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OrtodoxiaPrimeras páginas

G. K. Chesterton · 1908

Prefacio

Este libro quiere ser compañero de Herejes y poner el lado positivo junto al negativo. Muchos críticos se quejaron de que el libro titulado Herejes se limitaba a criticar las filosofías corrientes sin ofrecer ninguna filosofía alternativa. Este libro es un intento de responder a ese desafío. Es inevitablemente afirmativo y, por lo tanto, inevitablemente autobiográfico. El autor se ha visto empujado hacia una dificultad muy parecida a la que acosó a Newman al escribir su Apologia: se ha visto obligado a ser egotista solo para ser sincero. Aunque todo lo demás sea distinto, el motivo en ambos casos es el mismo. El propósito del autor es intentar una explicación, no de si la fe cristiana puede ser creída, sino de cómo ha llegado él personalmente a creerla. El libro está, pues, dispuesto según el principio positivo de un enigma y su respuesta. Trata primero de todas las especulaciones solitarias y sinceras del autor, y luego del modo asombroso en que todas ellas quedaron de pronto satisfechas por la teología cristiana. El autor la considera equivalente a un credo convincente. Pero si no es eso, es al menos una coincidencia repetida y sorprendente.

Gilbert K. Chesterton.

I. Introducción en defensa de todo lo demás

La única excusa posible para este libro es que es la respuesta a un desafío. Hasta un mal tirador adquiere dignidad cuando acepta un duelo. Cuando hace algún tiempo publiqué una serie de artículos apresurados pero sinceros bajo el título de Herejes, varios críticos por cuya inteligencia siento un cálido respeto (puedo mencionar en especial al señor G. S. Street) dijeron que estaba muy bien que yo exhortara a todo el mundo a afirmar su teoría cósmica, pero que había evitado cuidadosamente respaldar mis preceptos con el ejemplo. «Empezaré a preocuparme por mi filosofía», dijo el señor Street, «cuando el señor Chesterton nos haya dado la suya». Quizá fue una sugerencia imprudente para una persona demasiado dispuesta a escribir libros ante la más leve provocación. Pero, después de todo, aunque el señor Street haya inspirado y creado este libro, no tiene por qué leerlo. Si lo lee, encontrará que en estas páginas he intentado, de un modo vago y personal, en una serie de imágenes mentales más que en una cadena de deducciones, exponer la filosofía en la que he llegado a creer. No la llamaré mi filosofía, porque yo no la hice. Dios y la humanidad la hicieron; y ella me hizo a mí.

Con frecuencia he tenido la fantasía de escribir una novela sobre un navegante inglés que calculó su rumbo con un ligero error y descubrió Inglaterra creyendo que era una isla nueva de los Mares del Sur. Sin embargo, siempre encuentro que estoy demasiado ocupado o soy demasiado perezoso para escribir esta bella obra, así que bien puedo regalarla para fines de ilustración filosófica. Probablemente habrá la impresión general de que el hombre que desembarcó (armado hasta los dientes y hablando por señas) para plantar la bandera británica sobre aquel templo bárbaro que resultó ser el Pabellón de Brighton se sintió bastante tonto. No vengo aquí a negar que tuviera aspecto de tonto. Pero si usted imagina que se sintió tonto, o al menos que el sentimiento de necedad fue su única o su principal emoción, entonces no ha estudiado con la suficiente delicadeza la rica naturaleza romántica del héroe de este relato. Su error fue en verdad un error muy envidiable; y él lo sabía, si es el hombre que yo supongo. ¿Qué podría haber más delicioso que reunir en pocos minutos todos los fascinantes terrores de ir al extranjero con toda la humana seguridad de volver a casa? ¿Qué podría haber mejor que gozar de toda la diversión de descubrir Sudáfrica sin la repugnante necesidad de desembarcar allí? ¿Qué podría haber más glorioso que armarse de valor para descubrir Nueva Gales del Sur y comprender luego, con un chorro de lágrimas felices, que era en realidad la vieja Gales del Sur? Este me parece, por lo menos, el problema principal de los filósofos, y es en cierto modo el problema principal de este libro. ¿Cómo podemos arreglárnoslas para estar a la vez asombrados ante el mundo y en casa dentro de él? ¿Cómo puede esta extraña ciudad cósmica, con sus ciudadanos de muchas patas, con sus monstruosas y antiguas lámparas, cómo puede este mundo darnos a la vez la fascinación de una ciudad extraña y la comodidad y el honor de que sea nuestra propia ciudad?

Demostrar que una fe o una filosofía es verdadera desde todos los puntos de vista sería una empresa demasiado grande incluso para un libro mucho mayor que este; es necesario seguir un solo camino de argumentación, y este es el camino que propongo seguir aquí. Deseo exponer mi fe como respuesta particular a esta doble necesidad espiritual, la necesidad de esa mezcla de lo familiar y lo desconocido que la cristiandad ha llamado con razón romance. Porque la misma palabra «romance» lleva dentro el misterio y el antiguo significado de Roma. Quien se disponga a discutir cualquier cosa debería empezar siempre por decir lo que no discute. Además de enunciar lo que se propone probar, debería enunciar siempre lo que no se propone probar. Lo que no me propongo probar, lo que me propongo tomar como terreno común entre mí y cualquier lector medio, es lo deseable de una vida activa e imaginativa, pintoresca y llena de curiosidad poética, una vida como la que el hombre occidental, al menos, siempre parece haber deseado. Si alguien dice que la extinción es mejor que la existencia, o que la existencia vacía es mejor que la variedad y la aventura, entonces no es una de las personas corrientes a quienes hablo. Si un hombre prefiere la nada, yo no puedo darle nada. Pero casi todas las personas que he conocido en esta sociedad occidental en la que vivo estarían de acuerdo con la proposición general de que necesitamos esta vida de romance práctico: la combinación de algo extraño con algo seguro. Necesitamos mirar el mundo de tal modo que combinemos una idea de asombro y una idea de bienvenida. Necesitamos ser felices en este país de las maravillas sin sentirnos jamás meramente cómodos. Es este logro de mi credo el que perseguiré principalmente en estas páginas.

Pero tengo una razón peculiar para mencionar al hombre del yate que descubrió Inglaterra. Porque yo soy ese hombre del yate. Yo descubrí Inglaterra. No veo cómo este libro puede evitar ser egotista, y no veo bien (a decir verdad) cómo puede evitar ser aburrido. La pesadez, sin embargo, me librará de la acusación que más lamento: la de ser frívolo. La mera sofistería ligera es, da la casualidad, lo que más desprecio en el mundo, y quizá sea un hecho saludable que sea justamente aquello de lo que suelen acusarme. No conozco nada tan despreciable como una mera paradoja, una mera defensa ingeniosa de lo indefendible. Si fuera verdad (como se ha dicho) que el señor Bernard Shaw vive de la paradoja, entonces debería ser un millonario cualquiera, pues un hombre de su actividad mental podría inventar un sofisma cada seis minutos. Es tan fácil como mentir, porque es mentir. La verdad es, por supuesto, que el señor Shaw está cruelmente maniatado por el hecho de que no puede decir ninguna mentira a menos que crea que es la verdad. Yo me encuentro bajo la misma intolerable servidumbre. Nunca en mi vida dije nada solo porque me pareciera gracioso; aunque, desde luego, he tenido la vanagloria humana corriente y puede que lo haya encontrado gracioso porque lo había dicho yo. Una cosa es describir una entrevista con una gorgona o un grifo, una criatura que no existe. Otra cosa es descubrir que el rinoceronte existe y complacerse luego en que parezca que no existe. Uno busca la verdad, pero puede ser que persiga instintivamente las verdades más extraordinarias. Y ofrezco este libro, con los más cordiales sentimientos, a todas las personas joviales que odian lo que escribo y lo consideran (muy justamente, por lo que sé) una pobre payasada o un solo chiste pesado.

Pues si este libro es un chiste, es un chiste contra mí. Yo soy el hombre que con el mayor atrevimiento descubrió lo que ya había sido descubierto. Si hay un elemento de farsa en lo que sigue, la farsa es a mi costa, porque este libro explica cómo me imaginé que era el primero en poner pie en Brighton y descubrí después que era el último. Narra mis elefantinas aventuras en persecución de lo obvio. Nadie puede considerar mi caso más ridículo de lo que yo mismo lo considero; ningún lector puede acusarme aquí de intentar burlarse de él: yo soy el tonto de esta historia, y ningún rebelde me arrojará de mi trono. Confieso libremente todas las idiotas ambiciones de fines del siglo XIX. Yo, como todos los demás niños solemnes, intenté ir por delante de mi época. Como ellos, intenté adelantarme unos diez minutos a la verdad. Y descubrí que iba mil ochocientos años por detrás de ella. Forcé mi voz con una exageración dolorosamente juvenil al proclamar mis verdades. Y fui castigado de la manera más adecuada y más divertida, porque he conservado mis verdades; pero he descubierto, no que no fueran verdades, sino sencillamente que no eran mías. Cuando me imaginaba que estaba solo, me encontraba en realidad en la ridícula situación de estar respaldado por toda la cristiandad. Puede ser (que el Cielo me perdone) que yo intentara ser original; pero solo conseguí inventar, todo por mi cuenta, una copia inferior de las tradiciones existentes de la religión civilizada. El hombre del yate creía ser el primero en encontrar Inglaterra; yo creía ser el primero en encontrar Europa. Intenté de verdad fundar una herejía propia; y cuando le di los últimos toques, descubrí que era la ortodoxia.

Puede que a alguien le entretenga el relato de este feliz fiasco. Podría divertir a un amigo o a un enemigo leer cómo fui aprendiendo, por la verdad de alguna leyenda suelta o por la falsedad de alguna filosofía dominante, cosas que habría podido aprender de mi catecismo, si alguna vez lo hubiera aprendido. Puede que haya o no alguna diversión en leer cómo encontré por fin en un club anarquista o en un templo babilonio lo que habría podido encontrar en la iglesia parroquial más cercana. Si a alguien le entretiene saber cómo las flores del campo o las frases oídas en un ómnibus, los accidentes de la política o los dolores de la juventud se juntaron en cierto orden para producir una cierta convicción de la ortodoxia cristiana, quizá lea este libro. Pero en todo hay una razonable división del trabajo. Yo he escrito el libro, y nada en la tierra me induciría a leerlo.

Añado una nota puramente pedante que viene, como corresponde a una nota, al comienzo del libro. Estos ensayos se ocupan solo de discutir el hecho real de que la teología cristiana central (suficientemente resumida en el Credo de los Apóstoles) es la mejor raíz de la energía y de una ética sana. No pretenden discutir la cuestión fascinante pero muy distinta de cuál es la sede actual de la autoridad para proclamar ese credo. Cuando aquí se usa la palabra «ortodoxia», significa el Credo de los Apóstoles, tal como lo entendieron todos los que se llamaban cristianos hasta hace muy poco tiempo, y la conducta histórica general de quienes sostenían tal credo. La mera falta de espacio me ha obligado a limitarme a lo que he recibido de este credo; no toco el asunto tan disputado entre los cristianos modernos de dónde lo recibimos nosotros mismos. Este no es un tratado eclesiástico, sino una especie de autobiografía descuidada. Pero si alguien quiere mis opiniones sobre la naturaleza real de la autoridad, el señor G. S. Street no tiene más que lanzarme otro desafío, y le escribiré otro libro.

II. El maníaco

Las personas completamente mundanas nunca entienden ni siquiera el mundo; se apoyan por entero en unas cuantas máximas cínicas que no son verdaderas. Recuerdo que una vez paseaba con un próspero editor, que hizo una observación que yo había oído muchas veces; es, en efecto, casi un lema del mundo moderno. Pero la había oído una vez de más, y vi de pronto que no había nada en ella. El editor dijo de alguien: «Ese hombre llegará lejos; cree en sí mismo». Y recuerdo que, al levantar la cabeza para escuchar, mis ojos dieron con un ómnibus en el que estaba escrito «Hanwell». Le dije: «¿Quiere que le diga dónde están los hombres que más creen en sí mismos? Porque puedo decírselo. Conozco hombres que creen en sí mismos con más colosal intensidad que Napoleón o César. Sé dónde brilla la estrella fija de la certeza y del éxito. Puedo guiarlo hasta los tronos de los superhombres. Los hombres que de verdad creen en sí mismos están todos en los manicomios». Él dijo con suavidad que, después de todo, había bastantes hombres que creían en sí mismos y que no estaban en manicomios. «Sí, los hay», repliqué, «y usted, más que nadie, debería conocerlos. Aquel poeta borracho al que usted no quiso aceptar una tragedia deprimente creía en sí mismo. Aquel pastor anciano con una epopeya, de quien usted se escondía en un cuarto trasero, creía en sí mismo. Si consultara su experiencia de negocios en lugar de su fea filosofía individualista, sabría que creer en uno mismo es uno de los signos más comunes de un fracasado. Los actores que no saben actuar creen en sí mismos; y los deudores que no quieren pagar. Sería mucho más cierto decir que un hombre fracasará sin duda, porque cree en sí mismo. La completa confianza en sí mismo no es solo un pecado; la completa confianza en sí mismo es una debilidad. Creer por completo en uno mismo es una creencia histérica y supersticiosa, como creer en Joanna Southcott: el hombre que la tiene lleva «Hanwell» escrito en la cara, tan claro como está escrito en ese ómnibus». Y a todo esto mi amigo el editor dio esta réplica profundísima y eficaz: «Bueno, si un hombre no ha de creer en sí mismo, ¿en qué ha de creer?». Tras una larga pausa respondí: «Me iré a casa y escribiré un libro como respuesta a esa pregunta». Este es el libro que he escrito como respuesta.

Pero creo que este libro puede muy bien comenzar donde comenzó nuestra discusión: en las inmediaciones del manicomio. Los maestros modernos de la ciencia están muy impresionados por la necesidad de comenzar toda investigación con un hecho. Los antiguos maestros de la religión estaban igualmente impresionados por esa necesidad. Comenzaban con el hecho del pecado, un hecho tan práctico como las papas. Se pudiera o no lavar al hombre en aguas milagrosas, no había duda alguna, al menos, de que necesitaba un lavado. Pero ciertos dirigentes religiosos de Londres, que no son meros materialistas, han empezado en nuestros días a negar, no el agua tan discutible, sino la suciedad indiscutible. Ciertos nuevos teólogos ponen en duda el pecado original, que es la única parte de la teología cristiana que realmente puede probarse. Algunos seguidores del reverendo R. J. Campbell, en su espiritualidad casi demasiado delicada, admiten que Dios está libre de pecado, cosa que no pueden ver ni en sueños. Pero niegan en esencia el pecado humano, que pueden ver en la calle. Los santos más fuertes y los escépticos más fuertes tomaron por igual el mal positivo como punto de partida de su argumento. Si es verdad (como ciertamente lo es) que un hombre puede sentir una felicidad exquisita desollando un gato, el filósofo religioso solo puede sacar una de dos deducciones. O debe negar la existencia de Dios, como hacen todos los ateos; o debe negar que Dios y el hombre estén hoy unidos, como hacen todos los cristianos. Los nuevos teólogos parecen pensar que es una solución muy racionalista negar el gato.

En esta notable situación no es evidentemente posible ahora (con alguna esperanza de apelar a todos) empezar, como hicieron nuestros padres, por el hecho del pecado. Este mismo hecho que para ellos era (y para mí es) claro como la luz del día es precisamente el hecho que se ha diluido o negado de manera especial. Pero aunque los modernos niegan la existencia del pecado, no creo que hayan negado todavía la existencia de un manicomio. Todos seguimos de acuerdo en que hay un derrumbe del intelecto tan inconfundible como el de una casa que se cae. Los hombres niegan el infierno, pero no, todavía, Hanwell. Para el propósito de nuestro argumento primario, lo uno puede muy bien ocupar el lugar de lo otro. Quiero decir que, así como antes todos los pensamientos y teorías se juzgaban según tendieran o no a hacer que un hombre perdiera su alma, para nuestro propósito actual todos los pensamientos y teorías modernos pueden juzgarse según tiendan o no a hacer que un hombre pierda el juicio.

Es cierto que algunos hablan con ligereza y descuido de la locura como algo atractivo en sí mismo. Pero un momento de reflexión mostrará que, si la enfermedad es bella, suele ser la enfermedad de algún otro. Un ciego puede ser pintoresco; pero se necesitan dos ojos para ver el cuadro. Y de igual modo, hasta la poesía más salvaje de la locura solo pueden disfrutarla los cuerdos. Para el loco su locura es perfectamente prosaica, porque es perfectamente verdadera. Un hombre que se cree una gallina es para sí mismo tan corriente como una gallina. Un hombre que se cree un trozo de vidrio es para sí mismo tan insulso como un trozo de vidrio. Es la homogeneidad de su mente lo que lo vuelve insulso y lo que lo vuelve loco. Solo porque nosotros vemos la ironía de su idea lo consideramos incluso divertido; solo porque él no ve la ironía de su idea lo meten en Hanwell. En suma, las rarezas solo llaman la atención a las personas corrientes. Las rarezas no llaman la atención a las personas raras. Por eso las personas corrientes tienen una vida mucho más emocionante, mientras que las personas raras se quejan siempre de lo insípida que es la vida. Por eso mueren tan pronto las novelas nuevas y duran para siempre los viejos cuentos de hadas. El viejo cuento de hadas hace del héroe un muchacho humano normal; lo sorprendente son sus aventuras, y lo sorprenden porque él es normal. Pero en la novela psicológica moderna el héroe es anormal; el centro no es central. De ahí que las aventuras más feroces no logren afectarlo adecuadamente, y el libro sea monótono. Se puede hacer un cuento con un héroe entre dragones; pero no con un dragón entre dragones. El cuento de hadas discute lo que hará un hombre cuerdo en un mundo loco. La sobria novela realista de hoy discute lo que hará un lunático esencial en un mundo aburrido.

Comencemos, pues, por el manicomio; de esta posada malvada y fantástica partamos en nuestro viaje intelectual. Ahora bien, si hemos de echar un vistazo a la filosofía de la cordura, lo primero que hay que hacer en el asunto es borrar un error grande y común. Anda suelta por todas partes la noción de que la imaginación, en especial la imaginación mística, es peligrosa para el equilibrio mental del hombre. De los poetas se suele decir que son psicológicamente poco fiables; y en general hay una vaga asociación entre ceñirse laureles en el pelo y ponerse pajas en él. Los hechos y la historia contradicen por completo esta opinión. La mayoría de los grandes poetas no solo fueron cuerdos, sino extremadamente prácticos para los negocios; y si Shakespeare de veras sostuvo alguna vez caballos, fue porque era con mucho el hombre más seguro para sostenerlos. La imaginación no engendra la locura. Lo que engendra la locura es exactamente la razón. Los poetas no se vuelven locos; los ajedrecistas sí. Se vuelven locos los matemáticos y los cajeros; los artistas creadores, muy rara vez. Yo no estoy, como se verá, atacando en ningún sentido la lógica: solo digo que este peligro está en la lógica, no en la imaginación. La paternidad artística es tan sana como la paternidad física. Además, merece señalarse que, cuando un poeta fue realmente morboso, solía ser porque tenía en el cerebro algún punto débil de racionalidad. Poe, por ejemplo, fue realmente morboso; no porque fuera poético, sino porque era especialmente analítico. Hasta el ajedrez le resultaba demasiado poético; le disgustaba el ajedrez porque estaba lleno de caballos y torres, como un poema. Prefería declaradamente los discos negros de las damas, porque se parecían más a los meros puntos negros de un diagrama. Quizá el caso más fuerte de todos sea este: que solo un gran poeta inglés se volvió loco, Cowper. Y fue sin duda la lógica la que lo llevó a la locura, la fea y ajena lógica de la predestinación. La poesía no fue la enfermedad, sino la medicina; la poesía lo mantuvo sano en parte. A veces podía olvidar el infierno rojo y sediento al que lo arrastraba su horrenda doctrina de la necesidad, entre las anchas aguas y los blancos nenúfares planos del Ouse. Fue condenado por Juan Calvino; casi lo salvó John Gilpin. En todas partes vemos que los hombres no se vuelven locos soñando. Los críticos están mucho más locos que los poetas. Homero es bastante completo y sereno; son sus críticos los que lo despedazan en jirones extravagantes. Shakespeare es del todo él mismo; solo algunos de sus críticos han descubierto que era otro. Y aunque san Juan Evangelista vio muchos monstruos extraños en su visión, no vio ninguna criatura tan salvaje como uno de sus propios comentaristas. El hecho general es sencillo. La poesía es cuerda porque flota con facilidad en un mar infinito; la razón procura cruzar el mar infinito y así hacerlo finito. El resultado es el agotamiento mental, como el agotamiento físico del señor Holbein. Aceptarlo todo es un ejercicio; entenderlo todo, un esfuerzo. El poeta solo desea exaltación y expansión, un mundo en el que estirarse. El poeta solo pide meter la cabeza en los cielos. Es el lógico quien procura meter los cielos en su cabeza. Y es su cabeza la que se parte.

Es un detalle menor, pero no irrelevante, que este llamativo error suele estar respaldado por una llamativa cita falsa. Todos hemos oído a la gente citar el célebre verso de Dryden como «El gran genio está muy cerca de la locura». Pero Dryden no dijo que el gran genio estuviera muy cerca de la locura. Dryden era él mismo un gran genio, y sabía más. Habría sido difícil encontrar un hombre más romántico que él, o más sensato. Lo que Dryden dijo fue esto: «Los grandes ingenios suelen estar muy cerca de la locura»; y eso es verdad. Es la pura presteza del intelecto la que corre peligro de un colapso. Además, la gente podría recordar de qué clase de hombre hablaba Dryden. No hablaba de ningún visionario ajeno al mundo como Vaughan o George Herbert. Hablaba de un cínico hombre de mundo, un escéptico, un diplomático, un gran político práctico. Tales hombres están, en efecto, muy cerca de la locura. Su incesante cálculo de sus propios cerebros y de los cerebros ajenos es un oficio peligroso. Siempre es peligroso para la mente hacer el cómputo de la mente. Una persona frívola ha preguntado por qué decimos «loco como un sombrerero». Una persona más frívola aún podría responder que un sombrerero está loco porque tiene que medir la cabeza humana.

Y si los grandes razonadores suelen ser maníacos, es igualmente cierto que los maníacos suelen ser grandes razonadores. Cuando yo sostenía una controversia con el Clarion sobre el libre albedrío, aquel hábil escritor, el señor R. B. Suthers, dijo que el libre albedrío era una locura, porque significaba acciones sin causa, y las acciones de un lunático serían sin causa. No me detengo aquí en el desastroso desliz de la lógica determinista. Es evidente que, si alguna acción, incluso la de un lunático, puede carecer de causa, el determinismo está acabado. Si la cadena de la causalidad puede romperse para un loco, puede romperse para un hombre. Pero mi propósito es señalar algo más práctico. Era natural, quizá, que un socialista marxista moderno no supiera nada del libre albedrío. Pero era ciertamente notable que un socialista marxista moderno no supiera nada de los lunáticos. El señor Suthers evidentemente no sabía nada de los lunáticos. Lo último que puede decirse de un lunático es que sus acciones carecen de causa. Si de algunos actos humanos puede decirse, en sentido amplio, que no tienen causa, son los actos menores de un hombre sano: silbar mientras camina; cortar la hierba con un bastón; golpear el suelo con los talones o frotarse las manos. Es el hombre feliz quien hace las cosas inútiles; el enfermo no tiene fuerzas para estar ocioso. Son exactamente esas acciones descuidadas y sin causa las que el loco no podría entender nunca; pues el loco (como el determinista) suele ver demasiada causa en todo. El loco vería un sentido conspirativo en esas actividades vacías. Pensaría que el corte de la hierba era un ataque a la propiedad privada. Pensaría que el golpe de los talones era una señal a un cómplice. Si el loco pudiera volverse por un instante descuidado, se volvería cuerdo. Todo el que ha tenido la desgracia de hablar con personas que están en el centro o al borde de un trastorno mental sabe que su cualidad más siniestra es una horrible claridad de detalle; una manera de conectar una cosa con otra en un mapa más intrincado que un laberinto. Si uno discute con un loco, es muy probable que lleve la peor parte; pues en muchos aspectos su mente se mueve tanto más rápido cuanto menos la retrasan las cosas que acompañan al buen juicio. No lo estorban el sentido del humor ni la caridad ni las mudas certezas de la experiencia. Es más lógico por haber perdido ciertos afectos sanos. De hecho, la expresión corriente para la locura es en este aspecto engañosa. El loco no es el hombre que ha perdido la razón. El loco es el hombre que lo ha perdido todo excepto la razón.

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