Proyecto Fénix
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De la Eucaristía a la TrinidadPrimeras páginas

Marie-Vincent Bernadot, O.P. · 1919

Oración de santa Catalina de Siena

¡Oh Espíritu Santo, ven a mi corazón! Por tu poder atráelo a Ti, oh Dios verdadero, y concédeme la caridad junto con el temor.

¡Oh Cristo, guárdame de todo mal pensamiento: dame calor e inflámame en tu dulcísimo amor, y toda pena me parecerá ligera!

Oh Padre mío santo, mi dulce Señor, ayúdame ahora en todas mis acciones.

¡Oh Cristo Amor! ¡Oh Cristo Amor!

Prólogo

Yo soy el Camino: caminen en Mí.
Yo soy la Verdad: contémplenme.
Yo soy la Vida: vivan por Mí.

El misterio de Cristo

Dios comunica la vida divina a la santa Humanidad de Jesús

Dios es el Océano de la vida. Y esta vida, que es Luz y Amor, tiene sed de difundirse y de darse. Eternamente el Padre se da a su Hijo; juntos el Padre y el Hijo se dan al Espíritu Santo, comunicándole su única divinidad.

Eternamente también, por una inefable misericordia, Dios resolvió comunicar su vida santa y beatífica a la criatura, decirle su Verbo, darle su Espíritu, hacerla entrar en comunión con su naturaleza en la Luz y en el Amor.

Pero, antes de desbordarse sobre todas las criaturas, la vida infinita comienza por derramarse toda entera en Aquel que es el primogénito antes de toda criatura, Cristo Jesús, cuya santa Humanidad, en virtud de su unión con la Persona del Verbo, recibe participación en los bienes infinitos tanto como es posible a una naturaleza creada. Toda la vida divina fluye en Él. Dios quiso que la plenitud de la divinidad habitara en Él…Lo hemos visto lleno de la gracia y de la Verdad. Colocado en la cumbre de todo, introducido en la adorable Trinidad, Jesús entra en comunión sin medida con la vida que inunda su Corazón y su alma y anega todas sus potencias de inteligencia y de ternura, de modo que Cristo Jesús llega a ser a su vez el Océano de la vida.

Jesús nos comunica la vida divina

Si está por encima de todo, Jesús no por eso está aislado. En la magnificencia de su amor, Dios lo predestinó como el primogénito de una multitud de hermanos, como la cabeza de un cuerpo inmenso del que somos los miembros. Él es la cabeza y la Iglesia es el cuerpo.

Y he aquí que Jesús quiere hacer partícipes a sus hermanos de lo que Él ha recibido. La vida que se había derramado desde la Trinidad adorable en su santa Humanidad se desborda de nuevo, se extiende y se propaga. De la cabeza desciende a los miembros. De la cabeza, Jesús, cuyas potencias todas inunda, se difunde por todo el cuerpo formado por los fieles. Y a nuestra vez entramos en comunión con la vida íntima de las tres divinas Personas, con su Luz y con su Amor.

Es el admirable misterio de la difusión de la vida sobrenatural, el cual más que ningún otro hace resplandecer la gloria de la gracia y arrancaba a san Pablo conmovedoras acciones de gracias. Es el que el gran Apóstol no cesaba de predicar, llamándolo el misterio de Cristo… el misterio oculto a los siglos y a las generaciones pasadas, pero revelado ahora a los santos: es decir, Cristo en ustedes.

Es el gran Cristo formado de Jesús y de la Iglesia, de Jesús completado por la Iglesia, de Jesús tan íntimamente unido a sus fieles que no forma con ellos sino un solo cuerpo animado de la misma vida, la cual circula en la cabeza y en los miembros; pues su vida divina, Jesús la derrama en nosotros, la hace nuestra. Yo soy la vid, ustedes son los sarmientos. La cepa y los ramos son un mismo ser, que se alimentan y obran juntos, produciendo los mismos frutos porque los nutre la misma savia. Así Jesús y los fieles están unidos en un mismo cuerpo: esa vida divina, Luz que ilumina, Amor que abrasa, de la cual Jesús goza en su plenitud y que hace las delicias de su Humanidad, Él la hace circular en sus miembros, nos la infunde, de modo que en Jesús y en nosotros, en su alma y en nuestra alma, en su Corazón y en nuestro corazón, hay una misma vida, una misma gracia, una misma comunión de amor con el Padre en la unidad del Espíritu Santo.

Permanecer en Jesús

Como se ve, prácticamente toda la vida cristiana, toda la santidad se reduce a mantenerse estrechamente unido a Cristo Jesús.

Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede por sí mismo dar fruto si no permanece unido a la vid, así tampoco ustedes pueden, si no permanecen en mí… El que permanece en mí y en quien yo permanezco da mucho fruto. Separados de mí, nada pueden hacer.

He aquí, pues, el gran deber cristiano: permanecer en Jesús.

Vivir en Jesús lo resume todo, lo facilita todo, coloca al cristiano en sus relaciones regulares con Dios y le permite realizar su vocación, que se expresa plenamente en estas pocas palabras: por Jesús entrar en relaciones de intimidad con Dios nuestro Padre, en el Espíritu Santo, término subsistente del eterno amor.

¿Cómo unirnos a Jesús y permanecer en Él?

Es el Bautismo el que, primero, nos hace entrar en Cristo. El Bautismo nos incorpora a Cristo, dice santo Tomás. De ahí se sigue que la plenitud de vida, de gracia y de virtudes que hay en Él nos invade: es conforme al orden que la vida de la cabeza descienda a los miembros. Todos recibimos de su plenitud.

La Confirmación afianza, desarrolla y perfecciona la unión sobrenatural establecida el primer día por el sacramento de la regeneración. Al darnos a beber el Espíritu de Cristo, lleva a su perfección nuestro crecimiento espiritual y nos hace capaces de obrar virilmente en el orden sobrenatural, de manifestar y defender con valentía la fe recibida en el Bautismo. «Este sacramento, dice santo Tomás, aumenta y perfecciona nuestra vida espiritual en todo lo que atañe a los combates exteriores contra los enemigos de Cristo. Pero falta aún aumentarla y perfeccionarla para que el hombre sea perfecto en sí mismo por su unión íntima con Dios: es la obra de la Eucaristía».

Comenzada en el Bautismo, estrechada en la Confirmación, nuestra unión con Cristo se consuma en el momento de la Comunión.

Hay que advertir además que recibimos el Bautismo y la Confirmación una sola vez y que podemos, ¡ay!, perder la vida con que nos enriquecieron. En todo caso, esa vida está expuesta a menguar; es incluso demasiado cierto que sufre frecuentes mermas por nuestras faltas cotidianas. ¿Acabará por desaparecer, debilitándose cada día? No. Para restaurarla, el Señor instituyó el sacramento del altar, el más admirable de todos y en el cual los demás reciben su consumación y su coronamiento.

Su doble fin es llevar a su última perfección y mantener nuestra unión con Cristo. Más que todos, es el sacramento de la vida, pues es un alimento que podemos recibir cada día, un pan vivo expresamente instituido para comunicarnos la vida eterna, la vida misma de Dios. Todo lo que el pan material hace por la vida corporal, este pan vivo lo hace por la vida sobrenatural: repara, mantiene, aumenta, renueva, alegra.

Todo el misterio de Cristo desemboca, pues, en definitiva, por la Encarnación y la Redención, en la Comunión. Desde las alturas de la Trinidad, el Verbo encarnado desciende al hombre en la Eucaristía para que por la Comunión el hombre ascienda a su fin último, la adorable Trinidad.

De la Trinidad a la Comunión: tal es el camino que recorre Cristo para llevar a cabo la obra de la difusión de la vida divina. Camino descendente del amor divino hacia el hombre que quiere salvar.

De la Comunión a la Trinidad: tal es el camino que, junto con Cristo, convertido en su compañero de viaje, el hombre purificado y reconfortado debe recorrer de vuelta para entrar en participación de los bienes infinitos. Camino ascendente del amor humano hacia Dios, que lo atrae a la inagotable felicidad de la visión beatífica.

* * *

Demos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de tener parte en la herencia de los santos en la luz, librándonos del poder de las tinieblas para trasladarnos al reino de su Hijo amado…

Él es la imagen del Dios invisible, nacido antes de toda criatura; porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están sobre la tierra, las visibles y las invisibles… Todo fue creado por Él y para Él. Él existe antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en Él.

Él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia, Él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga Él el primer lugar. Pues Dios quiso que toda su plenitud habitara en Él. Y quiso reconciliar por Él todas las cosas consigo mismo, las que están sobre la tierra y las que están en los cielos, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Ustedes también, que estaban en otro tiempo lejos de Él y eran enemigos por sus pensamientos y por sus malas obras, Él los ha reconciliado ahora por la muerte de su Hijo para hacerlos comparecer ante Él santos, sin mancha y sin reproche, si al menos permanecen fundados y afirmados en la fe e inconmovibles en la esperanza.

San Pablo, Col 1, 12-23

I. La unión eucarística

1. Jesús se nos da sobre todo por la Comunión

En la práctica, en la vida cotidiana, es sobre todo por la santa Comunión como nos unimos a Cristo. El gran medio de enriquecernos con la vida divina es comer el pan de la vida.

En ese momento se establece una unión prodigiosa. Las de la tierra, aun las más íntimas, no son en modo alguno comparables a ella. Para hallar su análogo hay que remontarse, con san Juan Crisóstomo, hasta la unión de las dos naturalezas en Cristo y decir que por la Eucaristía estamos unidos a Jesús como su santa Humanidad está unida al Verbo.

Ciertamente, la vida de Jesús y la nuestra siguen siendo distintas, como su naturaleza y nuestra naturaleza, como su alma y nuestra alma. Se establece sin embargo una incomparable unidad de amor.

Para darnos una idea de esta unificación de Cristo y del hombre, los Padres de la Iglesia recurren a comparaciones encantadoras: «Echen una cera derretida en otra cera, dice san Cirilo de Jerusalén: una y otra se penetran totalmente. Así, cuando alguien recibe el Cuerpo y la Sangre del Señor, la unión es tal que Cristo pasa a él y él a Cristo… Tenemos un mismo cuerpo y una misma sangre». San Cipriano añade: «Nuestra unión con Él unifica los afectos y las voluntades».

En efecto, en el momento de la Comunión, Jesús entra de tal modo en nuestro corazón y en nuestra alma que nuestros afectos y nuestros pensamientos pueden llamarse sus afectos y sus pensamientos. Él los tiene primero. Luego nos los comunica según la medida actual de nuestro amor. Si un alma tiene poco amor, Jesús se ve forzado a ceñirse a las angostas dimensiones de esa alma y a restringir sus dones. Pero al que comulga, desprendido de las criaturas y de sí mismo, que se entrega sin reserva, al alma pura que se abre toda entera a la influencia de la Hostia, Jesús a cambio se da como solo Dios puede hacerlo. Se establece una circulación de vida, una comunicación de bienes, una unidad de amor que desafía toda expresión humana. El alma, penetrada por Jesús, se vuelve como un suelo fértil que hace germinar flores y frutos. Concibe pensamientos luminosos y forma actos de amor. ¿Son nuestros? Sí, pues nacen de nuestra inteligencia y de nuestro corazón, pero de nuestra inteligencia unida a la inteligencia de Jesús, de nuestro corazón unido a su Corazón, de modo que son suyos tanto como nuestros. Juntos adoramos, juntos amamos y damos gracias, juntos nos entregamos a nuestro Padre de los cielos. Su amor y nuestro amor, su pensamiento y nuestro pensamiento se elevan mezclados el uno con el otro, como dos granos de incienso quemados en el mismo incensario y que no exhalan hacia el Cielo sino un único perfume.

«Así como tu Padre se insinúa en Ti desde toda la eternidad, Verbo divino, de modo que te llena por completo y es todo en Ti, así, oh Jesús mío, Tú te insinúas en mí y haces una misma cosa conmigo, por una íntima penetración de todo mi ser».

M. Olier

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