Historia de un almaPrimeras páginas
Capítulo I
Las primeras notas de un cántico de amor. El corazón de una madre. Recuerdos de los dos a los cuatro años.
A usted, mi venerada Madre, vengo a confiarle la historia de mi alma. El día en que me la pidió, me pareció que eso distraería mi corazón; pero después Jesús me ha hecho sentir que, obedeciendo sencillamente, Le sería agradable. Voy, pues, a comenzar a cantar lo que debo repetir eternamente: ¡las misericordias del Señor!...
Antes de tomar la pluma, me arrodillé ante la estatua de María, la que ha dado a mi familia tantas pruebas de las maternales preferencias de la Reina del cielo; le supliqué que guiara mi mano, para no trazar ni una sola línea que no le fuera agradable. Luego, abriendo el santo Evangelio, mis ojos cayeron sobre estas palabras: «Jesús, habiendo subido a una montaña, llamó a Sí a los que Él quiso.» Ahí está, en verdad, el misterio de mi vocación, de toda mi vida; y sobre todo el misterio de los privilegios de Jesús sobre mi alma. Él no llama a los que son dignos, sino a los que Le place. Como dice san Pablo: «Dios tiene piedad de quien quiere, y hace misericordia a quien quiere hacer misericordia. Así pues, no es obra del que quiere, ni del que corre, sino de Dios, que hace misericordia.»
Durante mucho tiempo me pregunté por qué el buen Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían una medida igual de gracias. Me extrañaba verlo prodigar favores extraordinarios a grandes pecadores como san Pablo, san Agustín, santa Magdalena y tantos otros, a quienes Él forzaba, por así decirlo, a recibir Sus gracias. Me extrañaba también, al leer la vida de los santos, ver que Nuestro Señor acariciaba desde la cuna hasta la tumba a ciertas almas privilegiadas, sin dejar a su paso ningún obstáculo que les impidiera elevarse hacia Él, sin permitir nunca que el pecado empañara el brillo inmaculado de su vestidura bautismal. Me preguntaba por qué los pobres salvajes, por ejemplo, morían en gran número sin haber oído siquiera pronunciar el nombre de Dios.
Jesús se ha dignado instruirme sobre este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza, y comprendí que todas las flores creadas por Él son hermosas, que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan su perfume a la pequeña violeta, ni restan nada a la sencillez encantadora de la margarita. Comprendí que, si todas las florecillas quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su adorno primaveral, y los campos ya no estarían esmaltados de florecitas.
Así sucede en el mundo de las almas, ese jardín viviente del Señor. Él tuvo a bien crear grandes santos, que pueden compararse con los lirios y las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, que deben contentarse con ser margaritas o simples violetas, destinadas a alegrar Sus miradas divinas cuando las baja a Sus pies. Cuanto más felices son las flores de hacer Su voluntad, más perfectas son.
Comprendí otra cosa todavía... Comprendí que el amor de Nuestro Señor se revela tanto en el alma más sencilla, que en nada resiste a Sus gracias, como en el alma más sublime. En efecto, siendo lo propio del amor abajarse, si todas las almas se parecieran a las de los santos Doctores que han iluminado la Iglesia, parece que el buen Dios no descendería lo bastante bajo al venir hasta ellas. Pero Él ha creado al niño que no sabe nada y solo deja oír débiles gritos; ha creado al pobre salvaje que no tiene, para conducirse, más que la ley natural; ¡y hasta sus corazones se digna abajarse!
Esas son las flores del campo, cuya sencillez Lo cautiva; y, con esta acción de descender tan bajo, el Señor muestra Su grandeza infinita. Así como el sol alumbra a la vez el cedro y la florecilla, así también el Astro divino ilumina particularmente cada una de las almas, grande o pequeña, y todo corresponde a su bien: como en la naturaleza, donde las estaciones están dispuestas de manera que hagan brotar, el día señalado, la más humilde margarita.
* * *
Sin duda, Madre mía, usted se pregunta con asombro adónde quiero llegar; pues hasta aquí no he dicho nada que se parezca a la historia de mi vida; pero ¿no me ordenó usted escribir sin coacción lo que me viniera naturalmente al pensamiento? Así pues, lo que encontrará en estas páginas no es propiamente mi vida; son mis pensamientos sobre las gracias que Nuestro Señor se ha dignado concederme.
Me encuentro en una época de mi existencia en que puedo echar una mirada sobre el pasado; mi alma ha madurado en el crisol de las pruebas interiores y exteriores. Ahora, como la flor después de la tormenta, levanto la cabeza, y veo que se cumplen en mí las palabras del salmo:
«El Señor es mi Pastor, nada me faltará. Él me hace reposar en pastos agradables y fértiles; me conduce suavemente a lo largo de las aguas. Conduce mi alma sin fatigarla... Pero, aun cuando descendiera al valle de la sombra de la muerte, no temería mal alguno, ¡porque Tú estarás conmigo, Señor!»
¡Sí, el Señor siempre ha sido para mí compasivo y lleno de dulzura, lento para castigar y abundante en misericordias! Por eso experimento una verdadera dicha al venir a cantar junto a usted, Madre mía, Sus inefables beneficios. Para usted sola voy a escribir la historia de la florecilla cortada por Jesús; este pensamiento me ayudará a hablar con abandono, sin preocuparme ni del estilo ni de las numerosas digresiones que voy a hacer; un corazón de madre comprende siempre a su hijo, aun cuando este solo sepa balbucear. Estoy, pues, segura de ser comprendida y adivinada.
Si una florecilla pudiera hablar, me parece que diría sencillamente lo que el buen Dios ha hecho por ella, sin tratar de ocultar Sus dones. Con el pretexto de la humildad, no diría que es fea y sin perfume, que el sol ha empañado su brillo, que las tormentas han quebrado su tallo, cuando reconocería en sí misma todo lo contrario.
La flor que va a contar su historia se alegra de tener que publicar las delicadezas enteramente gratuitas de Jesús. Reconoce que nada había en ella capaz de atraer Sus miradas divinas; que solo Su misericordia la ha colmado de bienes. Él es quien la hizo nacer en una tierra santa y como toda impregnada de un perfume virginal; Él es quien hizo que la precedieran ocho lirios resplandecientes de blancura. En Su amor, quiso preservarla del soplo envenenado del mundo: apenas comenzaba su corola a entreabrirse, cuando este buen Maestro la trasplantó al monte Carmelo, en el jardín escogido de la Virgen María.
Acabo, Madre mía, de resumir en pocas palabras lo que el buen Dios ha hecho por mí; ahora voy a entrar en el detalle de mi vida de niña: sé que, donde cualquier otro no vería sino un relato aburrido, su corazón maternal hallará encantos.
* * *
En la historia de mi alma hasta mi entrada en el Carmelo, distingo tres períodos bien marcados: el primero, a pesar de su corta duración, no es el menos fecundo en recuerdos; se extiende desde el despertar de mi razón hasta la partida de mi madre querida a la patria de los cielos; dicho de otro modo: hasta mis cuatro años y ocho meses.
El buen Dios me hizo la gracia de abrir mi inteligencia muy temprano, y de grabar tan profundamente en mi memoria los recuerdos de mi infancia, que aquellos acontecimientos pasados me parecen de ayer. Sin duda, Jesús quería hacerme conocer y apreciar a la madre incomparable que me había dado. ¡Ay!, Su mano divina me la arrebató pronto, para coronarla en el cielo.
Toda mi vida el Señor se ha complacido en rodearme de amor; mis primeros recuerdos están impregnados de las sonrisas y las caricias más tiernas. Pero si había puesto junto a mí tanto amor, también lo había puesto en mi pequeño corazón, creándolo afectuoso y sensible. No se puede imaginar cuánto quería a mi padre y a mi madre; les demostraba mi ternura de mil maneras, pues era muy expansiva; sin embargo, los medios que empleaba entonces me hacen reír hoy cuando pienso en ellos.
Usted quiso, Madre mía, poner en mis manos las cartas de mamá, dirigidas en aquel tiempo a mi hermana Paulina, interna en la Visitación de Le Mans; recuerdo perfectamente los rasgos que contienen; pero me será más fácil citar sencillamente ciertos pasajes de esas cartas encantadoras, a menudo demasiado elogiosas conmigo, por estar dictadas por el amor materno.
En apoyo de lo que decía sobre la manera de demostrar mi afecto a mis padres, he aquí unas palabras de mi madre:
La bebé es un duendecillo sin igual, que viene a acariciarme deseándome la muerte. «¡Oh, cuánto quisiera que te murieras, mi pobre madrecita!» Se la reprende, pero ella se excusa con aire muy sorprendido, diciendo: «¡Es para que vayas al cielo, pues tú dices que hay que morir para ir allá!» Del mismo modo le desea la muerte a su padre cuando está en sus excesos de amor.
Esta pobre pequeñita no quiere separarse de mí; está continuamente a mi lado y me sigue feliz, sobre todo al jardín. Cuando yo no estoy, se niega a quedarse en él y llora tanto que es preciso traérmela. Del mismo modo, no subiría la escalera ella sola, sin llamarme en cada peldaño: ¡Mamá! ¡mamá! Tantos peldaños, tantos ¡mamá!, y si por desgracia olvido responder una sola vez: «¡Sí, hijita mía!», se queda ahí, sin avanzar ni retroceder.
Iba a cumplir mi tercer año cuando mi madre escribía:
... La pequeña Teresa me preguntaba el otro día si iría al cielo: «Sí, si eres muy buena», le respondí. «¡Ah, mamá!, replicó entonces, si yo no fuera buenita, ¿iría entonces al infierno? Pero yo sé bien lo que haría: me echaría a volar contigo, que estarías en el cielo; luego tú me tendrías muy fuerte en tus brazos. ¿Cómo haría el buen Dios para llevarme?» Vi en su mirada que estaba convencida de que el buen Dios no podía hacerle nada si se escondía en los brazos de su madre.
María quiere mucho a su hermanita. Es una niña que nos da a todos muchas alegrías; tiene una franqueza extraordinaria: es encantador verla correr tras de mí para hacerme su confesión. «Mamá, empujé una vez a Celina, le pegué una vez; pero no lo volveré a hacer.»
Apenas ha cometido la menor travesura, es preciso que todo el mundo lo sepa: ayer, habiendo roto sin querer un pedacito del papel mural, se puso en un estado que daba lástima; luego había que decírselo enseguida a su padre. Cuando él entró, cuatro horas después, nadie pensaba ya en ello; pero ella acudió corriendo a María, diciéndole: «Cuéntale pronto a papá que rompí el papel.» Se quedaba allí, como una criminal que espera su condena; pero tiene en su cabecita que se la perdonará más fácilmente si ella misma se acusa.
Al hallar aquí el nombre de mi querido padrecito, me veo llevada naturalmente a ciertos recuerdos muy alegres. Cuando él llegaba, yo corría invariablemente a su encuentro y me sentaba sobre una de sus botas; entonces me paseaba así, cuanto yo quería, por las habitaciones y por el jardín. Mamá decía riendo que él hacía todo lo que yo quería: «¡Qué quieres!, respondía él, ¡es la reina!» Luego me tomaba en sus brazos, me alzaba muy alto, me sentaba sobre su hombro, me besaba y me acariciaba de todas las maneras.
Sin embargo, no puedo decir que me malcriara. Recuerdo muy bien que un día en que me columpiaba retozando, mi padre pasó por ahí y me llamó, diciendo: «¡Ven a darme un beso, mi reinita!» Contra mi costumbre, no quise moverme y respondí con aire terco: «¡Muévete tú, papá!» Él no me hizo caso, y bien hizo. María estaba allí. «Pequeña malcriada, me dijo, ¡qué feo es responder así a su padre!» De inmediato salté de mi fatal columpio; ¡la lección había dado demasiado bien en el blanco! Toda la casa resonó con mis gritos de contrición; subí rápido la escalera, y esta vez no llamé mamá en cada peldaño; solo pensaba en encontrar a papá, en reconciliarme con él, lo que se hizo muy pronto.
No podía soportar la idea de haber afligido a mis amados padres; reconocer mis faltas era cosa de un instante, como lo prueba también este rasgo de infancia, contado tan naturalmente por mi propia madre:
Una mañana quise besar a la pequeña Teresa antes de bajar; parecía profundamente dormida; no me atrevía, pues, a despertarla, cuando María me dijo: «Mamá, está haciéndose la dormida, estoy segura.» Entonces me incliné sobre su frente para besarla; pero ella se escondió de inmediato bajo su cobija, diciéndome con aire de niña consentida: «No quiero que me vean.» Yo estaba de todo menos contenta, y se lo hice sentir. Dos minutos después la oía llorar, y de pronto, ¡con gran sorpresa mía, la veo a mi lado! Había salido ella sola de su camita, había bajado la escalera descalza, enredada en su camisón más largo que ella. Su carita estaba cubierta de lágrimas. «Mamá, me dijo arrojándose a mis rodillas, mamá, fui mala, ¡perdóname!» El perdón se concedió enseguida. Tomé a mi querubín en mis brazos, lo apreté contra mi corazón y lo cubrí de besos.
De Mamá me gustaba la sonrisa;
su mirada profunda parecía decir:
«La Eternidad me embelesa y me atrae...
Voy a ir al Cielo azul
¡a ver a Dios!»
Recuerdo también el afecto muy grande que ya desde entonces tenía a mi hermana mayor, María, que acababa de terminar sus estudios en la Visitación. Sin darlo a entender, yo prestaba atención a todo lo que pasaba y se decía a mi alrededor; me parece que juzgaba las cosas como ahora. Escuchaba atentamente lo que ella enseñaba a Celina; para obtener el favor de ser admitida en su cuarto durante las lecciones, era muy buena y le obedecía en todo; por eso me colmaba de regalos que, a pesar de su poco valor, me daban un placer enorme.
¡Puedo decir que mis dos hermanas mayores me llenaban de orgullo! Pero, como Paulina me parecía tan lejana, yo solo soñaba con ella de la mañana a la noche. Cuando apenas empezaba a hablar, y mamá me preguntaba: «¿En qué piensas?», la respuesta era invariable: «¡En Paulina!» A veces oía decir que Paulina sería religiosa; entonces, sin saber muy bien qué era eso, pensaba: «¡Yo también seré religiosa!» Es uno de mis primeros recuerdos; y desde entonces nunca he cambiado de resolución. Fue, pues, el ejemplo de esta hermana querida el que, desde la edad de dos años, me arrastró hacia el Esposo de las vírgenes.
¡Oh, Madre mía, cuántas dulces reflexiones quisiera confiarle aquí sobre mi trato con Paulina! pero sería demasiado largo.
Mi querida Leonia ocupaba también un lugar muy grande en mi corazón; me quería mucho. Por la tarde, al volver de sus lecciones, quería quedarse conmigo cuando toda la familia salía de paseo; me parece oír todavía las lindas tonadas que cantaba con su dulce voz para arrullarme. Recuerdo perfectamente su primera comunión. Recuerdo también a la niña pobre, su compañera, a quien mi madre había vestido, según la conmovedora costumbre de las familias acomodadas de Alençon. Esta niña no se apartó de Leonia ni un solo instante de aquel hermoso día; y por la noche, en la gran cena, se la puso en el puesto de honor. ¡Ay!, yo era demasiado pequeña para quedarme en aquel piadoso banquete; pero participé un poco en él, gracias a la bondad de papá, quien vino él mismo, a la hora del postre, a traer a su reinita un trozo del pastel.
Ahora me queda hablar de Celina, la pequeña compañera de mi infancia. De ella los recuerdos son tan abundantes que no sé cuáles escoger. Nos entendíamos perfectamente las dos; pero yo era mucho más viva y mucho menos cándida que ella. He aquí una carta que le mostrará, Madre mía, cuán dulce era Celina y cuán mala yo. Yo tenía entonces casi tres años y Celina seis y medio.
Mi pequeña Celina está del todo inclinada a la virtud; en cuanto al pequeño hurón, no se sabe muy bien cómo resultará; ¡es tan pequeña, tan atolondrada! Es una niña muy inteligente; pero es mucho menos dulce que su hermana, y sobre todo de una terquedad casi invencible. Cuando dice no, nada puede hacerla ceder; se la tendría todo un día en la bodega sin sacarle un sí; ¡antes dormiría allí!
Tenía yo aún un defecto del que mi madre no habla en sus cartas: era un gran amor propio. He aquí solo dos ejemplos:
Un día, queriendo saber sin duda hasta dónde llegaría mi orgullo, me dijo sonriendo: «Mi pequeña Teresa, si quieres besar el suelo, te voy a dar un sou.» Un sou era para mí toda una fortuna. Para ganarlo en aquella ocasión, apenas tenía que rebajar mi grandeza, pues mi baja estatura no ponía una distancia considerable entre el suelo y yo; sin embargo, mi orgullo se rebeló, y, poniéndome bien derecha, respondí a mamá: «¡Oh, no, madrecita, prefiero no tener sou!»
Otra vez, íbamos a ir al campo a casa de unos amigos. Mamá dijo a María que me pusiera mi traje más bonito, pero que no me dejara los brazos desnudos. No dije palabra, y hasta mostré la indiferencia que deben tener los niños de esa edad; pero por dentro me decía: «¡Y sin embargo, cuánto más linda habría estado con mis bracitos desnudos!»
Con una naturaleza semejante, me doy perfecta cuenta de que, si hubiera sido criada por padres sin virtud, me habría vuelto muy mala, y quizá hasta habría corrido a mi perdición eterna. Pero Jesús velaba sobre Su pequeña prometida; hizo que todos sus defectos redundaran en provecho de ella, y que, reprimidos a tiempo, le sirvieran para crecer en la perfección. En efecto, como yo tenía amor propio y también amor al bien, bastaba con que se me dijera una sola vez: «No hay que hacer tal cosa», para que ya no tuviera ganas de volver a hacerla. Veo con placer en las cartas de mi querida mamá que, a medida que avanzaba en edad, le daba más consuelo; como no tenía ante los ojos sino buenos ejemplos, quería naturalmente seguirlos. He aquí lo que ella escribía en 1876:
Hasta Teresa quiere meterse a hacer sacrificios. María ha regalado a sus hermanitas un rosario hecho a propósito para contar sus prácticas de virtud; juntas tienen verdaderas conferencias espirituales muy divertidas. Celina decía el otro día: «¿Cómo es posible que el buen Dios esté en una hostia tan pequeña?» Teresa le respondió: «¡No es tan asombroso, puesto que el buen Dios es todopoderoso!» «¿Y qué quiere decir todopoderoso?» «¡Quiere decir que hace todo lo que quiere!»
Pero lo más curioso aún es ver a Teresa meter la mano cien veces al día en su bolsillito para sacar una cuenta de su rosario cada vez que hace un sacrificio.
Estas dos niñas son inseparables y les basta una con otra para entretenerse. La nodriza regaló a Teresa un gallo y una gallina de la especie pequeña; enseguida la bebé dio el gallo a su hermana. Todos los días, después de la comida, esta va a tomar su gallo, lo atrapa de una vez junto con la gallina; y luego vienen las dos a sentarse junto al fuego; se divierten así muy largo rato.
Una mañana, a Teresa se le ocurrió salir de su camita para ir a acostarse con Celina; la criada la buscaba para vestirla; por fin la divisa, y la pequeña le dice, besando a su hermana y apretándola muy fuerte entre sus brazos: «¡Déjeme, mi pobre Luisa, ya ve que las dos somos como las gallinitas blancas, no podemos separarnos!»
Es muy cierto que yo no podía estar sin Celina; prefería levantarme de la mesa antes de haber terminado mi postre que no seguirla apenas ella se levantaba. Volviéndome entonces en mi gran silla de niña, quería bajar enseguida y luego nos íbamos a jugar juntas.
Los domingos, como yo era demasiado pequeña para ir a los oficios, mamá se quedaba a cuidarme. En esa circunstancia yo mostraba gran juicio, caminando solo de puntillas; pero apenas oía abrirse la puerta, era una explosión de alegría sin igual; me precipitaba al encuentro de mi linda hermanita, y le decía: «¡Oh, Celina! ¡dame pronto pan bendito!» Un día, ¡ella no tenía!... ¿cómo hacer? No podía pasarme sin él; yo llamaba a ese banquete mi misa. Una idea luminosa me cruzó la mente: «No tienes pan bendito, pues bien, ¡haz uno!» Abrió entonces la alacena, tomó el pan, cortó un bocado y, recitando encima un Ave María en tono solemne, me lo presentó triunfante. Y yo, haciendo la señal de la cruz, me lo comí con gran devoción, encontrándole del todo el sabor del pan bendito.
Un día, Leonia, hallándose sin duda demasiado grande para jugar a las muñecas, vino a buscarnos a las dos con una cesta llena de vestidos, de lindos retazos de tela y otros adornos, sobre los cuales, habiendo acostado a su muñeca, nos dijo: «Tomen, mis hermanitas, ¡escojan!» Celina miró y tomó un ovillo de cordoncillo. Tras un momento de reflexión, extendí la mano a mi vez diciendo: «¡Escojo todo!», y me llevé cesta y muñeca sin más ceremonia.
Este rasgo de mi infancia es como el resumen de mi vida entera. Más tarde, cuando la perfección se me apareció, comprendí que para llegar a ser santa había que sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí misma. Comprendí que, en la santidad, los grados son numerosos, que cada alma es libre de responder a los avances de Nuestro Señor, de hacer poco o mucho por Su amor; en una palabra, de escoger entre los sacrificios que Él pide. Entonces, como en los días de mi infancia, exclamé: «¡Dios mío, escojo todo! ¡No quiero ser santa a medias; no me da miedo sufrir por Ti, solo temo una cosa, que es conservar mi voluntad; tómala, porque escojo todo lo que Tú quieras!»
Pero me olvido de mí, Madre amada; aún no debo hablarle de mi juventud, apenas voy en la bebita de tres y cuatro años.
Recuerdo un sueño que tuve a esa edad y que se grabó profundamente en mi memoria:
Iba a pasear sola por el jardín, cuando divisé de pronto, junto al emparrado, dos horribles diablillos que bailaban sobre un barril de cal con una agilidad sorprendente, a pesar de los pesados grilletes que tenían en los pies. Primero lanzaron sobre mí ojos llameantes; luego, como presas del miedo, los vi precipitarse en un abrir y cerrar de ojos al fondo del barril, salir enseguida por no sé qué abertura, correr y esconderse por último en la ropería, que daba al jardín a ras de suelo. Al verlos tan poco valientes, quise saber qué iban a hacer; y, dominando mi primer espanto, me acerqué a la ventana... Los pobres diablillos estaban allí, corriendo sobre las mesas y sin saber cómo huir de mi mirada. De tanto en tanto se acercaban, atisbaban por los vidrios con aire inquieto; luego, viendo que yo seguía allí, volvían a correr como desesperados.
Sin duda, este sueño no tiene nada de extraordinario; creo, sin embargo, que el buen Dios se sirvió de él para probarme que un alma en estado de gracia no tiene nada que temer de los demonios, que son cobardes, capaces de huir ante la mirada de una niña.
¡Oh, Madre mía, qué feliz era yo a esa edad! No solo comenzaba a gozar de la vida, sino que la virtud tenía para mí encantos. Me hallaba, me parece, en las mismas disposiciones que hoy, teniendo ya un dominio muy grande sobre todas mis acciones. Así, había adquirido la costumbre de no quejarme nunca cuando me quitaban lo que era mío; o bien, cuando se me acusaba injustamente, prefería callar antes que excusarme. No había en ello ningún mérito de mi parte; lo hacía naturalmente.
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