Proyecto Fénix
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Preparación para la muertePrimeras páginas

San Alfonso María de Ligorio (trad. Joaquín Roca y Cornet) · 1758

Consideración I. Pintura de un hombre que acaba de morir

Pulvis es, et in pulverem reverteris.
Porque polvo eres, y en polvo te convertirás (Gn 3, 19).

Punto I

Considera que tierra eres, y que en tierra te has de convertir. Día vendrá en que será forzoso morir y podrirse en una sepultura, en donde serás roído de gusanos: «Tu cobertura serán los gusanos». Todos deben sufrir la misma suerte, tanto el noble como el hombre de la plebe, tanto el monarca como el vasallo. El alma saldrá del cuerpo con la última contracción de la boca, y pasará a su eternidad, y el cuerpo se reducirá a polvo: «Quitarás el espíritu de ellos, y desfallecerán, y se reducirán a polvo».

Figúrate hallarte en presencia de una persona que acaba de exhalar el último suspiro. Examina este cadáver tendido sobre el lecho, la cabeza inclinada sobre el pecho, los cabellos esparcidos y húmedos aún del frío sudor de la muerte, hundidos los ojos, desencajadas las mejillas, el rostro de color de ceniza, la lengua y los labios de color de plomo, el cuerpo frío y pesado. ¿Quién no vuelve pálido, quién no se estremece a semejante espectáculo? ¡Cuántos han mudado de vida y abandonado el mundo al solo aspecto del cadáver de un pariente o de un amigo!

Pero mucho más horrible es cuando el cadáver empieza a descomponerse. Apenas han discurrido veinte y cuatro horas desde la muerte de este joven, y ya empieza a manifestarse la putrefacción. Que se abran las ventanas, que se queme algún incienso, que se lleve cuanto antes el cadáver a la iglesia o al cementerio, porque infecta toda la casa. «El cuerpo de un noble o de un rico despedirá aún el hedor más insoportable», dice cierto autor.

Ved ahí en lo que ha parado ese hombre soberbio, ese hombre que llevaba una vida obscena. Poco hace acogido con aplauso en todos los círculos de la sociedad, y hoy inspira horror y hastío a cuantos le miran. Los parientes se apresuran a sacarle de casa, y pagan portadores para que le encierren en un ataúd, se lo lleven, y le den sepultura. No ha mucho que solo se hablaba del talento de este hombre, de su finura, de su cortesanía, de su jovial humor; pero después que ha muerto, ni aun se conserva su memoria: «Pereció la memoria de ellos con el sonido».

A la nueva de su muerte, dicen unos: «Este hombre era muy honrado»; dicen otros: «Ha dejado su casa en una fortuna brillante». Los unos se contristan, porque el difunto les era de alguna utilidad; alégranse los otros, porque esta muerte les aprovecha. Por fin, dentro de poco nadie dirá más de él. Los parientes más cercanos no quieren oír hablar del finado desde un principio, por no renovar su dolor. En las visitas de luto se habla de otras cosas; y si alguno va a hablar del difunto, uno de los parientes responde al momento: «Por Dios, no pronunciéis más su nombre».

Considera que por tu muerte se hará contigo lo que has hecho tú por tus amigos y por tus parientes. Los vivos se adelantan en la escena del mundo para desempeñar por su turno su papel, y tomar posesión de los bienes que pertenecían a los muertos; y a pesar de todo esto ya no se piensa más en ellos. Al principio los parientes se afligen por algunos días, pero no tardan en encontrar y en consolarse con los bienes que heredan. De este modo vienen como a alegrarse de tu muerte; y en esta misma sala, en donde habrás exhalado el último suspiro, y habrás sido juzgado por Jesucristo, se bailará, se tendrán diversiones, se jugará, habrá regocijos como antes. ¿Y tu alma dónde estará entonces?

Afectos y súplicas

¡Oh Jesús, y Redentor mío! gracias os doy de que no hayáis permitido que muriese, cuando estaba en desgracia Vuestra. ¡Cuántos años seguidos no merecía yo estar sepultado en el abismo del infierno! Si yo hubiese muerto tal día, aquella noche, ¡qué hubiera sido de mí por toda una eternidad! ¡Señor! gracias os repito mil veces por tal beneficio. Yo acepto mi muerte en satisfacción de mis pecados; y la acepto tal cual sea de Vuestro agrado enviármela; mas, ya que me la habéis retardado hasta el presente, retardadla aún, oh Dios mío: «Déjame, pues, que llore un poquito mi dolor». Dadme tiempo para llorar las ofensas de que me hice culpable a Vuestros ojos, antes que llegue el día en que habéis de juzgarme.

No quiero ya resistir por más tiempo a Vuestra voz. ¡Quién sabe si las palabras, que acabo de leer, son el último clamor, que me hacéis oír! Confieso que soy indigno de misericordia. Tantas veces me habéis perdonado, y yo, ingrato de mí, os he ofendido de nuevo: «Al corazón contrito y humillado no lo despreciarás, oh Dios». ¡Señor! ya que no desecháis un corazón que se arrepiente y se humilla, ved ahí el traidor que vuelve a Vos herido por la flecha del arrepentimiento. «No me deseches de Tu rostro». Por piedad no me arrojéis de Vuestra presencia. Vos mismo dijisteis: «Aquel que a mí viene, no le echaré fuera». Verdad es que más que nadie os he ultrajado, porque más que a nadie me habéis favorecido con Vuestras luces y con Vuestras gracias; pero la sangre, que por mí habéis derramado, me da aliento, y me hace esperar el perdón, si de veras me arrepiento. Sí, oh mi soberano bien, yo me arrepiento con toda mi alma de haberos despreciado. Perdonadme, y concededme la gracia de amaros en adelante. Harto hay ya de haberos ofendido. El tiempo que me queda para vivir, ¡oh dulce Jesús mío! no quiero emplearle más en ofenderos; quiero tan solo llorar amargamente por los disgustos, que he podido daros; amaros quiero con toda la fuerza de mi alma, ¡oh Dios que merecéis un amor infinito! Oh María, mi esperanza, rogad a Jesús por mí.

Punto II

Mas para ver más claro lo que eres, oh cristiano, dice S. Juan Crisóstomo: «Acércate al sepulcro, contempla el polvo, la ceniza y los gusanos, y llora». Examinad cómo este cadáver va volviéndose amarillo o lívido, y después negro. No tarda en formarse sobre la superficie una especie de vellón blanquizco y asqueroso, del cual sale una materia glutinosa y fétida que cae por tierra. Ese, pues, produce y fermenta una multitud de gusanos, que se alimentan de la misma carne: los ratones se juntan a los gusanos para devorar aquel cuerpo. Los unos van rodando por encima del cadáver, los otros entran en la boca y en las entrañas: las mejillas, los labios, los cabellos caen a pedazos: el pecho es el primero en descarnarse, después los brazos, después las piernas. Cuando los gusanos se han comido toda la carne, se devoran unos a otros, y de todo este cuerpo no queda más que un esqueleto fétido, que se parte a trozos con el tiempo, pues los huesos se separan entre sí, y la cabeza se deshace del tronco: «Reducidos como a tamo de una era de verano, lo que arrebató el viento». Ved ahí lo que es el hombre, un poco de polvo que el menor viento dispersa.

¿Dónde está, pues, aquel caballero a quien se miraba como el encanto y el alma de la bella sociedad? Entrad en su cámara, no le encontraréis. Si examináis su lecho, otro descansa en él; si buscáis sus vestidos, sus armas, todo esto se ha dividido. Si deseáis verle, haceos acompañar a aquel sepulcro, en donde está trasformado en podre y en huesos descarnados. ¡Oh Dios mío! Este cuerpo alimentado con tantas delicias, vestido con tanta pompa, respetado por tantos servidores, ¡a qué se ve reducido! ¡Oh grandes santos! vosotros lo habéis entendido; vosotros, que por este Dios, que fue el único objeto de vuestro amor sobre la tierra, habéis sabido mortificar vuestros cuerpos. De este modo vuestros huesos son venerados hoy día y conservados preciosamente en urnas de oro. De este modo vuestras almas, bellas y radiantes, gozan de la presencia de Dios, esperando el día en que vuestros cuerpos participarán de vuestra gloria, así como participaron en la tierra de vuestros sufrimientos. Amar de veras el cuerpo, es hacerle sufrir toda suerte de ultrajes, a fin de que sea después feliz en la eternidad: es negarle los placeres, que le precipitarían en el infierno.

Afectos y súplicas

¡Ved ahí pues, oh Dios mío, a qué debe reducirse mi cuerpo por el cual tanto os he ofendido! Él ha de venir a ser presa de gusanos y de corrupción. Mas no me aflijo de esto, oh Señor, antes bien me alegra que esta carne, que me ha hecho perder Vuestra amistad, deba un día corromperse y consumirse. Una sola cosa me contrista: el haberos causado tanta pena por procurarme placeres tan miserables. Mas no quiero desconfiar de Vuestra misericordia: Vos me habéis aguardado para perdonarme: «Aguarda el Señor para tener misericordia de vosotros». Y Vos ya queréis perdonarme con tal que me arrepienta. Sí, yo me arrepiento de todo mi corazón, oh bondad infinita, de haberos despreciado. Yo debo decir con Sta. Catalina de Génova: «Jesús mío, no, no más pecados, no más pecados». No quiero ya más abusar de Vuestra paciencia. No quiero más esperar para abrazaros, oh amor crucificado, el momento en que, estando cercano a la muerte, el confesor me invitará a contrición. Desde este momento, amor mío, os cubro de besos; desde este momento os recomiendo mi alma: «En Tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Por tantos y tantos años mi alma ha sido del mundo, y no os ha amado. Dadme la luz y la fuerza necesarias para amaros durante el resto de mis días. No, yo no quiero esperar a la hora de mi muerte para amaros. Desde este instante os amo, os abrazo, os estrecho contra mi corazón: os prometo no abandonaros jamás. ¡Oh Virgen santa! unidme, ligadme a Jesucristo con cadenas indisolubles, y haced que nunca más Le pierda.

Punto III

¡Oh hermano mío! reconócete a ti mismo, en esta pintura de la muerte, mira lo que vendrás a ser algún día: «Acuérdate que polvo eres, y en polvo te convertirás». Piensa que dentro de pocos años, dentro de pocos meses, dentro de pocos días, quizás, no serás más que gusanos y podre. Este solo pensamiento hizo de Job un gran santo: «A la podre he dicho: Mi padre eres tú: mi madre y mi hermana, a los gusanos».

Todo ha de finir: si pierdes tu alma, para ti todo está perdido. «Considérate ya muerto», dice S. Lorenzo Justiniani, pues sabes que de necesidad has de morir. Si fueras ya muerto, ¿qué no desearías haber hecho? Pues bien, mientras vives, piensa que algún día serás muerto. Dice S. Buenaventura que el marinero, para bien gobernar su nave, se pone en el timón; asimismo, el hombre, que quiere llevar una buena vida, debe imaginarse que se halla en el momento de morir. Por esto dice S. Bernardo: «Mira tu juventud y ruborízate»; esto es, mira los pecados de tu juventud y llénate de vergüenza: «Mira tu virilidad y llora»; es decir: mira los pecados de tu edad viril, y llóralos; «Mira tus postrimerías y estremécete»; como si dijera: mira por fin los últimos pecados de tu vida, y tiembla, y ponles remedio sin perder momento.

Cuando S. Camilo de Lelis se inclinaba sobre el hoyo de las sepulturas, se decía a sí mismo: «Si volvieran los muertos a este mundo, ¿qué no harían para la vida eterna? Y yo, que tengo tiempo, ¿qué hago para la salud de mi alma?». Cuando así hablaba este Santo, era por humildad. Pero tú, hermano mío, tal vez con más justa razón pudieras temer el ser la higuera sin fruto, de la que decía el Señor: «Mira, tres años ha que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo». Tú, que hace más de tres años estás en este mundo, ¿qué fruto has traído? Mirad, dice S. Bernardo, que el Señor no busca solamente flores, sino que quiere frutos; es decir, que no se contenta con deseos y buenos propósitos, sino que exige obras de santidad. Sábete, pues, aprovechar el tiempo, que Dios en Su bondad te concede, no esperes el momento de hacer el bien. Cuando haya pasado el instante oportuno, se te dirá: «Ya es tarde: vete». Bastante has vivido, hora es de partir de este mundo: presto: lo hecho, hecho queda.

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