vez sumida en tristes pensamientos de alguna duración. Terminada la boda y marchados los novios y sus acompañantes, su padre y ella quedaron solos para cenar, sin la perspectiva de un tercero que alegrara una larga velada. Su padre se acomodó para dormir después de la cena, como de costumbre, y a ella no le quedó más que sentarse a pensar en lo que había perdido.

El acontecimiento prometía toda la felicidad para su amiga. El señor Weston era un hombre de carácter intachable, fortuna holgada, edad conveniente y modales agradables; y había cierta satisfacción en considerar con qué amistad generosa y desinteresada había deseado y favorecido ella siempre el casamiento; pero para ella había sido una mañana aciaga. La falta de la señorita Taylor se haría sentir cada hora de cada día. Recordó su bondad pasada, la bondad, el cariño de dieciséis años; cómo la había instruido y cómo había jugado con ella desde los cinco años; cómo había puesto todas sus fuerzas en ganarse su afecto y entretenerla cuando estaba sana, y cómo la había cuidado en las diversas enfermedades de la niñez. Había en eso una gran deuda de gratitud; pero el trato de los últimos siete años, la igualdad y la perfecta franqueza que habían seguido pronto al matrimonio de Isabella, cuando quedaron la una para la otra, era un recuerdo todavía más querido y más tierno. Había sido una amiga y compañera como pocas tenían: inteligente, instruida, servicial, dulce, conocedora de todas las costumbres de la familia, interesada en todos sus asuntos y muy en particular interesada en ella, en cada placer, en cada proyecto suyo; alguien a quien podía decirle cada pensamiento según le venía y que le tenía un cariño tal que nunca le encontraba falta.

¿Cómo iba a soportar el cambio? Cierto era que su amiga se iba solo a media milla de ellos; pero Emma sabía que grande tenía que ser la diferencia entre una señora Weston a media milla de ellos y una señorita Taylor en la casa; y con todas sus ventajas, naturales y domésticas, corría ahora gran peligro de padecer soledad intelectual. Quería entrañablemente a su padre, pero él no era compañía para ella. No podía seguirla en la conversación, ni seria ni festiva.

El mal de la diferencia real de edad entre ambos (y el señor Woodhouse no se había casado joven) se agravaba mucho por su constitución y sus costumbres; pues, como había sido un enfermizo toda su vida, sin actividad de cuerpo ni de espíritu, era un hombre mucho más viejo en sus maneras que en sus años; y aunque en todas partes lo querían por la bondad de su corazón y su carácter amable, sus talentos no habrían podido recomendarlo en ninguna época.

Su hermana, aunque el matrimonio la había alejado relativamente poco, pues vivía en Londres, a solo dieciséis millas, estaba muy fuera de su alcance diario; y muchas largas veladas de octubre y noviembre habría que pasarlas a duras penas en Hartfield antes de que la Navidad trajera la siguiente visita de Isabella, su marido y sus niños pequeños, para llenar la casa y darle otra vez una compañía agradable.

Highbury, el pueblo grande y populoso, casi una ciudad, al que Hartfield, a pesar de su césped, sus plantíos de arbustos y su nombre propios, pertenecía en realidad, no le ofrecía iguales. Los Woodhouse eran allí los primeros en importancia. Todos los miraban con respeto. Ella tenía muchos conocidos en el lugar, pues su padre era cortés con todo el mundo, pero ni uno solo entre ellos que pudiera aceptarse en lugar de la señorita Taylor ni siquiera por medio día. Era un cambio melancólico; y Emma no podía menos que suspirar por él y desear cosas imposibles, hasta que su padre despertó y fue preciso mostrarse alegre. El ánimo de él necesitaba apoyo. Era un hombre nervioso, que se abatía con facilidad; quería a todas las personas a las que estaba acostumbrado y detestaba separarse de ellas; detestaba toda clase de cambios. El matrimonio, como origen de cambios, siempre le resultaba desagradable; y todavía no se había resignado en absoluto al matrimonio de su propia hija, ni podía hablar de ella sino con compasión, aunque había sido enteramente un casamiento por amor, cuando ahora se veía obligado a separarse también de la señorita Taylor; y por sus hábitos de un egoísmo apacible, y por no ser nunca capaz de suponer que otras personas pudieran sentir de un modo distinto que él, estaba muy dispuesto a pensar que la señorita Taylor había hecho algo tan triste para sí misma como para ellos, y que habría sido mucho más feliz si hubiera pasado todo el resto de su vida en Hartfield. Emma sonreía y charlaba con toda la alegría que podía, para apartarlo de tales pensamientos; pero cuando llegó el té, le fue imposible a él no decir exactamente lo mismo que había dicho en la cena:

«¡Pobre señorita Taylor! Ojalá estuviera aquí otra vez. ¡Qué lástima que al señor Weston se le haya ocurrido pensar en ella!».

«No puedo estar de acuerdo contigo, papá; sabes que no puedo. El señor Weston es un hombre tan bondadoso, tan agradable, tan excelente, que merece de sobra una buena esposa; ¿y no habrías querido que la señorita Taylor viviera con nosotros para siempre y soportara todos mis caprichos, cuando podía tener una casa propia?».

«¡Una casa propia! Pero ¿qué ventaja tiene una casa propia? Esta es tres veces más grande. Y tú nunca tienes caprichos, querida».

«¡Cuántas veces iremos a verlos y ellos vendrán a vernos! ¡Estaremos viéndonos siempre! Nosotros tenemos que empezar; tenemos que ir muy pronto a hacerles la visita de recién casados».

«Querida, ¿cómo voy a llegar tan lejos? Randalls está a tanta distancia. No podría caminar ni la mitad».

«No, papá, nadie pensó en que fueras a pie. Tenemos que ir en el coche, por supuesto».

«¡El coche! Pero a James no le va a gustar enganchar los caballos para un trayecto tan corto; ¿y dónde van a estar los pobres caballos mientras hacemos la visita?».

«Los van a meter en la cuadra del señor Weston, papá. Sabes que ya lo dejamos todo arreglado. Lo hablamos todo con el señor Weston anoche. Y en cuanto a James, puedes estar muy seguro de que siempre le gustará ir a Randalls, porque su hija es criada allí. Lo único que dudo es que alguna vez quiera llevarnos a otra parte. Eso fue obra tuya, papá. Tú le conseguiste a Hannah ese buen puesto. Nadie pensaba en Hannah hasta que tú la mencionaste. ¡James te está tan agradecido!».

«Me alegro mucho de haber pensado en ella. Fue una gran suerte, porque por nada del mundo habría querido que el pobre James se creyera menospreciado; y estoy seguro de que será una muy buena criada: es una muchacha cortés, que habla con buenos modos; tengo muy buena opinión de ella. Siempre que la veo me hace una reverencia y me pregunta cómo estoy, de una manera muy bonita; y cuando la has tenido aquí para hacer costura, observo que siempre gira la llave de la puerta como se debe y nunca da portazos. Estoy seguro de que será una criada excelente; y será un gran consuelo para la pobre señorita Taylor tener cerca a alguien a quien está acostumbrada a ver. Cada vez que James vaya a ver a su hija, sabes, ella tendrá noticias nuestras. Él podrá contarle cómo estamos todos».

Emma no ahorró esfuerzos para mantener este curso más feliz de ideas, y esperaba, con la ayuda del backgammon, hacer pasar a su padre la velada de un modo tolerable y no verse asaltada por más pesares que los suyos. Se puso la mesa de backgammon; pero inmediatamente después entró una visita que la hizo innecesaria.

El señor Knightley, un hombre sensato de unos treinta y siete o treinta y ocho años, no solo era un amigo muy antiguo e íntimo de la familia, sino que estaba particularmente ligado a ella, como hermano mayor del marido de Isabella. Vivía a cerca de una milla de Highbury, era visita frecuente y siempre bienvenida, y en esta ocasión más bienvenida que de costumbre, pues venía directamente de casa de los parientes que tenían en común en Londres. Había regresado para una cena tardía, después de unos días de ausencia, y ahora subía caminando a Hartfield para decir que todos estaban bien en Brunswick Square. Fue una circunstancia feliz, que animó al señor Woodhouse durante un rato. El señor Knightley tenía unos modos alegres que siempre le hacían bien; y sus muchas preguntas por «la pobre Isabella» y sus niños recibieron las respuestas más satisfactorias. Cuando esto terminó, el señor Woodhouse observó con gratitud: «Es usted muy amable, señor Knightley, al salir a esta hora tan tardía para visitarnos. Me temo que habrá tenido una caminata espantosa».

«En absoluto, señor. Es una hermosa noche de luna, y tan templada que tengo que apartarme de su gran fuego».

«Pero habrá encontrado todo muy húmedo y embarrado. Ojalá no se resfríe».

«¡Embarrado, señor! Mire mis zapatos. Ni una mancha».

«¡Vaya! Eso sí que es sorprendente, porque aquí ha llovido muchísimo. Llovió terriblemente fuerte durante media hora mientras desayunábamos. Yo quería que aplazaran la boda».

«A propósito, no los he felicitado. Como me hago una buena idea de qué clase de alegría deben de estar sintiendo los dos, no me he dado prisa con mis felicitaciones; pero espero que todo haya salido bastante bien. ¿Cómo se portaron todos? ¿Quién lloró más?».

«¡Ah, la pobre señorita Taylor! Es un asunto triste».

«Pobres el señor y la señorita Woodhouse, si usted quiere; pero de ningún modo puedo decir “la pobre señorita Taylor”. Les tengo mucho aprecio a usted y a Emma; ¡pero cuando se trata de la dependencia o la independencia...! En todo caso, tiene que ser mejor tener que complacer a uno solo que a dos».

«¡Sobre todo cuando uno de esos dos es una criatura tan caprichosa y molesta!», dijo Emma en broma. «Eso es lo que tiene usted en la cabeza, lo sé, y lo que sin duda diría si mi padre no estuviera delante».

«Creo que es muy cierto, querida, de verdad», dijo el señor Woodhouse con un suspiro. «Me temo que a veces soy muy caprichoso y molesto».

«¡Mi querido papá! No pensarás que yo podía referirme a ti, ni que el señor Knightley se refería a ti. ¡Qué idea tan horrible! ¡Oh, no! Me refería solo a mí. Al señor Knightley le encanta encontrarme defectos, sabes... en broma; todo es en broma. Siempre nos decimos lo que queremos el uno al otro».

El señor Knightley, en efecto, era una de las pocas personas que podían ver defectos en Emma Woodhouse, y el único que alguna vez se los decía: y aunque esto no le resultaba particularmente agradable a la propia Emma, sabía que a su padre le resultaría mucho menos, de modo que no quería que él llegara a sospechar de verdad una circunstancia como la de que no todo el mundo la tuviera por perfecta.

«Emma sabe que nunca la adulo», dijo el señor Knightley, «pero no quise hacer reproche a nadie. La señorita Taylor ha estado acostumbrada a tener que complacer a dos personas; ahora solo tendrá a una. Lo más probable es que salga ganando».

«Bueno», dijo Emma, dispuesta a dejarlo pasar, «usted quiere saber de la boda; y tendré mucho gusto en contársela, porque todos nos portamos de un modo encantador. Todo el mundo fue puntual, todo el mundo lucía su mejor aspecto: ni una lágrima, y apenas una cara larga que ver. ¡Oh, no!; todos sentíamos que íbamos a estar solo a media milla de distancia y estábamos seguros de vernos todos los días».

«La querida Emma lo sobrelleva todo tan bien», dijo su padre. «Pero, señor Knightley, de verdad le da mucha pena perder a la pobre señorita Taylor, y estoy seguro de que la va a echar de menos más de lo que cree».

Emma volvió la cabeza, dividida entre las lágrimas y las sonrisas. «Es imposible que Emma no eche de menos a semejante compañera», dijo el señor Knightley. «No la querríamos tanto como la queremos, señor, si pudiéramos suponer tal cosa; pero ella sabe cuánto favorece este matrimonio a la señorita Taylor; sabe lo grato que tiene que ser, a la edad de la señorita Taylor, establecerse en un hogar propio, y lo importante que es para ella tener asegurado un buen sustento, y por eso no puede permitirse sentir tanta pena como alegría. Todo amigo de la señorita Taylor tiene que alegrarse de verla tan felizmente casada».

«Y se ha olvidado usted de un motivo de alegría para mí», dijo Emma, «y bastante considerable: que el casamiento lo arreglé yo misma. Yo arreglé el casamiento, sabe usted, hace cuatro años; y que se haya realizado, y que se me haya dado la razón, cuando tanta gente decía que el señor Weston nunca volvería a casarse, puede consolarme de cualquier cosa».

El señor Knightley le hizo un gesto de reprobación con la cabeza. Su padre respondió con ternura: «¡Ah, querida! Ojalá no arreglaras casamientos ni predijeras cosas, porque todo lo que dices siempre se cumple. Te ruego que no arregles más casamientos».

«Te prometo no arreglar ninguno para mí, papá; pero para los demás tengo que hacerlo, de verdad. ¡Es la mayor diversión del mundo! ¡Y después de semejante éxito, sabes...! Todo el mundo decía que el señor Weston nunca volvería a casarse. ¡Oh, no, válgame! El señor Weston, que llevaba tanto tiempo viudo y que parecía estar tan perfectamente a gusto sin esposa, siempre tan ocupado, ya con sus negocios en la ciudad, ya con sus amigos de aquí, siempre bien recibido dondequiera que iba, siempre alegre... El señor Weston no tenía por qué pasar solo ni una sola velada del año si no quería. ¡Oh, no! El señor Weston, de seguro, nunca volvería a casarse. Algunos hasta hablaban de una promesa a su esposa en el lecho de muerte, y otros de que el hijo y el tío no se lo permitían. Se dijeron toda clase de solemnes tonterías sobre el asunto, pero yo no creí ninguna.

»Desde el día, hace unos cuatro años, en que la señorita Taylor y yo nos encontramos con él en Broadway Lane y, como empezó a lloviznar, salió corriendo con tanta galantería y nos consiguió prestados dos paraguas en la granja del granjero Mitchell, tomé mi decisión al respecto. Desde esa hora planeé el casamiento; y cuando el éxito me ha favorecido así en este caso, querido papá, no puedes pensar que voy a dejar de hacer casamientos».

«No entiendo qué quiere decir usted con “éxito”», dijo el señor Knightley. «El éxito supone esfuerzo. Habría empleado usted su tiempo de un modo apropiado y delicado si se hubiera estado esforzando durante los últimos cuatro años por lograr este matrimonio. ¡Digna ocupación para la mente de una señorita! Pero si, como más bien me imagino, eso de que usted arregló el casamiento, como lo llama, significa solo que lo planeó, que se dijo a sí misma un día ocioso: “Creo que sería algo muy bueno para la señorita Taylor que el señor Weston se casara con ella”, y que se lo volvió a decir de vez en cuando después, ¿por qué habla de éxito? ¿Dónde está su mérito? ¿De qué se enorgullece? Hizo una conjetura afortunada; y eso es todo lo que puede decirse».

«¿Y usted nunca ha conocido el placer y el triunfo de una conjetura afortunada? Lo compadezco. Lo creía más listo; porque, puede estar seguro, una conjetura afortunada nunca es pura suerte. Siempre hay en ella algo de talento. Y en cuanto a mi pobre palabra “éxito”, que usted me discute, no sé si estoy tan completamente sin derecho a ella. Usted ha pintado dos cuadros muy bonitos; pero creo que puede haber un tercero, algo entre el que no hace nada y el que lo hace todo. Si yo no hubiera favorecido las visitas del señor Weston aquí, y dado muchos pequeños ánimos, y allanado muchos pequeños asuntos, puede que al final no hubiera resultado nada. Creo que usted conoce Hartfield lo bastante para comprenderlo».

«Un hombre derecho y de corazón abierto como Weston, y una mujer sensata y sin afectación como la señorita Taylor, pueden dejarse sin peligro a que manejen sus propios asuntos. Lo más probable es que con su intromisión se haya hecho usted más daño a sí misma que bien a ellos».

«Emma nunca piensa en sí misma, si puede hacer el bien a los demás», replicó el señor Woodhouse, que solo entendía en parte. «Pero, querida, te ruego que no arregles más casamientos; son cosas tontas, y deshacen terriblemente el círculo familiar».

«Solo uno más, papá; solo para el señor Elton. ¡Pobre señor Elton! Al señor Elton lo aprecias, papá; tengo que buscarle una esposa. No hay nadie en Highbury que lo merezca, y ya lleva aquí un año entero, y ha arreglado su casa tan cómodamente que sería una vergüenza dejarlo soltero por más tiempo; ¡y me pareció, cuando hoy unía sus manos, que tenía todo el aire de querer que alguien le hiciera a él el mismo amable servicio! Tengo muy buena opinión del señor Elton, y esta es la única manera que tengo de hacerle un favor».

«El señor Elton es un joven muy apuesto, por supuesto, y un joven muy bueno, y le tengo mucho aprecio. Pero si quieres tener con él alguna atención, querida, invítalo a venir a cenar con nosotros algún día. Eso será mucho mejor. Me atrevo a decir que el señor Knightley tendrá la amabilidad de acompañarnos».

«Con muchísimo gusto, señor, cuando sea», dijo el señor Knightley, riendo, «y estoy enteramente de acuerdo con usted en que será mucho mejor. Invítelo a cenar, Emma, y sírvale lo mejor del pescado y del pollo, pero deje que escoja él mismo a su esposa. Puede estar segura de que un hombre de veintiséis o veintisiete años sabe cuidarse solo».

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