Proyecto Fénix
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Jesucristo, vida del almaPrimeras páginas

Beato Columba Marmion, O.S.B. · 1917

PRIMERA PARTE

Economía del plan divino

Plan divino de nuestra predestinación adoptiva en Jesucristo

Importancia para la vida espiritual del conocimiento del plan divino

Dios nos ha elegido en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que seamos santos e irreprensibles delante de El; según el beneplácito de su voluntad, nos ha predestinado amorosamente para ser hijos suyos adoptivos por Jesucristo, en alabanza de la magnificencia de su gracia, por la cual nos ha hecho agradables a sus ojos, en su querido Hijo» (Ef 1,4-6).

En estos términos describe el plan divino sobre nosotros San Pablo, que había sido arrebatado hasta el tercer cielo y fue escogido entre todos por Dios para poner en «su verdadera luz» como él mismo dice, «la economía del misterio escondido en Dios, desde la eternidad»; y vemos al gran Apóstol trabajar sin descanso en dar a conocer este plan eterno, establecido para realizar la santidad de nuestras almas. ¿Por qué se encaminan todos los esfuerzos del Apóstol, como él mismo nos dice, «a poner bien de manifiesto esta economía de los designios divinos»? (ib. 3,8-9).

Porque sólo Dios, autor de nuestra salvación y fuente primera de nuestra santidad, podía darnos a conocer lo que de nosotros desea, para hacernos llegar hasta El.

Entre las almas que buscan a Dios, hay quienes no llegan a El sino con mucho trabajo.

Unas no tienen noción precisa de lo que es la santidad; ignoran o dejan a un lado el plan trazado por la Sabiduría eterna, hacen consistir la santidad en tal o cual concepción que ellas mismas se forman, quieren dirigirse únicamente por su propio impulso, adhiérense a ideas puramente humanas, elaboradas por ellas y que no sirven más que para extraviarlas. Podrá ser que avancen, pero fuera de la verdadera vía por Dios trazada: son víctimas de sus ilusiones, contra las cuales prevenía ya San Pablo a los primeros cristianos (Col 2,8).

Otras tienen nociones claras sobre puntos menudos de poca importancia, pero les falta la vista del conjunto; piérdense en los detalles sin llegar a tener una visión sintética, sin poder salir nunca del atolladero; su vida está llena de trabajos, y sometida a incesantes dificultades; se fatigan sin entusiasmo, sin optimismo y con frecuencia con poco fruto, porque esas almas atribuyen a sus actos una importancia mayor o les dan un valor menor que el que deben tener en conjunto.

Es, pues, de extrema importancia correr «en el camino, no a la ventura» (1Cor 9,26), como dice San Pablo, sino «de manera que toquemos la meta» (9,24); conocer lo más perfectamente que podamos la idea divina de la santidad, examinar con el mayor cuidado el plan trazado por Dios mismo para hacernos llegar hasta El, y adaptarnos rigurosamente a ese plan. Sólo de esta manera conseguiremos nuestra salvación y nuestra santidad.

En materia tan grave, en cuestión tan vital, debemos mirar y pesar las cosas como Dios las mira y las pesa Dios juzga todas las cosas con plena inteligencia, y su juicio es la norma última de toda verdad. «No hay que juzgar las cosas según nuestro gusto, decía San Francisco de Sales, sino según el de Dios: esto es capital. Si somos santos según nuestra voluntad, nunca llegaremos a serlo de verdad; seámoslo según la voluntad de Dios» (Carta a la presidenta Brulart, Sept. 1606: Obras, Annecy XIII, 213). La Sabiduría divina sobrepasa infinitamente toda la sabiduría humana; el pensamiento de Dios está dotado de fecundas energías que no posee ningún pensamiento creado; por tanto, el plan establecido por Dios encierra una sabiduría tal que nunca será frustrado por su insuficiencia intrínseca, sino únicamente por culpa nuestra. Si dejamos a la «idea», divina entera libertad para obrar en nosotros, si nos adaptamos a ella con amor y fidelidad, será extraordinariamente fecunda y nos conducirá a la más sublime santidad.

Contemplemos, pues, a la luz de la Revelación, el plan de Dios sobre nosotros. Esta contemplación será para nuestras almas una fuente de luz, de fuerza, de alegría.

Ante todo voy a daros una idea general del plan divino; después, siguiendo las palabras de San Pablo citadas al principio de esta conferencia, me ocuparé de los detalles.

1. Idea general de este plan: La santidad a que Dios nos llama por la adopción sobrenatural es una participación en la vida revelada por Jesucristo

La razón humana puede demostrar que existe un ser supremo, causa primera de toda criatura, Providencia del mundo, remunerador soberano, fin último de todas las cosas.- De este conocimiento racional y de las relaciones que entre las criaturas y Dios nos descubre, se siguen para nosotros ciertos deberes con respecto a El y con respecto a nuestro prójimo; deberes que en conjunto constituyen la ley natural y en cuya observancia se funda la religión natural.

Pero por muy poderosa que sea nuestra razón, no ha podido descubrir con certeza nada de lo referente a la vida íntima del Ser Supremo: la vida divina aparece infinitamente distante «en una soledad impenetrable» (1Tim 6,16).

La Revelación ha venido en nuestra ayuda con su esplendorosa luz.

Ella nos enseña que hay en Dios una Paternidad inefable.- Dios es padre: he aquí el dogma fundamental que presupone todos los otros, dogma magnífico, que llena de asombro a la razón, pero que cautiva a la fe y colma de gozo a las almas santas. Dios es Padre.- Eternamente, mucho antes que la luz creada brillase sobre el mundo, Dios engendró un Hijo, a quien comunica su naturaleza, sus perfecciones, su beatitud, su vida: porque engendrar es comunicar [por la donación de una naturaleza semejante] el ser y la vida. «Hijo mío eres tú; hoy te he engendrado» (Sal 2,7; Heb 1,5). «Antes de la aurora de los tiempos, yo te he engendrado de mi seno» (Sal 109,3). La vida, pues, está en Dios, vida comunicada por el Padre y recibida por el Hijo.- Este Hijo, semejante en todo al Padre, llamado con toda propiedad «unigénito» (Jn 1,18) es único, porque tiene [mejor, porque es] con el Padre una naturaleza divina única e indivisible, y uno y otro, aunque distintos entre sí (a causa de sus propiedades personales de ser Padre y de ser Hijo), están unidos con un abrazo de amor poderoso y sustancial, del cual procede la tercera persona, a quien la Revelación llama con un nombre misterioso: el Espíritu Santo.

Tal es, en cuanto la fe puede conocerlo, el secreto de la vida íntima de Dios; la plenitud y fecundidad de esa vida es la fuente de la felicidad inconmensurable que posee la inefable sociedad de las tres divinas Personas. Pero he aquí que Dios, no para acrecer su plenitud, sino para enriquecer con ella a otros seres, va a extender, por decirlo así, su paternidad.- Esa vida divina tan poderosa y abundante, que únicamente Dios tiene el derecho de vivir, esa vida eterna, comunicada por el Padre al Hijo único y por los dos a su común Espíritu, quiere Dios que sea participada también por las criaturas, y por un exceso de amor que tiene su origen en la plenitud del ser y del bien que es el mismo Dios, esa vida va a desbordarse del seno de la divinidad para comunicarse y hacer felices, elevándolos sobre su naturaleza, a los seres sacados de la nada. A esas puras criaturas, Dios les dará el dulce nombre de hijos y hará que lo sean.- Por naturaleza, Dios no tiene más que un Hijo; por amor, tendrá una muchedumbre innumerable: he ahí la gracia de la adopción sobrenatural.

Este decreto de amor, realizado en Adán desde la aurora de la creación, desbaratado después por el pecado de nuestro primer padre, que arrastra en la desgracia a toda su descendencia, será restaurado por una intervención maravillosa de justicia y de misericordia, de sabiduría y de bondad; porque el Hijo único, que vive eternamente en el seno del Padre, se une en el tiempo a una naturaleza humana, de una manera tan íntima, que esta naturaleza, sin dejar de ser perfecta en sí misma, pertenece enteramente a la persona divina a que está unida. La vida divina, comunicada plenamente a esta Humanidad, la convierte en la Humanidad real del Hijo de Dios: tal es la obra admirable de la Encarnación. De este Hombre que se llama Jesús, Cristo, decimos con entera verdad que es el propio Hijo de Dios.

Pero este Hijo, que por naturaleza es «el único del Padre eterno», no aparece en la tierra sino para llegar a ser el «primogénito de todos los que le han de recibir» después de haber sido rescatados por El (+Rm 8,29). Unigénito del Padre en los esplendores eternos, Hijo único por derecho, es constituido cabeza de una multitud de hermanos, a quienes por su obra redentora comunicará la gracia de la vida divina.

De manera que la misma vida divina que emana del Padre al Hijo y que pasa del Hijo a la humanidad de Jesús, circulará por medio de Cristo en todos aquellos que la quieran aceptar, y los impulsará hasta el seno beatificante del Padre donde Cristo nos ha precedido (+Jn 14,2; 20,17), después de haber dado por nosotros en la tierra su sangre como precio de ese don.

Toda la santidad consistirá, por tanto, en recibir de Cristo y por Cristo la vida divina; El la posee en toda su plenitud, y ha sido establecido como único mediador. Consistirá en conservar esa vida, en aumentarla sin cesar, por una adhesión más perfecta, por una unión cada vez más estrecha con aquel de quien procede.

La santidad es, pues, un misterio de la vida divina, comunicada y recibida: comunicada, en Dios, del Padre al Hijo por una «generación inenarrable» (Is 53,8) comunicada fuera de Dios por el Hijo a la humanidad a que se unió personalmente en la Encarnación; transmitida después por esta humanidad a las almas, y recibida por cada una de ellas «en la medida de su predestinación particular» (Ef 4,7). De suerte que Cristo es verdaderamente la vida del alma, porque es la fuente y el dispensador de esa vida.

La comunicación se hará a los hombres en la Iglesia, hasta el día fijado por los decretos eternos para la consumación de la obra divina sobre la tierra. En ese día, el número de los hijos de Dios, de los hermanos de Jesús estará ya completo; presentada por Cristo a su Padre (1Cor 15,24-28), la muchedumbre incontable de los predestinados circundará el trono de Dios para sacar de las fuentes vivas una felicidad sin mezcla y sin fin para exaltar las magnificencias de la bondad y de la gloria de Dios. La unión será eternamente consumada, y «Dios será todo en todos».

Tal es en sus líneas generales el plan divino; tal es, en resumen, la curva descrita por la obra sobrenatural. Cuando en la oración considera el alma esta magnificencia y las atenciones de que gratuitamente es objeto por parte de Dios, siente necesidad de abismarse en la adoración y de cantar, en alabanza del ser infinito que se inclina hacia ella para darle el nombre de hija, un cántico de acción de gracias. «¡Qué grandes son tus obras, oh Señor, qué profundos tus pensamientos!». «¡Oh, Dios mío!, ¿quién es semejante a ti? ¡Has multiplicado tus maravillas y tus amorosos designios en favor nuestro; nada hay que se te pueda comparar!» (Sal 91,6; ib. 39,6). «¡Oh Dios, tú me regocijas con tus hechos y salto de gozo ante las obras de tus manos!» (ib. 91,5-6). «Por esto te cantaré mientras viva, mientras tenga un hálito de vida te ensalzaré» (ib. 103-32). «¡Esté mi boca llena de alabanza a fin de que yo pregone tu gloria!» (ib. 70,8).

2. Dios quiere hacernos partícipes de su propia vida para hacernos santos y colmarnos de felicidad: en qué consiste la «santidad» de Dios

Comencemos ahora la exposición en detalle, tomando por guía el texto del Apóstol. Esta exposición tendrá inevitables repeticiones, pero confío que vuestra caridad las disculpará a causa de la elevación y de la importancia de las vitales cuestiones que nos ocupan. Sólo prolongando un poco la contemplación, podemos vislumbrar bien la grandeza de estos dogmas y su fecundidad para nuestras almas.

Como sabéis, en toda ciencia hay primeros principios, puntos fundamentales, que hay que empezar por conocer, porque sobre ellos reposan todas las explicaciones ulteriores y últimas conclusiones. Estos elementos primeros necesitan ser tanto más profundizados y requieren tanta mayor atención cuanto sus consecuencias son más vastas e importantes.- Es verdad que nuestro espíritu está hecho de tal manera que se desanima fácilmente ante el análisis o la meditación de las nociones fundamentales. Toda iniciación en una ciencia, como las Matemáticas, en un arte, como la Música; en una doctrina, como la de la vida interior, exige cierta atención, que nuestro espíritu no siempre presta de buen grado. En su impaciencia natural, deseana llegar inmediatamente a las ampliaciones para admirar el orden, y a las aplicaciones para recoger y gustar los frutos; pero es de temer que si no profundiza cuidadosamente los principios, falte la solidez en las conclusiones, por muy brillantes que aparezcan, y con frecuencia sean inestables y aventuradas sus aplicaciones.

Por eso, y aun a riesgo de repetirme, no dudo en volver a tratar con vosotros sobre estas verdades fundamentales. ¿No opináis acaso vosotros que solamente haciendo hincapié en el corazón del dogma, podremos sacar de él la vida, la fecundidad y la alegría para nuestras almas?

Según el pensamiento de San Pablo, cuyas palabras os he citado al comenzar, ese plan puede resumirse en pocas líneas: Dios quiere comunicarnos su santidad: «Dios nos ha escogido para ser santos e irreprensibles». -Esta santidad consiste en una vida de hijos adoptivos; vida cuyo principio y carácter sobrenatural es la gracia: «Dios nos ha predestinado a ser hijos de adopción». Finalmente y sobre todo, este misterio inefable no se realiza sino «por Jesucristo».

Dios nos quiere santos; ésta es su voluntad desde toda la eternidad: por eso nos ha elegido: «Nos ha elegido para que seamos santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1,4). «Dios quiere vuestra santificación», continúa San Pablo (1Tes 4,3). Dios desea, con una voluntad infinita, que seamos santos; lo quiere, porque El también es santo (Lev 11,44; 1Pe 1,16); porque ha cifrado en esta santificación la gloria que El espera de nosotros (Jn 15,8) y el gozo con que desea saciarnos (ib. 16,22).

Pero, ¿qué es «ser santo»? -Nosotros somos criaturas, nuestra santidad no existe más que por una participación de la de Dios; debemos, pues, para comprenderla, remontarnos hasta Dios. Sólo El es santo por esencia, o mejor, es la santidad misma.

La santidad es la perfección divina, objeto de la contemplación eterna de los ángeles. Abrid el libro de las Escrituras y comprobaréis que sólo dos veces se ha entreabierto el cielo ante dos grandes profetas, el uno de la Antigua Alianza, y el otro de la Nueva: Isaías y San Juan. Y ¿qué vieron?, ¿qué oyeron? Uno y otro vieron a Dios en su gloria; uno y otro vieron a los espíritus celestiales alrededor de su trono; uno y otro los oyeron cantar sin fin, no la belleza de Dios, ni su misericordia, ni su justicia, ni su grandeza, sino su santidad: «Santo, Santo, Santo, es el Dios de los ejércitos; llena está la tierra de su gloria» (Is 6,3; Ap 4,8).

Y bien: ¿en qué consiste esta santidad de Dios?

En Dios todo es simple; en El sus perfecciones son realmente idénticas a El mismo; además, la noción de santidad no se le puede aplicar sino de una manera absolutamente trascendente y sin rebasar los límites del lenguaje analógico; no tenemos término propio que exprese de modo adecuado la realidad de esta perfección divina; sin embargo de ello, nos está permitido emplear un lenguaje humano.

¿Qué es, pues, la santidad en Dios? -Según nuestro modo de hablar, nos parece que se compone de un doble elemento: primero, alejamiento infinito de todo cuanto es imperfección, de todo lo que es criatura, de todo lo que no es el mismo Dios.

Esto no es más que un aspecto «negativo»; hay otro elemento consistente en que Dios se adhiere, por un acto inmutable y siempre actual de su voluntad, al bien infinito (que no es otro que El mismo), hasta llegar a conformarse adecuadamente a todo lo que es ese mismo bien infinito. Dios se conoce perfectamente; su omnisciencia le presenta su propia esencia como la norma suprema de toda actividad; nada puede querer, hacer o aprobar que no sea regulado por su sabiduría soberana y de acuerdo con la norma última de todo bien, esto es, la esencia divina.

Esta adhesión inmutable, esta conformidad suprema de la voluntad divina con la esencia infinita como norma última de actividad, es perfectísima, porque en Dios la voluntad es realmente idéntica a la esencia.

La santidad divina se confunde, pues, con el amor perfectísimo y la fidelidad soberanamente inmutable con que Dios se ama de una manera infinita.

Y como su sabiduría suprema muestra a Dios que El es toda perfección, el único ser necesario, esto hace que Dios lo refiera todo a sí mismo y a su propia gloria, y por esto los Libros Sagrados nos hacen escuchar el cántico de los ángeles: «Santo, Santo, Santo... el Cielo y la tierra están llenos de tu gloria». Que es como si dijesen: «¡Oh Dios, tú eres el muy santo, tú eres la santidad misma, porque con una soberana Sabiduría te glorificas digna y perfectísimamente».

De aquí que la santidad divina sirva de fundamento primero, de ejemplar universal y de fuente única a toda santidad creada.- Comprenderéis, efectivamente, que amándose de una manera necesaria, con infinita perfección, Dios quiere, de una manera necesaria también, que toda criatura exista para la manifestación de su gloria, y que sin sobrepasar su categoría de criatura, no obre sino conforme a las relaciones de dependencia y de fin que la Sabiduría eterna encuentra en la esencia divina. Por tanto, cuanto mayor sea la dependencia de amor con respecto a Dios que haya en nosotros y la conformidad de nuestra voluntad libre con nuestro fin primordial (que es la manifestación de la gloria divina), más unidos estaremos a Dios, lo cual no puede realizarse sino por el desprendimiento de todo lo que no es Dios, cuanto más firmes y estables sean esa dependencia, esa conformidad, esa adhesión, ese desprendimiento, más elevada será nuestra santidad.

[Santo Tomás (II-II, q.81, a.8) exige como elemento de la santidad en nosotros la pureza (alejamiento de todo pecado, de toda imperfección, desasimiento de todo lo creado) y la estabilidad de la adhesión a Dios; a estos dos elementos corresponden en Dios la entera perfección de su ser infinitamente trascendente y la inmutabilidad de su voluntad en la adhesión a sí mismo].

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