Proyecto Fénix
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Orgullo y prejuicioPrimeras páginas

Jane Austen (trad. José Jordán de Urríes y Azara) · 1813

Capítulo I

Es verdad universalmente admitida que un soltero poseedor de buena fortuna tiene que necesitar una mujer.

Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre así sean poco conocidos a su llegada a un punto cualquiera, está tan arraigada aquella creencia en las familias que le rodean, que le consideran como propiedad indiscutible de una u otra de sus hijas.

«Querido Bennet», decía a este cierto día su esposa, «¿has oído que el parque de Netherfield se ha alquilado al fin?».

El señor Bennet contestó que no lo había oído.

«Pues está alquilado», volvió ella a decir; «porque la señora de Long acaba de estar aquí y me lo ha contado todo».

El señor Bennet no respondió.

«¿No deseas saber quién lo ha tomado en arriendo?», exclamó su mujer con impaciencia.

«Tú eres quien desea decirlo y no puedo oponerme a escucharlo».

Eso bastó para darle pie.

«Has de saber, querido, que la señora de Long dice que el parque de Netherfield ha sido tomado en arriendo por un joven muy rico del norte de Inglaterra, joven que vino el lunes en una silla de postas con cuatro caballos para verlo, y quedó tan encantado, que se arregló al punto con el señor Morris; tomará posesión antes de San Miguel, y algunos de sus criados estarán en la casa a fines de la semana próxima».

«¿Cómo se llama?».

«Bingley».

«¿Es casado, o soltero?».

«¡Oh!, soltero, querido mío; un soltero de gran fortuna: cuatro o cinco mil libras anuales. ¡Qué a propósito para nuestras hijas!».

«¿Cómo es eso? ¿Cómo las puede afectar semejante cosa?».

«Mi querido Bennet», replicó su mujer, «¿por qué eres tan posma? Has de saber que pienso casarlo con una de ellas».

«¿Es eso lo que proyecta al establecerse aquí?».

«¡Proyectar! ¡Qué majadería! ¿Cómo puedes hablar así? Pero es muy probable que se enamore de una, y por eso debes visitarle en cuanto venga».

«No hallo motivo para hacerlo. Podéis ir tú y las niñas, o las puedes enviar solas, lo que quizá sea lo mejor, pues siendo tú tan hermosa como cualquiera de ellas, podrías parecer al señor Bingley lo mejor de la partida».

«Me lisonjeas, querido. Cierto que he tenido mi tinte de belleza; mas ahora no pretendo ser nada extraordinario. Cuando una mujer tiene cinco hijas adultas debe prescindir de pensar en su propia hermosura».

«En esos casos la mujer no tiene por lo común mucha belleza en qué pensar».

«Pues bien, querido, has de ir a visitar al señor Bingley cuando venga a nuestra vecindad».

«No me comprometo a tanto, te lo aseguro».

«Piensa en tus hijas. Considera solo la proporción que sería él para una de ellas. Sir Guillermo y lady Lucas han resuelto ir solo por eso, pues en general tú sabes que no visitan a los recién llegados. Has de ir sin falta, porque nos será imposible visitarle si tú no lo haces».

«Eres sobrado escrupulosa a fe mía. Me atrevo a asegurar que el señor Bingley se alegrará mucho de verte, y yo le pondré unas líneas dándole mi cordial consentimiento para que se case con la que elija de las muchachas, aunque tendré que deslizar alguna palabreja en favor de mi Isabelita».

«Espero que no hagas semejante cosa. Isabel no es ni pizca mejor que las otras, y estoy segura de que no es ni la mitad de guapa que Juana ni la mitad de alegre que Lydia. Mas tú siempre le estás dando la preferencia».

«Ninguna tiene mucho de recomendable», replicó él; «todas son necias e ignorantes como otras jóvenes; pero Isabel posee algo mayor penetración que sus hermanas».

«¡Bennet!, ¿cómo ultrajas de semejante modo a nuestras hijas? Te complaces en molestarme. No tienes compasión de mis pobres nervios».

«Te equivocas, querida; los respeto grandemente. Son antiguos conocidos míos. Te oigo hablar así de ellos lo menos hace veinte años».

«¡Ah!, no sabes lo que sufro».

«Pero espero que te repondrás, que vivirás para ver llegar a la vecindad a muchos pollos de cuatro mil libras anuales».

«No sacaremos nada aunque vengan veinte si no los visitas».

«Ten por seguro, querida, que cuando estén los veinte los visitaré a todos».

El señor Bennet era tan singular mezcla de viveza, humor sarcástico, reserva y capricho, que la experiencia de veintitrés años no había bastado a su mujer para descifrar su carácter. Ella resultaba más fácil de conocer. Era mujer de mediana capacidad, poca instrucción y temple desigual. Cuando se hallaba descontenta se imaginaba nerviosa. La empresa de su vida la cifraba en casar a sus hijas; sus solaces eran el visiteo y el adquirir noticias.

Capítulo II

El señor Bennet fue de los primeros que visitaron al señor Bingley. Siempre había pensado hacerlo, aunque siempre también asegurara a su esposa que no lo haría, y hasta la tarde siguiente a la visita no tuvo aquella conocimiento de la misma. El hecho quedó entonces revelado del modo siguiente: Observando el señor Bennet a su hija segunda ocupada en adornar su sombrero, díjole de pronto:

«Espero que le gustaré al señor Bingley, Isabel».

«No llevamos camino», arguyó la madre con sentimiento, «de conocer los gustos del señor Bingley, puesto que no le visitamos».

«Por lo visto olvidas, mamá», dijo Isabel, «que le encontraremos en las reuniones públicas y que la señora de Long ha prometido presentárnoslo».

«No creo que la señora de Long haga tal cosa. Tiene dos sobrinas, es egoísta, hipócrita, y no tengo de ella buena opinión».

«Tampoco la tengo yo», añadió el señor Bennet, «y me congratulo de que no dependas de sus servicios».

La señora de Bennet no replicó; pero, incapaz de contenerse, principió a regañar a sus hijas.

«¡No tosas así, Catalina, por Dios! Compadécete un poco de mis nervios. Los desgarras a pedazos».

«Catalina no tose discretamente», dijo el padre; «no lo hace con oportunidad».

«No toso por divertirme», replicó Catalina con mal humor. «¿Cuándo es tu primer baile, Isabel?».

«De mañana en quince días».

«Así es», exclamó su madre, «y la señora de Long no regresa hasta el día anterior; de modo que le será imposible presentárnoslo, porque ella misma no le conocerá».

«Entonces, querida, puedes adelantarte a tu amiga presentándole tú al señor Bingley».

«Imposible, Bennet, imposible, porque yo tampoco le conoceré. ¿A qué me atormentas así?».

«Celebro tu circunspección. Quince días de relación es en verdad muy poco. En realidad no se puede saber al cabo de ellos qué clase de persona es. Pero si no nos aventuramos, otro lo hará; y después de todo, la señora de Long y sus sobrinas han de seguir su suerte. Por consiguiente, como puede ella tomar por acto de delicadeza el que declines el ofrecimiento, yo lo tomo a mi cargo».

Las muchachas clavaron los ojos en su padre. En cuanto a la señora de Bennet, exclamó solo:

«¡Qué necedad!».

«¿Qué significa esa enfática exclamación?», dijo él. «¿Tienes por necias las fórmulas de presentación, con la importancia que revisten? No puedo convenir en eso contigo. ¿Qué dices, María? Tú, que eres muchacha reflexiva y, según creo, lees librotes y los extractas».

María quiso decir algo importante, mas no acertó.

«Mientras María concierta sus ideas», continuó él, «volvamos al señor Bingley».

«Estoy harta del señor Bingley», exclamó la esposa.

«Siento oírte eso; pero ¿por qué no me lo has dicho antes? Si lo hubiera sabido esta mañana, bien seguro que no habría ido a visitarle. Es una verdadera desgracia; mas habiéndole visitado, no puedo librarme de su relación».

El asombro de las damas fue tal como él esperaba, y el de la señora de Bennet acaso sobrepujó al de las demás; pero cuando hubo pasado el primer rapto de júbilo, comenzó a declarar que eso era lo que había esperado siempre.

«¡Qué bueno eres, querido Bennet! Ya sabía yo que te persuadiría al fin. Estaba segura de que amabas demasiado a tus hijas para perder una relación como esa. ¡Qué dichosa soy! Y ha sido buena broma que, habiendo ido esta mañana, no hayas dicho una palabra hasta este momento».

«Ahora, Catalina, puedes toser a tu antojo», dijo el señor Bennet; y en diciéndolo se marchó, cansado de los entusiasmos de su mujer.

«¡Qué padre tan excelente tenéis, hijas mías!», exclamó ella cuando se cerró la puerta. «No podéis reprocharle falta de cariño, ni a mí tampoco. A nuestra edad, os lo aseguro, no es grato entablar cada día nuevas relaciones; pero algo hemos de hacer por vosotras. Lydia, amor mío, aunque seas la menor, me atrevo a asegurar que el señor Bingley bailará contigo en el próximo baile».

«¡Oh!», repuso Lydia resueltamente, «no me asusta eso, porque aun siendo la más joven, soy la más alta».

El resto de la velada se pasó en conjeturas sobre cuándo devolvería el señor Bingley su visita al señor Bennet y en determinar qué día le convidarían a comer.

Capítulo III

Cuantas preguntas hizo la señora de Bennet, ayudada por sus hijas, no fueron suficientes para obtener de su marido satisfactoria descripción del señor Bingley. Atacáronle de diversos modos: con preguntas descaradas, suposiciones ingeniosas, remotas sospechas; mas él superó a la habilidad de todas las damas, las cuales se vieron obligadas a aceptar los informes de segunda mano de su vecina lady Lucas. Las noticias de esta eran muy halagüeñas: a lord Guillermo le había gustado mucho. Era muy joven, extraordinariamente guapo, por extremo agradable, y, para coronamiento de todo, proyectaba asistir a la próxima reunión con numerosa compañía. ¡Nada podía haber más delicisso! Gustar del baile era escalón para llegar a enamorarse, y por eso se concibieron muchas esperanzas en lo referente al corazón de Bingley.

«Si pudiera ver a una de mis hijas dichosamente establecida en Netherfield», decía la señora de Bennet a su marido, «y a las demás igualmente bien casadas no tendría nada que desear».

Pocos días después Bingley devolvió la visita al señor Bennet y permaneció sobre diez minutos con él en su biblioteca. Había aquel alimentado esperanzas de que le fuera permitida una mirada a las muchachas, de cuya belleza había oído hablar mucho; pero solo vio al padre. Las señoras fueron algo más afortunadas, porque tuvieron la suerte de cerciorarse, desde una ventana alta, de que vestía traje azul y montaba un caballo negro.

Poco después se le envió una invitación para comer; y la señora de Bennet pensaba ya en los platos que habían de acreditar sus cuidados domésticos, cuando se recibió una contestación que difirió todo: el señor Bingley se veía obligado a marchar a la capital al día siguiente, y en consecuencia no podía aceptar el honor de su invitación, etcétera.

La señora de Bennet quedó por completo desconcertada. No podía imaginar qué asuntos podría tener en la capital tan poco después de su llegada al condado de Hertford, y comenzó a temer que habría de estar siempre de un lado para otro y jamás fijo en Netherfield, como era debido. Lady Lucas aquietó sus temores exponiendo la conjetura de que fuera a Londres solo para traer numeroso acompañamiento al baile; y se corrió la noticia de que Bingley iba a llevar consigo a la reunión a doce señoras y siete caballeros. Las muchachas se afligieron con semejante número de señoras; pero el día anterior al baile calmáronse oyendo que en vez de doce solo había traído de Londres seis: sus cinco hermanas y una prima; y cuando la partida penetró en la sala de la reunión constaba no más que de cinco personas en conjunto: Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro joven.

Bingley tenía bueno y caballeroso aspecto, fisonomía agradable y fáciles y no afectados modales. Sus hermanas eran personas distinguidas y muy a la moda. Su cuñado, el señor Hurst, no pasaba de semejar un caballero; pero su amigo el señor Darcy atrajo pronto la atención de la sala por su fina persona, su talle, sus bellas facciones y noble aire, y en cinco minutos se extendió la noticia de que poseía diez mil libras anuales. Los caballeros afirmaban que tenía figura distinguida, las señoras declararon que era mucho más guapo que Bingley; y así, fue mirado con singular admiración aproximadamente la mitad de la velada, hasta que sus modales disgustaron de tal modo que se disipó la oleada de su popularidad por haberse descubierto que era orgulloso, que pretendía sobreponerse a todos y por todos ser complacido, y ni aun su extenso estado en el condado de Derby pudo ya librarle de tener el más desagradable y odioso aspecto y no valer nada en cotejo con su amigo.

Bingley entró pronto en relación con las principales personas de la sala; era vivo y franco, bailó todos los números, sintió que el baile acabase tan temprano, y habló de ofrecer él mismo uno en Netherfield. Tan amables cualidades se recomendaban por sí mismas. ¡Qué contraste entre él y su amigo! Darcy bailó solo una vez con la señora de Hurst y otra con la señorita de Bingley, declinó el ser presentado a ninguna otra señora y empleó el resto de la velada en pasearse por la sala y hablar alguna vez con alguno de su partida. Su carácter quedaba juzgado: era el hombre más orgulloso y más desagradable del mundo, y todos suponían que no volvería otra vez. Entre los más adversos a él se contaba la señora de Bennet, cuyo disgusto por el comportamiento de él en general se había aumentado hasta tornarse particular resentimiento por haber menospreciado Darcy a una de sus hijas.

Isabel Bennet se había visto obligada por la escasez de caballeros a permanecer sentada durante dos números del baile, y parte de ese tiempo había estado tan cerca de Darcy que pudo escuchar la conversación entre este y Bingley cuando el último llegó allí desde donde bailaba para invitar a su amigo a unírsele.

«Ven, Darcy», díjole; «he de hacerte bailar; me carga verte de ese modo estúpido. Obrarías mucho mejor bailando».

«¡Bien seguro que no lo haré! Tú sabes cuánto lo detesto, a no ser que conozca especialmente a mi pareja. En una reunión como esta eso me sería insoportable. Tus hermanas están comprometidas y no hay en el salón ninguna otra mujer con la cual no me sirviera de castigo el estar».

«Por nada del mundo me aburriría yo como tú», exclamó Bingley. «A fe mía que nunca en mi vida he encontrado muchachas tan simpáticas como las de esta noche, y mira cómo hay varias extraordinariamente bonitas».

«Estás bailando con la única muchacha guapa del salón», repuso Darcy mirando a la mayor de las Bennet.

«¡Oh!, es la criatura más bella que he visto jamás. Pero ahí, justamente detrás de ti, está sentada una de sus hermanas, que es muy bonita, y aun me atrevo a añadir que muy agradable. Déjame suplicar a mi pareja que te presente».

«¿Qué quieres decir?», y volviéndose, contempló un momento a Isabel hasta que sorprendió su mirada; apartó entonces su vista y dijo fríamente: «Es pasadera; pero no lo suficientemente hermosa para tentarme; y por ahora no estoy de humor de conceder importancia a muchachas desairadas por los otros hombres. Mejor harás en volver a tu pareja y gozar de sus miradas, porque estás perdiendo el tiempo conmigo».

Bingley siguió el consejo, Darcy se marchó, e Isabel quedó con no muy cordiales sentimientos hacia este. Sin embargo, entre sus amigas contó la historia con mucho ingenio, porque poseía dotes de viveza y gracia y se complacía en lo ridículo.

En conjunto, la velada transcurrió gratamente para toda la familia. La señora de Bennet había visto a su hija mayor muy admirada por la gente de Netherfield; Bingley había bailado con ella dos veces, y sus hermanas la habían distinguido. Juana estaba tan satisfecha por todo eso como pudiera estarlo su madre, pero con más tranquilidad; Isabel notó la satisfacción de Juana. María misma se había oído llamar por la señorita Bingley la muchacha más completa de la vecindad, y Catalina y Lydia habían sido suficientemente afortunadas para no estar nunca sin pareja, que era cuanto ellas habían aprendido a ambicionar en un baile. Por eso volvieron contentas a Longbourn, lugar donde vivían y en que eran los principales habitantes. Encontraron aún levantado al señor Bennet, quien, con un libro delante, no se cuidaba del tiempo, y en la ocasión presente sentía bastante curiosidad por conocer el resultado de una velada que había despertado tan óptimas esperanzas. Acaso creyera que la opinión de su esposa sobre el forastero fuera desagradable; mas pronto hubo de oír muy diferente relación.

«¡Oh querido Bennet!», dijo en cuanto entró en el cuarto. «Hemos pasado una velada agradabilísima; ha resultado un baile admirable. Quisiera que te hubieses hallado allí. Juana ha sido tan admirada que no se ha visto cosa igual. ¡Todo el mundo ha confesado lo bien que parecía, y el señor Bingley la ha encontrado bellísima y ha bailado con ella dos veces! Piensa en eso, querido: ¡ya ha bailado con ella dos veces!, siendo la única del salón a quien ha pedido el segundo baile. El primero lo pidió a la señorita Lucas. ¡Estaba yo tan contrariada de verle a su lado!; mas no le gustó nada, y es natural que no le gustase, tú lo sabes; al paso que pareció por completo entusiasmado con Juana cuando esta salió a bailar. Por eso se informó de quién era; le fue presentado, y la comprometió para el número próximo de baile. Después bailó el tercero con la señorita de Long, y el cuarto con María Lucas, y el quinto otra vez con Juana, y el sexto con Isabel...».

«Si hubiera tenido alguna compasión de mí», exclamó impaciente el marido, «no habría bailado ni la mitad. ¡Por Dios, no me hables más de sus parejas! ¿Por qué no se habrá lastimado en el primer baile?».

«¡Oh querido mío», continuó la señora de Bennet, «estoy satisfechísima de él! Es sobremanera guapo, y sus hermanas son encantadoras. No he visto en mi vida nada más elegante que sus vestidos. Creo que el vestido de la señora de Hurst... Aquí fue interrumpida de nuevo; el señor Bennet protestó contra toda descripción de adornos. Viose por ende obligada a tocar otra parte del tema y relató con gran amargura y algo de exageración la ofensiva rudeza de Darcy».

«Pero te aseguro», añadió, «que no pierde ella mucho con no ser de su gusto, porque es persona muy desagradable, feo, y que de ningún modo puede gustar; tan altanero y vano, que no había allí quien le pudiera aguantar. Se paseaba de acá para allá creyéndose muy importante. ¡Que no es bastante guapa para bailar con él! Querría que hubieses estado allí, querido mío, para haberle dado una de tus lecciones. Le detesto por completo».

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