Proyecto Fénix
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Los piratas de la MalasiaPrimeras páginas

Emilio Salgari (trad. R. Blanco Belmonte) · 1896

Primera parte. El Tigre de la Malasia

I. El naufragio del «Young-India»

«Contramaestre Bill, ¿dónde estamos?».

«En plena Malasia, mi querido Kammamuri».

«¿Tardaremos mucho en llegar al puerto de destino?».

«Bribón ¿te aburres acaso?».

«Aburrirme, no, pero tengo prisa y se me figura que el Young-India marcha despacio».

El contramaestre Bill, un marinero que contaría cuarenta años, de más de cinco pies de alto, americano de pura sangre, miró de reojo a su compañero. Era este un arrogante indio de veinticuatro a veinticinco años, alta estatura, tez intensamente bronceada, líneas correctas, nobles, finas, y adornábase con pendientes, en las orejas, y con collares de oro que le caían graciosamente sobre el desnudo y robusto pecho.

«¡Mil truenos!», gritó el americano, indignado. «¡Que el Young-India marcha despacio! Esto es un insulto, maharato mío».

«Para quien tiene prisa, contramaestre Bill, hasta un buque corsario que navegue a razón de quince nudos por hora va despacio».

«Diablo, ¿a qué obedecerá toda esa prisa?», dijo el contramaestre, rascándose furiosamente la cabeza. «¡Hola, pícaro! ¿Tienes que recoger alguna herencia? En tal caso me pagarás un frasco de gin o de wisky».

«Una herencia... si usted supiese...».

«Cuenta, muchacho».

«No se oye bien aquí».

«Comprendo; quieres hacerte el sordo. ¡Hum!... Tal vez el secreto está ahí bajo... Esa chiquilla que va contigo... ¡Hum!».

«Pero... dígame, contramaestre, ¿cuándo llegamos?».

«¿A dónde?».

«A Saravack».

«El hombre propone y Dios dispone, hijo mío. Podía sorprendernos un tifón y mandarnos a todos a beber en la taza grande».

«¿Y además?».

«Además, podrían atacarnos los piratas y enviarnos al diablo con dos brazas de cuerda por corbata y un cris plantado en mitad del pecho».

«¡Eh!», exclamó el indio, haciendo una mueca. «¿Hay por aquí piratas?».

«Como hay estranguladores en tu país».

«¿Habla usted de veras?».

«Mira allá, derecho hacia el bauprés. ¿Qué ves?».

«Una isla».

«Bien; esa isla es un nido de piratas».

«¿Cómo se llama?».

«Mompracem. Se sienten estremecimientos solo con nombrarla».

«¿De veras?».

«Allí, hijo mío, vive un hombre que ha ensangrentado el mar de la Malasia de Norte a Sur, de Este a Oeste».

«¿Quién es?».

«Lleva un nombre terrible. Se llama el Tigre de la Malasia».

«Y si nos asaltase, ¿qué ocurriría?».

«Una matanza general. Ese hombre es más feroz aún que los tigres de la selva».

«¿Y no intentan los ingleses destruir su horda?», preguntó el indiano, sorprendido.

«Destruir a los tigres de Mompracem es asunto serio», dijo el marinero, metiéndose en la boca un pedazo de tabaco. «Hace algunos años, en 1852, los ingleses, con una poderosa flota, bombardearon la isla, la ocuparon e hicieron prisionero al terrible Tigre; pero antes de llegar a Labuán, el pirata, no se sabe cómo, se escapó».

«¿Y volvió a Mompracem?».

«En seguida, no. Durante dos años no se dejó ver; luego, a principios de 1854, reapareció a la cabeza de una nueva banda de piratas malayos y dayakas de la más temible raza. Asesinaron a los pocos ingleses establecidos en la isla, se instalaron en ella, reanudaron sus sangrientas empresas...».

En aquel momento un silbido resonó en el puente del Young-India acompañado de un golpe de viento fresco que hizo gemir a los tres mástiles.

«¡Oh! ¡Oh!», exclamó Bill, levantando vivamente la cabeza y quitándose el tabaco de la boca. «Dentro de poco bailaremos desesperadamente».

«¿Lo creerá usted, contramaestre?», preguntó el indio con inquietud.

«Veo allá una nube negra con los bordes cobrizos, que de seguro no pronostica calma. Tragaremos ráfagas de viento».

«¿Corremos peligro, acaso?».

«El Young-India, hijo mío, es un barco sólido que se ríe de los golpes de mar. Ea, a la maniobra; la taza grande comienza a hervir...».

El contramaestre no se engañaba. El mar de la Malasia, hasta entonces terso cual un cristal, comenzaba a arrugarse como agitado por conmoción submarina y a tomar tinte plomizo que no prometía nada bueno.

Al Este, hacia la extensa isla de Borneo, alzábase una nube, negra como la pez, ribeteada de color rojo vivísimo y que, poco a poco, obscureció el sol, próximo a su ocaso. En el espacio, gigantescos albatros, presa de gran inquietud, revoloteaban rozando las olas y lanzando roncos gritos.

El primer golpe de viento fue seguido de una especie de calma que puso mayor zozobra en los ánimos de toda aquella gente; luego, hacia la parte del Este, comenzó a rugir el trueno.

«¡Dejad el puente libre!», gritó el capitán Mac-Clintock, dirigiéndose a los pasajeros.

Todos, de mala gana, obedecieron, desapareciendo por las escotillas de proa a popa. Uno, sin embargo, permaneció sobre el puente, y este hombre era el indio Kammamuri.

«¡Hola! ¡Largo de aquí!», exclamó con imperioso acento Mac-Clintock.

«Capitán», dijo el indiano, avanzando con paso firme, «¿corremos peligro?».

«Lo sabrás cuando pase la tempestad».

«Es preciso que yo desembarque en Sarawack, capitán».

«Desembarcarás, si no nos vamos a pique».

«Pero yo no quiero irme a pique, mi capitán. En Sarawack hay una persona que...».

«¡Eh, contramaestre! Llévate de aquí a este hombre. El momento no es muy a propósito para perder el tiempo...».

El indio fue arrastrado y arrojado por la escotilla de proa.

Ya era hora. El viento comenzaba a soplar de Oriente con gran violencia, rugiendo en todos los tonos entre el aparejo de la nave. La nube negra había tomado proporciones gigantescas, cubriendo casi por completo la bóveda celeste. En sus entrañas rugía incesantemente el trueno, rodando desenfrenado de Levante a Poniente.

El Young-India era un magnífico barco de tres palos que llevaba bastante bien sus quince años de servicios.

Su construcción era ligera, pero sólida. La superficie vélica que podía desplegar verdaderamente enorme, su armadura a prueba de escollos, recordaban a uno de aquellos audaces violadores de bloqueo, que tomaron parte tan activa y que más puede llamarse legendaria, en la guerra americana.

Habiendo partido de Calcuta el 26 de Agosto de 1856, con un cargamento de viguetas de hierro destinado a Sarawack, llevaba a bordo catorce marineros, dos oficiales y seis pasajeros; gracias a su velocidad y a los vientos favorables, llegó en menos de trece días a las aguas de la Malasia y precisamente a vista de la temida isla de Mompracem, guarida de piratas que era necesario evitar.

Desgraciadamente, la tempestad estaba a punto de estallar. El mar exigía su tributo antes de que acabase la travesía; ¡ahora se verá qué especie de tributo!

A las ocho de la tarde la obscuridad era casi completa. El sol había desaparecido tras los densos nubarrones y el viento comenzaba a soplar con gran violencia, dejando oír bramidos formidables.

El mar, agitado hasta los extremos límites del horizonte, subía rápidamente. Olas enormes coronadas de espuma, formábanse como por encanto, chocando entre sí, cayendo y deshaciéndose con rabia contra Mompracem, cuya masa negra y sombría elevábase en medio de las tinieblas.

El Young-India corría veloz, ora lanzándose sobre las movibles montañas para desgarrar con sus velas la caliginosa masa de nubes, ora precipitándose en los abismos de donde a duras penas podía salir.

Los marineros, descalzos, al viento los cabellos y contraídos los semblantes, maniobraban en medio del agua que no encontraba salida suficiente. Voces de mando y blasfemia mezclábanse a los silbidos de la tempestad.

A las nueve, el barco, juguete de las olas como leve arista, hallábase en aguas de Mompracem.

A pesar de todos los esfuerzos del contramaestre, que se rompía las manos en la caña del timón, el Young-India fue arrastrado tan cerca de la costa erizada de escollos, de islas madrepóricas y de bajos fondos, que se temió el choque contra ellos.

El capitán Mac-Clintock, lleno de terror, descubrió numerosas luces en las sinuosidades de la playa, y al brillo de un relámpago, de pie en la cumbre de una roca gigantesca que caía a plomo sobre el mar, vio también a un hombre de elevada estatura, los brazos cruzados sobre el pecho e impasible en medio de los elementos desencadenados.

Los ojos de aquel hombre, que fulguraban como carbones encendidos, se fijaron en Mac-Clintock de extraña manera. A este se le figuró además que levantaba un brazo y le hacía una señal amistosa. La aparición duró breves segundos. Las tinieblas volvieron a hacerse más espesas y una ráfaga de viento alejó rápidamente al Young-India de la isla.

«¡Que Dios nos proteja!», exclamó Bill, que había descubierto también a aquel hombre. «Ese es el Tigre de la Malasia».

Su voz fue sofocada por el espantoso ruido del trueno que repercutió, de eco en eco, en las profundidades del cielo. Aquel trueno pareció ser la señal de una música ensordecedora, indescriptible. El espacio se inflamó de Norte a Sur, de Este a Oeste, como si el universo entero se incendiase, iluminando siniestramente el mar en tempestad.

Los rayos, brillando un momento, caían describiendo en el espacio mil ángulos caprichosos, mil curvas diversas, sepultándose en las ondas o corriendo vertiginosamente en torno de la nave y seguidos de fragores que aumentaban en intensidad, llegando a los tonos más altos.

El océano, cual si quisiera competir con aquellos truenos, alzose imponente. Sus aguas no formaban ya olas, sino líquidas montañas, centelleantes bajo la vivida luz de los relámpagos, que se elevaban con furia hacia el cielo como atraídas por fuerza sobrehumana, y cabalgaban unas sobre otras, cambiando de forma y de dimensiones.

El viento terció luego en aquella espantosa contienda, rugiendo con rabia y lanzando turbonadas de tibia lluvia.

El barco, inclinándose violentamente, ya de estribor, ya de babor, apenas lograba mantener su estabilidad. Gemía como si se quejase de aquellos terribles golpes de mar que lo cubrían de proa a popa, derribando a la tripulación; alzábase, vacilaba, azotaba el agua con el bauprés, unas veces impulsado hacia el Norte y otras hacia el Sur, a pesar de los desesperados esfuerzos del timonel.

Habían llegado los instantes en que los marineros ignoraban si se pondrían de nuevo a flote o se irían a pique; tan grande era la masa de agua que penetraba por las bordas medio deshechas.

Para colmo de desventura, al mediar la noche, el viento que soplaba constante del Norte, saltó de improviso del Este.

Ya no era posible luchar. Seguir avanzando con el tifón que asaltaba la proa, valía tanto como tentar la muerte. Toda vez que ningún lugar de refugio se presentaba en la vía del Oeste, el capitán tuvo que resignarse a mantenerse a la capa y a huir con toda la celeridad que le permitían las escasas velas desplegadas.

Dos horas pasaron después que el Young-India viró de bordo, perseguido con encarnizamiento sin igual por las olas, que parecían haber jurado su pérdida.

Los relámpagos eran bastante raros y la obscuridad tan densa, que no permitía ver a doscientos pasos de distancia.

Al cabo de un rato los oídos del capitán percibieron ese fragor característico de las ondas al romperse contra la escollera, fragor que los marineros distinguían aún en medio de las borrascas más espantosas.

Por alejado que se juzgase todavía de los bajos de Mompracem, sospechó su vecindad.

«¡Mirad a proa!», gritó, dominando con su voz el estrépito del mar y el silbido del viento.

«¡Mar deshecho!», exclamó otra voz.

«¡¡Los escollos! ¡Truenos!...», se oyó después.

El capitán se dirigió a proa, agarrándose al estay de la trinquetilla para izarse hasta la borda.

No se descubría nada; sin embargo, a través de las ráfagas de viento se oía claramente el mugir de la resaca. No era posible engañarse. A pocas brazas de la nave surgía una cadena de escollos, tal vez una derivación de los de Mompracem.

«¡Listos para virar!», gritó Mac-Clintock.

Bill, reuniendo todas sus fuerzas, imprimió un violento esfuerzo a la rueda del timón.

Casi en el mismo instante el barco chocó.

El golpe, sin embargo, apenas fue sensible. Solo una parte de la falsa quilla había tocado en las agudas puntas de las madréporas que formaban la cima del arrecife.

Desgraciadamente, el viento seguía soplando de popa y las olas hacían que el barco avanzase.

La tripulación, que en aquellos terribles instantes conservaba una sangre fría extraordinaria, logró virar de bordo. El Young-India consiguió alejarse doscientos metros, huyendo de la escollera en torno de la cual rugían, como hambrientos dogos, las olas. Parecía que todo iba a marchar bien. Arrojada la sonda, acusó a proa catorce metros de profundidad. La esperanza de salvar el buque comenzaba a renacer en el ánimo de la tripulación.

De repente, el fragor de la resaca volvió a dejarse oír hacia proa.

El mar se levantaba con mayor violencia que antes, señalando una nueva barrera de escollos.

«¡Otra vuelta, Bill!», ordenó el capitán.

«¡La escollera bajo proa!», gritó un marinero que había descendido hasta el botalón del bauprés.

Su voz no llegó a popa. Una montaña de agua se desplomó sobre la banda de estribor, inclinando violentamente a la nave sobre la de babor, derribando a la tripulación agarrada a los brazos de las velas y destrozando a las lanchas contra los escollos.

Oyose un mugido formidable, un chasquido como de maderas que se rompían, luego un golpe espantoso que hizo oscilar al aparejo de popa a proa.

El Young-India quedó destrozado al chocar con las agudas puntas de los escollos y sus marineros arrojados a las olas, estrellándose contra el arrecife.

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