Proyecto Fénix
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Una princesa de MartePrimeras páginas

Edgar Rice Burroughs · 1912

Al lector de esta obra

Al presentarle en forma de libro el extraño manuscrito del capitán Carter, creo que unas palabras sobre este notable personaje serán de interés.

Mi primer recuerdo del capitán Carter son los pocos meses que pasó en casa de mi padre, en Virginia, justo antes de que comenzara la guerra civil. Yo era entonces un niño de apenas cinco años, pero recuerdo bien a aquel hombre alto, moreno, de rostro afeitado y atlético, a quien yo llamaba tío Jack.

Parecía estar siempre riendo; y se unía a los juegos de los niños con la misma cordialidad franca que mostraba hacia los pasatiempos en que se entretenían los hombres y las mujeres de su edad; o se sentaba una hora entera a distraer a mi anciana abuela con historias de su extraña y azarosa vida por todos los rincones del mundo. Todos lo queríamos, y nuestros esclavos casi adoraban el suelo que pisaba.

Era un magnífico ejemplar de hombre: pasaba holgadamente del metro ochenta y cinco, de hombros anchos y caderas estrechas, y tenía el porte del guerrero adiestrado. Sus facciones eran regulares y de trazo limpio, el cabello negro y muy corto, y los ojos de un gris acerado que reflejaban un carácter firme y leal, lleno de fuego y de iniciativa. Sus modales eran perfectos, y su cortesía era la de un caballero sureño típico, del mejor linaje.

Su manera de montar, sobre todo en la caza con jauría, era una maravilla y un deleite aun en aquella tierra de magníficos jinetes. Más de una vez oí a mi padre advertirle contra su loca temeridad, pero él solo reía y decía que el porrazo que lo mataría sería desde el lomo de un caballo que aún no había nacido.

Cuando estalló la guerra nos dejó, y no volví a verlo hasta quince o dieciséis años después. Regresó sin aviso, y me sorprendió mucho advertir que no había envejecido en apariencia ni un instante, ni había cambiado en ningún otro aspecto exterior. Cuando estaba con otras personas era el mismo hombre afable y alegre que habíamos conocido de antes, pero cuando se creía solo lo he visto pasar horas sentado con la mirada perdida en el espacio, el rostro marcado por una expresión de anhelo nostálgico y de desdicha sin esperanza; y por las noches se sentaba así, mirando al cielo, sin que yo supiera qué miraba hasta que leí su manuscrito años después.

Nos contó que había estado explorando y trabajando en minas en Arizona durante parte del tiempo transcurrido desde la guerra; y que le había ido muy bien lo demostraba la cantidad ilimitada de dinero de que disponía. Sobre los detalles de su vida durante esos años era muy reservado; de hecho, no quería hablar de ellos en absoluto.

Se quedó con nosotros cerca de un año y luego se fue a Nueva York, donde compró una pequeña propiedad a orillas del Hudson. Yo lo visitaba una vez al año, con ocasión de mis viajes al mercado de Nueva York, pues en aquel entonces mi padre y yo teníamos y administrábamos una cadena de almacenes generales por toda Virginia. El capitán Carter tenía una casita pequeña pero hermosa, situada en un risco que dominaba el río, y durante una de mis últimas visitas, en el invierno de 1885, noté que pasaba mucho tiempo escribiendo, supongo ahora que en este manuscrito.

Por entonces me dijo que, si algo le ocurría, deseaba que yo me hiciera cargo de sus bienes, y me dio la llave de un compartimento de la caja fuerte que había en su estudio, diciéndome que allí encontraría su testamento y algunas instrucciones personales que me hizo prometer que cumpliría con absoluta fidelidad.

Después de retirarme a dormir, lo he visto desde mi ventana de pie, a la luz de la luna, al borde del risco que dominaba el Hudson, con los brazos extendidos hacia el cielo como en una súplica. En aquel momento pensé que rezaba, aunque nunca entendí que fuera un hombre religioso en el sentido estricto del término.

Varios meses después de volver a casa tras mi última visita, el primero de marzo de 1886, creo, recibí un telegrama suyo en que me pedía que fuera a verlo de inmediato. Yo siempre había sido su preferido entre la generación más joven de los Carter, así que me apresuré a atender su llamado.

Llegué a la pequeña estación, a un kilómetro y medio de su propiedad, en la mañana del 4 de marzo de 1886, y cuando le pedí al encargado del coche de alquiler que me llevara a casa del capitán Carter, me respondió que, si yo era amigo del capitán, tenía muy malas noticias para mí: aquella misma mañana, poco después del amanecer, el vigilante de una propiedad vecina había encontrado muerto al capitán.

Por alguna razón esta noticia no me sorprendió, pero me apresuré a llegar a su casa lo más rápido posible para hacerme cargo del cuerpo y de sus asuntos.

Encontré al vigilante que lo había descubierto, junto con el jefe de la policía local y varios vecinos del pueblo, reunidos en su pequeño estudio. El vigilante relató los pocos detalles relacionados con el hallazgo del cuerpo, que según dijo todavía estaba tibio cuando dio con él. Yacía, contó, tendido cuan largo era en la nieve, con los brazos extendidos por encima de la cabeza hacia el borde del risco, y cuando me mostró el lugar comprendí de golpe que era exactamente el mismo donde yo lo había visto aquellas otras noches, con los brazos alzados en súplica al cielo.

El cuerpo no tenía marcas de violencia, y con la ayuda de un médico del lugar el jurado del forense llegó pronto a la conclusión de que había muerto de un paro cardíaco. Cuando quedé solo en el estudio, abrí la caja fuerte y saqué el contenido del cajón donde él me había dicho que hallaría mis instrucciones. Eran en parte realmente singulares, pero las he seguido hasta el último detalle con toda la fidelidad que pude.

Ordenaba que trasladara su cuerpo a Virginia sin embalsamar, y que lo depositaran en un ataúd abierto dentro de una tumba que él había mandado construir de antemano y que, como supe más tarde, estaba bien ventilada. Las instrucciones me exigían encarecidamente que yo mismo cuidara de que esto se cumpliera tal como él lo había dispuesto, incluso en secreto si fuera necesario.

Sus bienes quedaron dispuestos de tal modo que yo debía recibir todas las rentas durante veinticinco años, al cabo de los cuales el capital pasaría a ser mío. Sus demás instrucciones se referían a este manuscrito, que yo debía conservar sellado y sin leer, tal como lo encontré, durante once años; y tampoco debía divulgar su contenido hasta veintiún años después de su muerte.

Una particularidad extraña de la tumba, donde su cuerpo yace todavía, es que la maciza puerta está provista de una única cerradura de resorte, enorme y chapada en oro, que solo se puede abrir desde el interior.

Suyo afectísimo,
Edgar Rice Burroughs.

I. En las colinas de Arizona

Soy un hombre muy viejo; cuán viejo, no lo sé. Quizá tenga cien años, quizá más; pero no puedo decirlo porque nunca he envejecido como los demás hombres, ni recuerdo infancia alguna. Hasta donde alcanzo a recordar, siempre he sido un hombre, un hombre de unos treinta años. Hoy tengo el mismo aspecto que hace cuarenta años y más, y sin embargo siento que no puedo seguir viviendo para siempre; que algún día moriré la muerte verdadera, de la que no hay resurrección. No sé por qué habría de temer a la muerte, yo que he muerto dos veces y sigo vivo; pero le tengo el mismo horror que ustedes, que nunca han muerto, y creo que es precisamente por este terror a la muerte por lo que estoy tan convencido de mi condición mortal.

Y a causa de esta convicción he resuelto escribir la historia de los períodos interesantes de mi vida y de mi muerte. No puedo explicar los fenómenos; solo puedo dejar aquí consignada, con las palabras de un simple soldado de fortuna, una crónica de los extraños sucesos que me ocurrieron durante los diez años en que mi cuerpo muerto yació sin ser descubierto en una cueva de Arizona.

Nunca he contado esta historia, ni ojo mortal verá este manuscrito hasta después de que yo haya pasado a la eternidad. Sé que la mente humana común no cree lo que no logra abarcar, y por eso no pretendo que me expongan a la picota el público, el púlpito y la prensa, ni que me tachen de colosal mentiroso cuando solo cuento las sencillas verdades que algún día la ciencia confirmará. Quizá las ideas que obtuve en Marte, y los conocimientos que puedo dejar en esta crónica, ayuden a comprender antes los misterios de nuestro planeta hermano; misterios para ustedes, pero ya no para mí.

Me llamo John Carter; soy más conocido como el capitán Jack Carter de Virginia. Al terminar la Guerra de Secesión me encontré dueño de varios cientos de miles de dólares (confederados) y de un grado de capitán en la caballería de un ejército que ya no existía; servidor de un estado que había desaparecido junto con las esperanzas del Sur. Sin amo, sin un centavo y sin mi único medio de vida, el combate, resolví abrirme camino hacia el suroeste e intentar rehacer mi fortuna perdida buscando oro.

Pasé casi un año explorando en compañía de otro oficial confederado, el capitán James K. Powell, de Richmond. Tuvimos una suerte extraordinaria, pues a fines del invierno de 1865, después de muchas penalidades y privaciones, dimos con la veta de cuarzo aurífero más notable que nuestros sueños más descabellados habían imaginado. Powell, que era ingeniero de minas de formación, calculó que habíamos puesto al descubierto mineral por más de un millón de dólares en poco más de tres meses.

Como nuestro equipo era sumamente rudimentario, decidimos que uno de los dos debía volver a la civilización, comprar la maquinaria necesaria y regresar con un número suficiente de hombres para explotar la mina como era debido.

Como Powell conocía la región, y también las exigencias técnicas de la minería, acordamos que lo mejor era que él hiciera el viaje. Quedamos en que yo vigilaría nuestra concesión ante la remota posibilidad de que algún buscador errante intentara apropiársela.

El 3 de marzo de 1866, Powell y yo cargamos sus provisiones en dos de nuestros burros y, despidiéndose de mí, montó a caballo y emprendió el descenso de la ladera hacia el valle, que había que cruzar en la primera etapa de su viaje.

La mañana de la partida de Powell fue, como casi todas las mañanas de Arizona, despejada y hermosa; podía verlo a él y a sus dos animales de carga abriéndose paso ladera abajo hacia el valle, y durante toda la mañana los vislumbré de cuando en cuando al coronar una loma o salir a una meseta llana. Lo último que vi de Powell fue hacia las tres de la tarde, cuando entraba en la sombra de la cordillera del lado opuesto del valle.

Una media hora después miré al otro lado del valle sin ninguna intención y me sorprendió mucho distinguir tres puntitos más o menos en el mismo lugar donde había visto por última vez a mi amigo y a sus dos animales de carga. No soy dado a preocuparme sin necesidad, pero cuanto más trataba de convencerme de que Powell estaba bien, y de que los puntos que había visto en su camino eran antílopes o caballos salvajes, menos lograba tranquilizarme.

Desde que habíamos entrado en el territorio no habíamos visto un solo indio hostil, y por eso nos habíamos vuelto en extremo descuidados, y solíamos burlarnos de las historias que habíamos oído sobre el gran número de esos crueles merodeadores que, se decía, acechaban en los senderos y cobraban su tributo de vidas y de tormentos a toda partida de blancos que cayera en sus despiadadas garras.

Powell, lo sabía, estaba bien armado y, además, era un experimentado combatiente de indios; pero yo también había vivido y luchado durante años entre los sioux del Norte, y sabía que sus posibilidades eran escasas contra una partida de astutos apaches rastreadores. Por fin no pude soportar más la incertidumbre y, armándome con mis dos revólveres Colt y una carabina, me crucé dos cinturones de cartuchos, atrapé mi caballo de silla y emprendí el descenso por el sendero que Powell había tomado por la mañana.

Apenas llegué a terreno relativamente llano puse a mi montura a medio galope, y continué así, donde el camino lo permitía, hasta que, ya casi al anochecer, descubrí el punto donde otras huellas se unían a las de Powell. Eran huellas de ponis sin herrar, tres de ellos, y los ponis habían ido al galope.

Seguí rápidamente hasta que, al cerrarse la oscuridad, me vi obligado a esperar la salida de la luna, y tuve ocasión de dudar de lo sensato de mi persecución. Quizá había imaginado peligros imposibles, como una vieja ama de casa nerviosa, y cuando alcanzara a Powell me llevaría una buena carcajada por mi molestia. Sin embargo, no soy propenso a la susceptibilidad, y obedecer al sentido del deber, adondequiera que me lleve, ha sido siempre una especie de fetiche para mí a lo largo de la vida; lo cual quizá explique los honores que me han conferido tres repúblicas y las condecoraciones y la amistad de un viejo y poderoso emperador y de varios reyes menores, en cuyo servicio mi espada se ha teñido de rojo muchas veces.

Hacia las nueve la luna brillaba lo bastante para que pudiera continuar mi marcha, y no tuve dificultad en seguir el rastro a paso rápido, y en algunos tramos a un trote vivo, hasta que, hacia la medianoche, llegué al pozo de agua donde Powell había pensado acampar. Di con el lugar de forma inesperada y lo encontré completamente desierto, sin señales de haber sido ocupado recientemente como campamento.

Me interesó notar que las huellas de los jinetes que lo perseguían, pues ya estaba convencido de que eso eran, seguían tras Powell con apenas una breve parada en el pozo para beber agua; y siempre al mismo paso que él.

Ahora estaba seguro de que los perseguidores eran apaches y de que querían capturar vivo a Powell por el placer diabólico de torturarlo, así que apuré a mi caballo a un paso peligrosísimo, esperando contra toda esperanza alcanzar a los pieles rojas antes de que lo atacaran.

Mis cavilaciones se vieron cortadas de pronto por el eco débil de dos disparos, lejos delante de mí. Supe que Powell me necesitaría ahora más que nunca, y al instante lancé mi caballo a toda velocidad por el estrecho y difícil sendero de montaña.

Había avanzado quizá más de un kilómetro y medio sin oír otros ruidos, cuando de repente el sendero desembocó en una pequeña meseta despejada cerca de la cima del paso. Acababa de atravesar una garganta angosta, de paredes que sobresalían por encima, justo antes de salir de golpe a esta tierra llana, y el espectáculo que se presentó ante mis ojos me llenó de consternación y espanto.

El pequeño trecho de terreno llano estaba blanco de tiendas cónicas indias, y había probablemente unos quinientos guerreros pieles rojas apiñados en torno a algo que estaba cerca del centro del campamento. Su atención estaba tan completamente fija en ese punto que no repararon en mí, y yo habría podido volver con toda facilidad a las oscuras profundidades de la garganta y escapar con perfecta seguridad. Sin embargo, el hecho de que esta idea no se me ocurriera hasta el día siguiente me quita todo derecho a pretender el heroísmo que la narración de este episodio podría darme de otro modo.

No creo estar hecho de la materia de que se hacen los héroes, porque, en los cientos de ocasiones en que mis actos voluntarios me han puesto cara a cara con la muerte, no recuerdo una sola en que se me ocurriera algún paso alternativo al que di hasta muchas horas más tarde. Mi mente está evidentemente constituida de tal manera que subconscientemente me lanza por el camino del deber sin recurrir a fatigosos procesos mentales. Sea como sea, nunca he lamentado que la cobardía no sea opcional para mí.

En este caso yo estaba, por supuesto, seguro de que Powell era el centro de atracción, pero si pensé o actué primero no lo sé; lo cierto es que en el instante mismo en que la escena se abrió ante mi vista ya había sacado mis revólveres y cargaba contra todo el ejército de guerreros, disparando rápidamente y lanzando alaridos con todas mis fuerzas. Solo como estaba, no habría podido emplear mejor táctica, pues los pieles rojas, convencidos por la sorpresa repentina de que caía sobre ellos no menos que un regimiento de soldados regulares, se volvieron y huyeron en todas direcciones en busca de sus arcos, flechas y rifles.

La vista que dejó al descubierto su precipitada desbandada me llenó de aprensión y de rabia. Bajo los claros rayos de la luna de Arizona yacía Powell, con el cuerpo literalmente erizado de las flechas hostiles de los guerreros. No podía sino convencerme de que ya estaba muerto, y sin embargo habría salvado su cuerpo de la mutilación a manos de los apaches con la misma presteza con que habría salvado de la muerte al hombre mismo.

Acercándome a él, me incliné desde la silla y, agarrándolo por el cinturón de cartuchos, lo subí atravesado sobre la cruz de mi montura. Una mirada hacia atrás me convenció de que regresar por donde había venido sería más arriesgado que seguir a través de la meseta, así que, clavando las espuelas a mi pobre bestia, me lancé hacia la abertura del paso que alcanzaba a distinguir al otro lado de la tierra llana.

Los indios habían descubierto ya a esas alturas que yo estaba solo, y me persiguieron con imprecaciones, flechas y balas de rifle. El hecho de que es difícil apuntar bien cualquier cosa que no sean imprecaciones a la luz de la luna, de que estaban trastornados por la manera repentina e inesperada de mi llegada, y de que yo era un blanco que se movía con bastante rapidez, me salvó de los diversos proyectiles mortíferos del enemigo y me permitió alcanzar la sombra de los picos circundantes antes de que se pudiera organizar una persecución ordenada.

Mi caballo avanzaba prácticamente sin guía, pues yo sabía que probablemente conocía menos que él la ubicación exacta del sendero que llevaba al paso, y así ocurrió que entró en una quebrada que conducía a la cima de la cordillera y no al paso que yo había esperado que me llevara al valle y a la salvación. Es probable, sin embargo, que a este hecho deba mi vida y las extraordinarias experiencias y aventuras que me sobrevinieron durante los diez años siguientes.

Supe por primera vez que iba por el camino equivocado cuando oí que los gritos de los salvajes que me perseguían se iban debilitando cada vez más, lejos a mi izquierda.

Entonces comprendí que habían pasado por la izquierda de la formación rocosa escarpada del borde de la meseta, por cuya derecha mi caballo nos había llevado a mí y al cuerpo de Powell.

Tiré de las riendas en un pequeño promontorio llano que dominaba el sendero que había abajo y a mi izquierda, y vi a la partida de salvajes perseguidores desaparecer al doblar la punta de un pico vecino.

Supe que los indios pronto descubrirían que iban por el sendero equivocado y que la búsqueda de mi persona se reanudaría en la dirección correcta en cuanto dieran con mis huellas.

Había avanzado solo una corta distancia más cuando se abrió lo que parecía un excelente sendero que rodeaba la cara de un alto acantilado. El sendero era llano y bastante ancho, y subía en la dirección general que yo quería seguir. El acantilado se alzaba unos cien metros a mi derecha, y a mi izquierda había una caída igual, casi perpendicular, hasta el fondo de un barranco rocoso.

Había seguido este sendero quizá unos noventa metros cuando un brusco giro a la derecha me llevó a la boca de una gran cueva. La abertura tenía alrededor de un metro veinte de alto y de noventa centímetros a un metro veinte de ancho, y en esa abertura terminaba el sendero.

Ya era de mañana y, con la habitual falta de alba que es una característica sorprendente de Arizona, se había hecho de día casi sin aviso.

Desmontando, deposité a Powell en el suelo, pero el examen más minucioso no logró descubrir la más leve chispa de vida. Hice entrar agua de mi cantimplora entre sus labios muertos, le bañé el rostro y le froté las manos, trabajando sobre él sin cesar durante la mayor parte de una hora, a pesar de saber que estaba muerto.

Yo quería mucho a Powell; era hombre cabal en todos los sentidos; un caballero sureño pulido; un amigo leal y verdadero; y fue con un sentimiento de la más honda pena como abandoné por fin mis toscos intentos de reanimarlo.

Dejando el cuerpo de Powell donde estaba, sobre la cornisa, me arrastré al interior de la cueva para reconocerla. Hallé una gran cámara, de unos treinta metros de diámetro y de nueve a doce de altura; un suelo liso y muy gastado por el uso, y muchas otras pruebas de que la cueva había sido habitada en algún período remoto. El fondo de la cueva estaba tan perdido en una densa sombra que no podía distinguir si había aberturas hacia otras estancias o no.

Mientras proseguía mi examen empecé a sentir que me invadía una agradable somnolencia que atribuí al cansancio de mi larga y ardua cabalgata y a la reacción tras la excitación del combate y la persecución. Me sentía relativamente seguro donde estaba, pues sabía que un solo hombre podía defender el sendero hasta la cueva contra un ejército.

Pronto me venció tanto el sueño que apenas podía resistir el fuerte deseo de echarme en el suelo de la cueva para descansar unos momentos, pero sabía que esto no podía ser, pues significaría la muerte segura a manos de mis amigos pieles rojas, que podían caer sobre mí en cualquier momento. Con un esfuerzo me encaminé hacia la abertura de la cueva, solo para tambalearme como un borracho contra una pared lateral y de allí resbalar y caer de bruces en el suelo.

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