La vida de identificación con Cristo JesúsPrimeras páginas
Prefacio
En su ascenso hacia Dios, el alma fervorosa suele pasar por dos etapas que, aunque muchas veces cuesta distinguirlas, a veces se separan con nitidez: la intimidad con Jesús y la identificación con Él. Al principio, el alma queda prendada del Maestro, cautivada por su amabilidad divina, y encuentra su gozo en una intimidad cada vez mayor con el Amado. Para hacer más perfecta esa intimidad, Dios suele conceder al alma que ha llegado a esta etapa ese sentimiento particular de su divina presencia que solo Él puede dar. Es una gracia mística, aunque muchas almas no se dan cuenta de que la reciben. El alma se siente entonces como un sagrario vivo, donde el divino Maestro habita y la invita a tratarlo con familiaridad.
Esa intimidad se ahonda siempre y, poco a poco, se transforma en identificación con Jesús. El alma va dejando de lado sus propios sentimientos para hacer suyos los de Cristo, para dejarlo vivir y obrar libremente en ella. Esto es, de verdad, vivir en nombre de Jesús, vivir por Él y en lugar suyo. Si el alma es generosa, a menudo una nueva gracia mística viene a impulsar y alentar con fuerza este proceso de identificación. Al sentimiento de su divina presencia, Dios añade ahora el sentimiento infuso y pasivo de su acción divina y transformante. El alma siente que Cristo vive y ama en ella. Comprende por experiencia que el amor infuso que penetra, absorbe y arrebata todo su ser no es otro que el amor con que Jesús mismo ama a su Padre en ella. Siente que toda su vida está como fundida en la vida de Cristo dentro de ella. Es una sola cosa con Él. Y esta identificación, cada vez más admirable, conduce a la unión perfecta de la santidad, la que se llama unión transformante, en la que el alma puede exclamar con toda verdad, con el Apóstol: «Vivo yo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20).
En estas pocas y sencillas páginas queremos exponer una manera de entender la vida espiritual que, por su misma naturaleza, parece muy apta para ayudar al alma a avanzar por estas dos etapas del camino de la santidad. Fundada en un dogma central de la vida espiritual, el de la gracia santificante y la inhabitación divina, nos ayuda de un modo singular a estimar y practicar esa preciosa intimidad con Cristo que constituye la primera etapa. Luego, siguiendo la admirable enseñanza del gran Apóstol sobre nuestra incorporación a Cristo, nuestra Cabeza mística, orienta toda la vida espiritual hacia la transformación en Jesús y la identificación con Él. Y así, al desarrollar sin cesar en nosotros los afectos propios de la vida unitiva, nos eleva poco a poco hasta sus cumbres más altas.
Hemos procurado hacer una síntesis de esta espiritualidad paulina y, a la vez, poner de relieve toda su grandiosa belleza, su gozo arrebatador y sus inestimables ventajas.
Muchas almas, por desgracia, han oído poco o nada de esta clase de espiritualidad, y muy pocas han sabido ajustar su vida espiritual a estas verdades tan hermosas y consoladoras. Su vida interior transcurre al margen de ellas. De hecho, parece reducirse casi por entero a la corrección de defectos y detenerse en el umbral de la vida unitiva. Es una gran lástima, porque esas almas solo conocen el lado trabajoso de la vida espiritual y apenas saben nada de su lado más dulce, más puro y más afectuoso, el que es propio de la vida de unión: el que nos identifica con Dios y, por un amor que unifica, nos permite gozar de Él y de sus divinas perfecciones como si de verdad fueran nuestras.
El propósito de estas páginas es descubrir a esas almas una dulzura que nunca habían soñado.
¡Dichosos los que se deleitan saboreando las sublimes enseñanzas del Apóstol! En el jardín de la Iglesia, donde el divino Jardinero cultiva mil flores distintas para que lo alegren con su perfume, se parecen a esas orquídeas raras y señoriales que, muy por encima de la tierra común, encuentran su alimento en la grieta de una roca o en el hueco de un árbol nudoso, donde otras flores se marchitarían y morirían.
Gracias a Dios, hoy son muchas las almas ávidas de unión, que arden en deseos de una entrega total y están dispuestas a renunciar a la alegría de su propia vida personal para que Cristo, su Amado, que vive en ellas, la haga toda suya; almas a las que atormenta, de un modo exquisito, el deseo insaciable de amar a Dios, y que sienten con tristeza que nunca podrán amarlo, ni hacerlo amar, como ellas quisieran o como Él lo desea.
Hemos escrito estas páginas para todas las almas fervorosas, pero sobre todo para estas últimas. A propósito hemos condensado nuestro pensamiento y nos hemos limitado a sugerir temas para una meditación dulce y unitiva. Dejamos al divino Maestro que revele a cada alma, en el trato íntimo, una comprensión más honda y más práctica de estas verdades, porque solo Él puede hacerlo. Estamos convencidos de que esas almas sabrán deleitarse en las sublimes enseñanzas del Apóstol, y que el dulce regusto de la lectura las llevará a volver sobre ellas para meditarlas con calma. Porque quizá no esté de más recordarles que la sola lectura, por atenta y sentida que sea, nunca produce efectos duraderos. Las almas que se sienten vibrar al unísono con estos pensamientos, y que, por los dones del Espíritu Santo, se han vuelto tierra propicia para que germinen, deben procurar saborearlos por dentro y asimilarlos poco a poco, para poder reproducirlos con perfección en su vida, para mayor agrado de ese amado Jesucristo de quien pueden exclamar con san Pablo:
«Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1, 21).
Capítulo I. La gracia santificante y la intimidad con Dios presente en el alma
En los últimos tiempos, la doctrina de la gracia santificante y de la presencia permanente de Dios en nuestras almas, que casi se había perdido de vista, ha vuelto a salir a la luz. Dondequiera que ha nacido un gusto por la mística sana, se ha reconocido que esta doctrina debe recuperar el lugar de honor que le daba el gran Apóstol.
Se han publicado muchos libros interesantes y valiosos sobre el tema, y varias revistas se han dedicado especialmente a él. Han aparecido también excelentes opúsculos, como los del P. R. Plus, S.J., o los del P. P. Caenen, S.J., cuyo único fin es hacer familiares y practicables las ideas que en otras obras se exponen de forma más teórica. Creemos que estos libros están especialmente llamados a cumplir una misión de inmenso valor, y les deseamos una amplia difusión. Porque hay que reconocer que, en el terreno práctico, hasta ahora se ha hecho muy poco. Muchos siguen considerando la doctrina de la gracia un tema demasiado teórico o demasiado abstruso para tratarlo de ordinario. Muchos predicadores y directores espirituales han agotado en sus sermones e instrucciones todos los demás temas, pero nunca se han atrevido a tocar el de la gracia santificante. Muchos sacerdotes y religiosos no han recibido más que una exposición árida y teórica del asunto en algún curso de teología dogmática. Por eso su conocimiento es poco práctico e ineficaz. Han estudiado esta doctrina sublime sin hacerla realidad en sí mismos, sin saborearla y, menos aún, sin entretejerla con su vida. Y un tesoro de valor inmenso ha terminado por parecerles algo que más vale no tocar.
Sin embargo, no se concibe que se deje de lado de este modo un punto fundamental del dogma, y que la inmensa mayoría de los cristianos ignore lo que con verdad podría llamarse la esencia de la vida cristiana: que de esa vida no vean más que las apariencias exteriores, las realidades tangibles y materiales, mientras su alma, su sublimidad íntima y misteriosa, les queda oculta. La adopción divina por la gracia santificante recibida en el Bautismo, la misteriosa participación en la naturaleza divina, la incorporación a Cristo, el sacerdocio místico de todos los cristianos y, sobre todo, la presencia real de Dios en las almas humanas: todos estos son otros tantos títulos de nobleza de los que ni siquiera tienen conciencia. Llevan a Dios dentro de sí y ni siquiera lo saben. Todas las maravillas de una doctrina eminentemente paulina les son del todo desconocidas.
¿No es triste ver tan poco apreciados, e incluso del todo insospechados, los beneficios de un Dios que nos ama?
El amor extático de Dios se revela sobre todo en un doble don: por una parte, la Encarnación y la Sagrada Eucaristía; por otra, la presencia de Dios en el alma santificada y divinizada. El primer don, más tangible, es relativamente conocido y apreciado por los fieles; el segundo casi no existe para ellos. ¿Y quién tiene la culpa? Al parecer, los que debieron ahondar en estas magníficas verdades, saborearlas y expresarlas en su vida, y luego esforzarse con entusiasmo por darlas a conocer a los fieles.
¡Y cuánto ha perdido la vida espiritual con este descuido! ¡Qué impulso para elevarse por encima de las pequeñeces de esta vida nos daría la conciencia de que ya no somos simples hijos de los hombres, sino hijos de Dios por adopción! ¡Qué despreciables parecerían las mezquindades de la tierra a la luz de saber que somos hijos de Dios por naturalización y, por así decirlo, transformados en su Ser! Sobre todo, ¡cómo cambiaría la vida de innumerables cristianos, e incluso de sacerdotes y religiosos, si llegaran a hacer suya esta verdad sublime: «Dios es el divino Huésped de mi alma; habita en ella día y noche, deseoso de recibir el homenaje incesante de mi amistad íntima y de mi amor»!
¿Qué mayor estímulo para la vida interior y el recogimiento que estas consideraciones, si de verdad las hiciéramos pasar a nuestra vida? A su lado, ¡qué débiles e ineficaces resultan tantos otros motivos que suelen proponerse para animarnos en la vida espiritual! Se alaban las ventajas de una vida recogida, se detallan los peligros de la disipación, quizá incluso se menciona a un Dios presente en todas partes que ve nuestro pensamiento más secreto; pero olvidamos al Dios que, en su amor infinito, se digna necesitar nuestra amistad y que, para obtenerla más fácilmente, se nos da en la intimidad de nuestras almas y hace de ellas su cielo, sus sagrarios vivos. No se insiste lo bastante en que, si bien no podemos gozar cuando queremos de la compañía del Hombre-Dios en nuestros altares, sí podemos, como santa Catalina de Siena, retirarnos dentro de nosotros mismos para conversar con el Dios de nuestro corazón. Creemos que ninguna consideración llevaría tanto como esta a una vida de oración incesante y de trato continuo con Dios.
¿No es acaso el amor al recogimiento interior y al trato familiar con Dios un rasgo propio de las almas interiores? Si tienen gran devoción a Jesús en el Santísimo Sacramento, la tienen igualmente a Jesús, Verbo eterno, Huésped y vida de su alma. El capítulo octavo del libro segundo de la Imitación de Cristo lo muestra con toda claridad. Pero es de lamentar que, por el silencio que se guarda sobre el dogma de la presencia permanente de Dios en nosotros, muchas almas tarden tanto en llegar a esta excelentísima práctica de la devoción a Dios, Huésped de nuestro corazón, y que otras no lleguen nunca a ella en toda su vida espiritual.
Hay que añadir que la doctrina de la gracia, y en especial una fe bien arraigada en la presencia de Dios dentro de nosotros, puede influir mucho en el desarrollo de la vida mística y de la oración mística. Es cosa sabida que la oración pasiva no depende de nuestros esfuerzos. La misma palabra «pasiva» lo demuestra. Es un puro don de Dios. Con todo, es cierto que el alma puede prepararse en gran medida para recibir este tesoro divino. Dios no siembra su semilla divina donde ve que corre peligro de ser ahogada por deseos egoístas y mundanos. Por eso podemos, y debemos, prepararnos quitando los obstáculos y creando un ambiente favorable para recibir este don divino y para que se desarrolle.
Según san Juan de la Cruz, el rasgo principal de la oración mística es una noticia amorosa de Dios, indefinible, general y oscura, recibida pasivamente. Este príncipe de la teología mística habla de ella sin cesar y declara en términos inequívocos que, si por una parte no debemos desear en modo alguno éxtasis ni otros favores extraordinarios, por otra nunca estimaremos demasiado ni desearemos y pediremos con bastante ardor esta unión amorosa con Dios, que constituye la esencia misma de la unión mística. Se entiende entonces fácilmente que no puede haber mejor preparación para la oración pasiva que una atención amorosa y activa, habitual, al divino Huésped de nuestro corazón. Es verdad que entre esta atención amorosa activa y la pasiva e infusa hay un abismo, y que solo Dios puede salvarlo. Pero no es menos cierto que entre ambas hay una estrecha analogía. Se comprende sin esfuerzo que el alma que se deleita en conversar con su divino Huésped experimenta sentimientos muy acordes con los de la oración sobrenatural, que la preparan admirablemente para ella y, en cierto modo, la invitan a ella. Hay razones para pensar que la divina Bondad, al ver al alma tan bien dispuesta y tan atenta, no se dejará vencer en generosidad dejándola sola en este trato amoroso. De vez en cuando, y poco a poco con más frecuencia, le hará oír esa respuesta divina que, recibida pasivamente en el alma, es en realidad la oración mística. Así, sin que se dé cuenta, bajo la acción divina, la atención amorosa y activa del alma se convierte en la atención amorosa, pasiva e infusa de la oración sobrenatural.
Hasta aquí hemos hablado del elemento positivo de la preparación. El negativo consiste en quitar los obstáculos. Ahora bien, por nombrar solo uno, todos admiten que el principal obstáculo para la vida mística es la falta de recogimiento, la disipación de la mente y del corazón. Sabemos cuánto insisten los grandes maestros, santa Teresa, san Juan de la Cruz y otros, en vaciar la mente y el corazón de las cosas creadas. La memoria, el entendimiento y la voluntad han de estar bajo una disciplina estricta. Hay que reprimir su actividad natural y reducirla a un volverse constante y amoroso hacia Dios. Pues bien, ¿no busca por instinto el alma penetrada de la gran realidad de la presencia de Dios unificar sus miras y tender toda entera hacia Él? Consciente de la joya preciosa que guarda dentro de sí, vuelve a ella sin cesar con sus pensamientos y afectos. Todas sus potencias se concentran en Dios y son atraídas como por un imán hacia Aquel cuyas perfecciones la cautivan cada vez más, mientras las criaturas pierden importancia y van cayendo poco a poco en el olvido. Las influencias que distraen tienden a desaparecer y dejan de turbar al alma en el ejercicio de esa atención amorosa que Dios quiere comunicarle por la oración mística. El alma, por su parte, está dispuesta. Ahora Dios la ayudará, mediante una larga purificación, a hacerse todavía más sencilla y más espiritual. La dolorosa «noche del sentido» la envolverá para obrar en lo más hondo de su alma lo que ella es incapaz de lograr por sus propios esfuerzos.
Pero las ventajas de la devoción a las tres divinas Personas que habitan en el alma no terminan ahí. Van mucho más allá de la purificación del sentido. Pasada esta etapa, el alma ha cruzado claramente el umbral de la oración mística. Ahora bien, ya en los primeros grados de la contemplación infusa, el alma suele experimentar un sentimiento pasivo y nítido de la divina presencia dentro de ella, y esto es un don gratuito de Dios. Dios se hace sentir de modo experimental y pasivo, y atrae al alma hacia sí.
Algunos llegan a ver en este sentimiento infuso de la divina presencia una nota esencial y característica de toda oración mística. Sin ir tan lejos, hay que admitir que, en la práctica, este sentimiento es a menudo una señal por la que se reconoce con facilidad la presencia de la oración sobrenatural. Y creemos que puede tenerse por cierto que muchos, sobre todo al comienzo del período de transición, solo se dan cuenta de su entrada en la vida mística por este sentimiento pasivo de la divina presencia en ellos.
Se comprende entonces lo bueno que sería inculcar, a tiempo y a destiempo, la devoción a la divina presencia en nosotros. Demasiadas almas la tienen por una simple metáfora. Y es de lamentar, porque pronto sonará la hora en que Dios las invite a recogerse dentro de sí para conversar con Él en la oración de recogimiento pasivo o de quietud. Les concederá ese sentimiento exquisito de su divina presencia, aunque al principio en un grado muy tenue. Pero, ¡ay!, el alma, que ignora la realidad de esta presencia y está acostumbrada a imaginar a Dios fuera de sí, probablemente no le prestará atención. Al no advertir la gracia que se le ofrece, corre el riesgo de no oír la invitación divina o, al menos, de no apreciar en todo su valor la perla preciosa y arrojarla lejos. Después de gozar un tiempo de la intimidad divina, quizá se disipe y vuelva a buscar consuelo en las criaturas, haciéndose así indigna de nuevos favores.
Pensemos, en cambio, en un alma que desde hace tiempo ha hecho suya la doctrina de la presencia permanente de Dios. Con su propio esfuerzo, ayudada por la gracia, se ha acostumbrado a conversar con su Amado de un modo afectuoso y muy sencillo; ha adquirido una verdadera devoción al Huésped de su alma, como también a Aquel que habita en nuestros Sagrarios. Esta alma sentirá al instante los toques místicos, por delicados que sean. Se estremecerá de gozo ante la más leve experiencia pasiva de la presencia de Dios. ¡Qué grande es ahora su felicidad, pues no solo sabe, sino que saborea con deleite la presencia de su Amado! Llena de gratitud y de amor por tan gran bien, concentrará desde entonces todos sus esfuerzos en hacerse digna de nuevos favores.
Nadie negará que muchas almas nunca llegan a la oración mística, y que muchas otras no pasan de sus grados inferiores por falta de una sólida enseñanza espiritual. El místico mexicano Godínez llega a decir que el noventa por ciento de las almas llamadas a la oración pasiva encuentran un obstáculo en la falta de buena dirección. Aunque la afirmación parece muy exagerada, recordamos los anatemas que san Juan de la Cruz lanza contra los directores ignorantes que obran en contra de la acción divina y se empeñan en imponer el método discursivo a las almas contemplativas. ¿No podríamos añadir que muchos directores, sin ser un estorbo positivo, no ayudan lo suficiente al alma en su ascenso, a menudo doloroso, hacia la contemplación infusa? Si ellos mismos estuvieran más hondamente impregnados del sentido de la divina presencia en el alma, comprenderían mejor la repugnancia por la oración discursiva que sienten ciertas almas llegadas al umbral de la vida mística. Les permitirían dedicar parte del tiempo de oración, o incluso todo, a prestar una atención amorosa al Dios presente en ellas y a hacer lo que con razón se ha llamado la oración de simple presencia. Su deber como directores sería entonces estudiar más a fondo la materia, vivir lo que han aprendido y procurar infundir en los demás esas grandes verdades de la fe que son la base de la vida mística. Así, quizá sin darse cuenta, encaminarían a muchas almas hacia la oración pasiva, inspirándoles sentimientos que las prepararían para ella y disponiéndolas favorablemente a recibirla.
Lo que hemos dicho sobre los comienzos de la oración mística vale igualmente para su desarrollo posterior. Convenimos en que todas las almas místicas tienden por naturaleza a buscar a su Dios dentro de sí. Aunque su manera de entender la doctrina de la gracia santificante les haga imaginar, como a tantos, que la vida de Dios y su presencia en nosotros son solo metafóricas, sienten a Dios en su alma, al menos de vez en cuando. San Francisco de Sales dice que, así como las abejas vuelven a la colmena atraídas por la dulzura de la miel, el alma mística gusta de buscar a Dios dentro de sí, porque sabe por experiencia lo grata que es su compañía. ¡Cuántas se darían con más empeño a la comunión íntima con Dios si se les enseñara, si se les hiciera comprender que el buen Dios presente en ellas ve con pena que el alma se desperdicie en las cosas exteriores! Santa Teresa cuenta en su Vida la gran alegría que sintió cuando un director sabio y lleno de luz le dijo que el Dios cuya presencia en ella había sentido muchas veces de modo místico está de verdad presente en el alma de continuo por la gracia santificante. La teoría, al confirmar la experiencia, le disipó muchas dudas, porque la convenció de que su manera de vivir y su modo de orar venían de Dios. Por eso la ilustre contemplativa se quejaba a menudo de que muchas almas de oración buscan a Dios muy lejos de ellas, en un Cielo distante, en vez de buscarlo, y encontrarlo con gran facilidad, en su propio corazón. ¡Y eso que se dirigía a las fervorosas religiosas de sus Carmelos reformados!
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